Moda y Belleza

Schiaparelli y sus animales muertos muestra lo mediocre, desconectada e hipócrita que es la moda actual

Hoy las marcas de los grandes conglomerados creen que se les aplaude todo, como en la época en la que eran dictadoras absolutas

Schiaparelli

Por: Luz Lancheros*

Como periodista de moda con 10 años de experiencia, y que ha cubierto historias de la periferia (es decir, fuera de las capitales de siempre de la moda, del norte global), he encontrado que su verdadera autenticidad y fuerza radica en las historias de quienes la usan para expresarse y resistir. Porque sinceramente, las marcas de siempre - y más con lo último que ha pasado- muestran que son de una complacencia, una mediocridad y una hipocresía absoluta, como en el caso de Schiaparelli con sus animales muertos, y ni qué decir ya de Balenciaga, entre otras.

Sí, son referentes históricos de moda, sí, tratan de mantener la esencia que sus fundadores tomaron para insertarse en la historia de la cultura, sí, sin éxito y sin tener en cuenta los tiempos actuales, que sólo usan como márketing y tapadera.

Porque estas marcas de conglomerados se aprovechan de ese hype tan colonial, en el que aún se les debe reverencia y algún respeto (bienvenidos a la decolonización de la moda y perdón por ser tan redundante, pero muchos creemos en esto cada vez menos) para tener clientes que aún creen en sus universos aspiracionales y así pensar que se les aplaude todo como hace cuarenta o cincuenta años.

Va a ser que no: que las redes sociales no sirven solamente para subir sus conceptos carentes de sentido y sobre todo, de conciencia social.

Muy merecido tiene Schiaparelli todo el escándalo que está generando. Sobre todo, porque no tienen en cuenta que si bien la gente “no va a salir a comprar animales muertos automáticamente”, sí que glorifican una época donde tenerlos era símbolo de estatus, sin importar que años después se extinguieran especies y sin tomar en cuenta el sufrimiento de las mismas.

Y claro, sé que esto no les va a importar a aquellos que pueden permitirse estas piezas (que va a ser el 1 % de este planeta) y que celebran aún esos símbolos, sin importar lo que digamos los demás mortales que moriremos por su culpa. Y sé que igual se van a vender, como pasó con Balenciaga. Igual, su trabajo para remontar la estética surrealista y exploratoria de Elsa es notable, sí. Y sí, querían mostrar a través del universo animal otros conceptos de discusión, sí.

Incluso alguien habló de “empoderar” a las mujeres, como si diseñadores como Andrew Gn o el mismo Gucci o diseñadores en Latinoamérica o Asia no lo hicieran ya con figuras animales y de maneras menos literales.

Ahora, siendo tan aparentemente woke, todas estas marcas de vieja data, deberían al menos dejar de fingir y hacerlo de manera abierta. Dejar de fingir que quienes hacen que sus colecciones sean recordadas y generan hype son importantes porque no les compran, así como pasó con Dolce & Gabbana y su racismo contra los chinos en 2018.

Igual se van a recuperar: ¿no siguen esos racistas de Doménico y Stefano haciendo desfiles con todas las estrellas del mundo? Sí, ser cancelados en muchos casos no sirve de nada, porque para algunos diseñadores la opinión que tenga cualquiera sobre lo que pueden llegar a hacer no vale si no hay chequera de por medio.

Pero es que resulta que la imagen, al menos la de aparente santidad, también es por puro negocio.

Puro socialwashing para vender

En medio de la polémica, pensé en Gucci y en cómo sí al menos con los chinos (que son los que mantienen tan rancias estructuras de aspiración y no las dejaron hundir con la pandemia) tenían campañas algo interesantes relacionadas con su cultura. Eso, hasta que alguien muy listo me hizo saber que, para este año del Conejo, se descubrió que usaban pieles del animal y dejaron de hacerlo por temor a dejar de facturar.

Y así pasa con muchas marcas: tienen que poner a gente racializada para no ser acusados de racistas, o si no lo harían impunemente, tienen que ser éticos porque les van a dejar de comprar ciertos sectores, tienen que conectarse a los imperativos de esta sociedad simplemente porque caen sus acciones, no porque lo quieran de verdad . Tal y como pasó con Balenciaga, que hubiera pasado de agache hasta que pasó lo que pasó con su campaña.

Y la hubieran glorificado sin decir nada. Como siempre. Como con todas las mediocridades irónicas (como si Duchamp y Warhol no lo hubiesen hecho ya y ni hablar de las subculturas sartoriales de los siglos XVIII y XIX) que han sacado sólo para viralizarse pero que romantizan pobreza, distopias o que en la práctica son puros trajes del emperador, chapuzas sobrevaloradas.

Y eso es arte, y qué lástima, dicen algunos, que hubiera sucedido en “la época de la cancelación”, o más bien en una época donde sí hay memoria histórica y social. ¿O debo recordar que una de las causas de la abdicación del emérito Juan Carlos I fue precisamente fotografiarse con piezas de caza en África? ¿Y que por eso el rey español actual no deja de disculparse?

Bien que se llenan la boca diciendo que la moda refleja la sociedad y colgándose de cuanta causa y cosa pasa, pero en realidad lo hacen para ver cuánto les llena la bolsa, porque siguen siendo iguales a esa élite de hace décadas que ni se enteró que el mundo ya no les reverencia, y que no les sigue aplaudiendo sus provocaciones que sólo exaltan a unos pocos, como pasó con Karl Lagerfeld y su ofensivo vestido sensualizado con letras del Corán en los años 90. Como si la moda no hubiese sido lo suficientemente clasista y racista, para variar.

Yo por mi parte, prefiero quedarme con la gente que ha visto no en ellos una referencia central sino un punto de partida para encontrar su camino, resistir, apropiarse y generar una identidad. Y de eso está lleno el mundo: desde los diseñadores ucranianos que siguen haciendo moda en medio de un país destruido, hasta los inmigrantes chinos que con su estilo reivindican su identidad, o las marcas de excombatientes en un país con una cruel guerra civil que quieren cambiar la sociedad.

Entre otras.

Y qué me importa si para ellos, no importo, o no importamos: para nosotros, ellos importan cada vez menos, en cuanto demuestran su poca conexión con una sociedad que jamás entendieron ni entenderán.

*Luz Lancheros es editora del portal Nueva Mujer Colombia, periodista de moda de más de 10 años de carrera, docente e investigadora. Columnista en medios de moda de Colombia y ponente de la ONU en temas de moda y sostenibilidad.

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