Las próximas elecciones presidenciales en Colombia se celebrarán esta semana. El domingo 31 de mayo, será la primera vuelta y si ninguna candidata o candidato obtiene más del 50% de los votos, se realizará una segunda vuelta el 21 de junio de 2026, como lo establece la Constitución Colombiana.
Aunque Colombia nunca ha tenido una mujer presidenta, varias figuras femeninas han tenido un papel destacado y se han acercado a la cima del poder político en las últimas décadas; lo han hecho a través de candidaturas presidenciales, ocupando escaños en Senado y Cámara o alcanzando la vicepresidencia, como es el caso de Francia Márquez. Sin embargo, una duda queda en el aire: ¿es suficiente ser mujer para representar a las mujeres de Colombia?
Este año, hay un protagonismo femenino en la contienda. Más allá de las candidatas que pugnan por llegar a la presidencia en una campaña fragmentada y carente de debates —donde urgen soluciones sobre seguridad, economía o educación—, existe un grupo de mujeres que, desde las fórmulas vicepresidenciales o el ejercicio del poder actual, disputan y reclaman su lugar en la toma de decisiones.
Colombia es un país de contrastes atravesado por millones de perfiles femeninos: desde la ejecutiva de Bogotá hasta la líder social en Chocó, pasando por jóvenes feministas y campesinas. Es válido cuestionarse entonces, si las actuales candidatas a presidencia y vicepresidencia para el periodo 2026-2030 están hablando de temas que generan identidad y que son realmente importantes para las mujeres de todo el país o, si solo están ocupando sillas en un juego que sigue liderado por reglas masculinas.
El lenguaje de lo cotidiano
La clave de la representatividad está en lo cotidiano. No se trata, solamente, de expresar a través de sus narrativas y discursos los temas de interés —que es lo que usualmente observamos y escuchamos— no solo es su género, sino su capacidad de validar las vivencias de las mujeres. ¿Entienden las candidatas lo que significa el popular: “ahí vamos, luchándola”? ¿Representan las candidatas a mujeres que luchan por la equidad o son figuras de privilegio que han sido escogidas por voto popular? ¿Se entiende su imagen como una imposición de élite o como una extensión de nuestras raíces?
En Colombia, la representatividad femenina no es un concepto plano, es un rompecabezas de clase, geografía y luchas generacionales. Más allá de la vestimenta y las disputas: ¿Qué nos dicen las candidatas a través de su imagen y sus causas? Intentemos recrear los modelos de liderazgo femenino en la actual radiografía política.
Radiografía del liderazgo: Quienes podrían representarnos
Claudia López: Pragmatismo en movimiento
Politóloga e investigadora de formación, Claudia López marcó un hito histórico como la primera mujer electa alcaldesa de Bogotá, tras una sólida carrera como Senadora donde abanderó la lucha anticorrupción. Claudia representa la “mujer hecha a pulso”, su imagen es la de la eficiencia y el carácter fuerte. Su enfoque se acerca más a un feminismo institucional. Una de sus apuestas, durante la alcaldía fue La Economía del Cuidado, aterrizando la teoría de género en una política pública que buscaba devolverles tiempo y autonomía a las mujeres.

En términos de lifestyle, su vestimenta actúa como una armadura funcional: el uso de calzado cómodo, blazers sencillos, pañoletas y su icónico color verde pueden leerse como una declaración de moda y, además, como una expresión de pragmatismo técnico. Su imagen dice que está lista para la acción, representa la mujer que no pide permiso para mandar. Mientras que la mujer profesional y urbana se identifica con su autonomía, sectores más conservadores pueden ver su estilo como uno directo y a veces confrontacional que la aleja de quienes esperan de una líder una actitud más conciliadora.
Paloma Valencia: La fuerza de la tradición
Abogada y filósofa con una de las voces más firmes de su sector político, Paloma ha consolidado su trayectoria como senadora y heredera ideológica de las colectividades que defienden el orden y la propiedad. Encarna un liderazgo femenino conservador que no busca romper las jerarquías tradicionales, sino demostrar que una mujer puede ser su guardiana más feroz.

Su estética es una expresión genuina de identidad y respeto por el establecimiento. Clásica, su imagen proyecta la elegancia del orden y la autoridad del protocolo, elementos que refuerzan su causa por la defensa de la seguridad nacional. Su imagen no es un experimento de vanguardia, sino la reafirmación de su origen y sus valores, representando a la mujer colombiana que encuentra seguridad en la institucionalidad y la familia. Su principal reto de representación es romper la brecha generacional, logrando conectar con las agendas de género más jóvenes y progresistas que ven en su defensa de lo tradicional una barrera para temas actuales, cambiantes y ambiciosos.
Las fórmulas vicepresidenciales: El equilibrio del tarjetón
En la política colombiana, la elección de la fórmula vicepresidencial suele ser un ejercicio de curaduría de imagen para equilibrar el tarjetón, buscando perfiles que complementen la identidad de la candidata o candidato principal. En esta contienda, dos nombres destacan.
Aida Quilcué: El Poder de la Palabra Ancestral
Como lideresa del Pueblo Nasa y senadora, Aida aporta a la actual radiografía política la fuerza del liderazgo indígena y la autoridad de la Guardia Indígena. Representa la resistencia histórica de los pueblos originarios y su causa es la defensa de la vida, el territorio y la autonomía de las comunidades frente a la violencia estructural. Su imagen es una declaración de soberanía cultural: el uso de su bastón de mando, sus tejidos propios y el pañuelo del CRIC no son accesorios, sino símbolos de una jerarquía que no proviene de las élites, sino de la comunidad.
Su presencia comunica que la política nacional ya no puede ignorar la cosmovisión de los pueblos del país y en particular los del Cauca. Su reto es traducir ese poder ancestral en una narrativa que resuene con las mujeres urbanas que, aunque ajenas a la cosmogonía indígena, comparten la necesidad de seguridad.
Edna Bonilla: La Validación de la Academia
Académica y experta en finanzas públicas, representa a la mujer intelectual que llega a las esferas de decisión por mérito propio, aportando una sensibilidad social que equilibra las propuestas programáticas. Su causa se centra en la transformación social a través de la educación y el rigor técnico en las finanzas públicas. En su imagen predomina una sobriedad académica moderna, la vestimenta busca proyectar confianza, serenidad y rigor, alejándose del ruido mediático.
Su estilo es el reflejo de una identidad ligada al estudio conectando con un electorado que valora la preparación técnica y su desafío es lograr que esa solvencia intelectual no se perciba como algo distante, logrando que las mujeres vean en su experticia una solución real a sus problemas cotidianos.
Radiografía del liderazgo: El presente del poder
Verónica Alcocer: Soft Power a la colombiana
Como Primera Dama, Verónica ha transformado un rol históricamente pasivo y decorativo en una plataforma de visibilidad. Su ángulo es el de la espontaneidad calculada, proyectándose como una figura vibrante que rompe con el protocolo acartonado a través del baile, los abrazos y recorriendo los territorios.
A su vez, su vestuario es un manifiesto de la cultura colombiana. Ha convertido su imagen en una vitrina para el talento mezclando la alta costura con accesorios étnicos y artesanías de regiones olvidadas, lo que refleja una expresión de su personalidad. Su cercanía con temas de infancia y mujer le da una narrativa de cuidadora nacional; sin embargo, sectores del feminismo cuestionan si su poder es realmente autónomo o si es una extensión de la figura presidencial.
Francia Márquez: La estética de la resistencia
Líder social y ambiental, la llegada de Francia a la Vicepresidencia representa uno de los hitos más potentes de la política interseccional en el país. Ella encarna un feminismo decolonial que habla por la mujer negra, rural y trabajadora invisible para las élites. Su estilo es, quizás, la trinchera de identidad más simbólica de la historia reciente; a través de estampados africanos y colores vibrantes, se niega a encajar en los cánones tradicionales.
Su imagen es una ruptura total con el uniforme sastre de la política y una apuesta por la visibilidad de estéticas que fueron históricamente marginadas. Esta identidad visual es el altavoz de su causa: la dignidad de los nadies y la justicia ambiental para los territorios olvidados. Su frase “vivir sabroso” se convirtió en un concepto de bienestar comunitario.
Con su periodo llegando al final, el debate sobre su legado sigue abierto. Para muchos, Francia cumplió la promesa de llevar el Estado a la Colombia profunda. Sin embargo, en el centro del tablero político, queda la sensación de una vicepresidencia que se mantuvo al margen de las grandes decisiones, dejando la incógnita de si su impacto fue más una revolución simbólica que una transformación política estructural.
Al final del día, lo que nos hace sentir representadas no es solo el nombre en el tarjetón, sino la capacidad de las líderes de traducir nuestras luchas privadas —desde el costo de la canasta básica hasta el derecho a caminar seguras— en un lenguaje de poder que no nos resulte ajeno.
Necesitamos vernos reflejadas en los espacios que ocupa el poder, para las mujeres, particularmente en las figuras que llegan a esas posiciones y que transmiten, o no, una similitud con las vidas reales de quienes andan a pie, en bici, a caballo, en chivas, en bus o en carro.
La representación real no es un destino alcanzado, sino un proceso en construcción. El reto de este ciclo electoral no es solo llenar una cuota de género —si es que se logra— sino asegurar que esas voces en el poder no olviden el lenguaje de las mujeres diversas que las llevaron allí. Al final, el voto frente al espejo será el que decida si estamos eligiendo una transformación contundente o simplemente un nuevo rostro para las mismas estructuras de siempre.
