Japoneses defienden la caza de ballenas por tradición

Para los habitantes de Taiji, la cacería de ballenas es una tradición, una parte de su cultura, un estilo de vida. ¿Cómo plantear una posición sin imponer o ser groseros hacia lo que creen?

Taiji es una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Higashimuro, en Japón. Este lugar, que apenas llega a los 3 mil habitantes, es muy importante en la región por su actividad principal; misma que la dio a conocer en todo el mundo gracias al impactante documental, The Cove. Taiji vive de la cacería y la venta de carne de ballena. Un interesante artículo del Asahi Shimbun muestra la postura de una comunidad que se siente atacada.

Para los ciudadanos de Taiji, la caza de ballenas y delfines es una tradición que saca a flote la economía local. Una tradición con la que han crecido, que causa nostalgia y, últimamente,  pesa a hombres y mujeres cuya principal fuente de trabajo depende del comercio de esta carne. Después del documental han sido blanco de ataques por parte de activistas y defensores de los derechos animales.

“Un platillo de carne de ballena es el símbolo de un hogar feliz.” Kiyoko Isoda, 77 años.

Esta felicidad viene con un alto costo para la fauna marina. Este pueblo japonés defiende su actividad principal, a capa y espada, al considerarla una tradición que viene de años atrás. Tradición que cuesta la vida de miles de cetáceos al año, entre ballenas y delfines de diferentes especies.

Según datos de la Sociedad de Conservación de Ballenas y Delfines (WDC, por sus siglas en inglés), para la temporada 2013-2014 el gobierno de Japón permitió una cuota total de 16,497 individuos, considerando diferentes especies de ballenas pequeñas y delfines, los cuales se pueden cazar por cualquiera de los siguientes métodos: arpón, cacerías dirigidas y caza costera.

Más que una tradición en Taiji

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(cc) BD Padgett / Wikimedia

La cultura de esta ciudad gira entorno a la caza de ballenas, es un estilo de vida. Como podemos ver en The Cove, estos animales se pueden ver tanto en monumentos, como en el supermercado, de forma tan casual como nosotros encontramos salmón o atún en nuestras tiendas. Sólo que ellos, una vez al año, dedican una ceremonia budista en honor a las ballenas y los delfines — algo que en lo personal, no termino de entender, pero lo hacen.

Según el periódico japonés, Taiji es la cuna de la cacería de ballenas y delfines en Japón en el Período Edo (1603 – 1867). Las características del suelo impidieron actividades como la agricultura y la ganadería, por lo cual tuvieron que recurrir a los mares para subsistir. Esta tradición se paso de generación en generación.

Posteriormente, después de la Segunda Guerra Mundial, la carne de cetáceos se convirtió en la fuente principal de proteína en la nación, lo que levantó la economía de la ciudad, algo que dejó huella en su cultura.

A los pescadores locales se les permite atrapar ballenas que midan menos de 10 metros en aguas japonesas sin tener licencia de la Comisión Ballenera Internacional; sólo necesitan un permiso del Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón; se limita a 162 permisos a nivel nacional.

Más allá de entender su historia y su cultura, los habitantes de Taiji han sido señalados y se han convertido en blanco de activistas radicales, en especial, después de darse a conocer esta situación con el documental de Louie Psihoyos.

La delgada línea entre activismo y ataque

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© Sea Shepherd Cove Guardians

En Japón existe un lineamiento con respecto a la cacería de ballenas; sólo se permite atrapar a dos especies, ballenas piloto y orcas negras (falsa orca). Estas actividades son desaprobadas por activistas en todo el mundo, en especial, después de que la Corte Internacional de Justicia prohibiera a este país la caza de ballenas en la Antártida.

Son múltiples las manifestaciones en contra, algunas tan intensas que han causado molestia a los pescadores de la región; en tanto, ellos se aferran más en defender sus tradiciones. Debemos entender que crecieron con esta actividad, transmitida de generación en generación. Ante sus ojos no existe otra forma de ganarse la vida. Un platillo de ballena es un recordatorio de lo que son.

Esta ciudad es celosa de su actividad principal y están alerta ante cualquier tipo de denuncia internacional. Hacia finales de 2010 quedó prohibida la entrada a la caleta donde se filmó el documental, refiriendo los riesgos de deslave. Esto no ha detenido a los activistas que buscan terminar con esta práctica. Actos que son tomados como hostiles por los locales.

En tanto, los japoneses continúan compartiendo su tradición con las nuevas generaciones, mostrando el faenamiento de ballenas a niños — algo que resulta innecesario ante nuestros ojos occidentales.

Esta actividad, tan apegada a la cultura japonesa, será difícil de modificar; en espacial por la presión internacional que puede ser entendida como una imposición. Sin embargo, el cambio que buscamos no es imposible — por algo hemos avanzado en los derechos humanos y en el respeto a los animales —. Valdría la pena ponernos en los zapatos de esta comunidad y, de alguna forma, que ellos entiendan lo que estos animales sienten al ser torturados.

Un acercamiento a través del respeto, con un mensaje que no genere más violencia y odio entre las partes, podría ser clave para comenzar con un cambio. Adoptando una actitud que genere conciencia en una cultura donde el honor es algo muy importante. En otras palabras, si pedimos respeto a la vida, hay que mostrar respeto y amor en todos los sentidos, al transmitir nuestro mensaje.