Colombia, un país violento fundacionalmente, por supuesto, también tenía que serlo con sus mujeres. Y no, no solo hablo de guerras, de abusos, de esa misoginia abierta o soterrada que desde los tiempos de la Gaitana hemos tenido que vivir las mujeres que ha parido esta tierra. A nosotras nos envolvieron en papel de regalo para vender un mito mucho peor: el de ser el país de “las mujeres más lindas de la tierra”, ninfas exóticas para consumo interno y sobre todo externo, donde obedeceríamos al deber ser principal, el de la belleza, por encima de todas las cosas, como primer mandamiento.
Es por eso que desde el siglo XIX comenzamos a crear reinados grandes y chiquitos, y desde 1934 hicimos de ese festival misógino llamado Reinado de Cartagena un referente de moda, belleza y fiesta cultural. La mujer colombiana debía ser bella y apacible, cortés y acomodaticia, y eso, a 2026, lo hemos llevado a tales extremos, que no solo estamos siempre en los rankings de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica (ISAPS), sino que a nivel interno es un mandato que nos consume desde que nacemos y peor aún en esta era digital.
Así promocionaban la lipólisis láser en el centro donde le practicaron el procedimiento a Yulixa Toloza antes de desaparecer. https://t.co/6migPpdYvq pic.twitter.com/oLgv7WTgZb
— ATHENEA WORLD NEWS (@Athenea2026) May 19, 2026
Ahora bien, ser mujer implica, en este mundo, y más en Colombia, perder siempre. Yulixa Toloza, mujer de más de 50 años que murió al someterse una lipólisis láser con sus recursos y lo que podía (como si famosas como Jessica Cediel o la misma Yina Calderón no hubiesen sido víctimas, a su manera, de malas prácticas), quizás quería cumplir esa promesa que le ofrece a uno la cirugía plástica en Colombia: quizás más halagos. Menos comentarios maliciosos de las mujeres de su entorno, desde familiares hasta compañeras de trabajo, que ya no la juzgarían con ese estándar que también se les violenta a ellas, el de la belleza bajo comentarios susurrados en el baño y el escritorio. Unos cuantos piropos. Sentirse bien consigo misma.
Que la trataran mejor en el espacio digital, público y privado (y aún así eso no se lo garantizaría). Como tantas millones de mujeres. Pero al morir, se vinieron los señalamientos. Era su culpa. Era su vanidad.
Como si en Colombia, nadie nunca, desde las mamás y tías hipócritas y rezanderas, el patancito del colegio o el “Espantaviejas2000” de redes sociales no le hubieran fiscalizado nunca a ninguna mujer el cómo se veía para silenciarla, lastimarla, y por supuesto, hacerla encajar. Como si las ricas no hicieran encajar a las hijas, desde niñas, sometiéndolas a bariátricas para tener esos cuerpos chiquitos sin curvas, nervudos, y las pobres sometiéndose a alisamientos y realzando las suyas con fajas, inyecciones y realces a todo dar.
De eso se trata, de encajar.
Encajar, claro, en ese estándar del demonio del que nos enorgullecemos como si eso nos destacara ante el mundo. No, pues, qué maravilla. “Ay, Miss Universo”, “Ay, mira, somos el país de Sofía Vergara”, “Las paisas son muy lindas”, mientras vienen depredadores del norte global a consumir nuestros cuerpos, esos plastificados que nos dejó el narco, con esas mismas caras y bocas, y esos mismos pelos, y mientras en redes le tiran duro a la que no obedece el estándar, como una Andrea Echeverri, a la que desde los años 90 no la bajan de loca o satánica, o de ‘fea’, porque no importa que sea una artista brillante, lo que importa es que no está dentro del estándar.
Andrea Echeverri tiene 60 años y cree que tiene 20 todavía.
— Alejandro Suárez Basso (@AlejandroSBasso) April 10, 2026
No entiendo nada esta indumentaria y esta actitud a esa edad, sin contar el desastre musical.
Todo mal. Hay gente que no madura nunca.
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Ese que hace que delanteras brillantes como Mayra Ramírez -a los que los Fifas pajeros que no juegan ni en banquitas le critiquen la cara cuando ella tiene mejor carrera- le digan ‘fea’ y la hagan cerrar comentarios en redes. Por supuesto, cosa que también les han dicho a Claudia López, Paloma Valencia y a Maria José Pizarro, cada una muy preparada. Pero lo que importa es que sean del estándar, no que sean políticas fuertes en sus partidos. No importa lo que uno sea, pues, así vaya hasta a la Luna, ahora que la NASA está plagada de colombianas. Lo importante es … el estándar. Ser bonita.
Yo entiendo. Acá no quito agencia, infantilizo, ni juzgo a nadie. Usted tiene derecho a ser como quiera. También entiendo que en un país donde la movilidad social es nula y las oportunidades laborales dan risa de tanta pena que dan, la belleza siga siendo un pase automático para conquistar espacios de poder. El político, el narco, el empresario, la corona que te lleva a ser influencer o a una pantalla: eso no ha cambiado. Pero eso se fomenta y se celebra, prueba de que aún si bien en el país se han dado muchas batallas por vernos más allá que objetos decorativos, eso seguimos vendiendo. Porque ‘mamacitas’,¿cierto, Karol G?
Y ojo, no está mal: es cómo esa narrativa está configurada aún para esa mirada masculina, donde todas las colombianas, por serlo, le debemos belleza a alguien. A esa familia que nos entrenó en los artes de la vanidad. A ese entorno escolar, universitario, laboral, de masas, donde nos venden siempre los mismos referentes.
Es que nos promete el éxito a toda costa, porque más vale una buena presencia que un logro intelectual. Y así para todas las industrias, con el doble filo que eso representa a veces :condescendencia y acoso laboral o sexual, entre muchas otras cosas.
Lo de Yulixa Toloza me tiene muy triste porque muchos la juzgan y revictimizan a ella por no tener el suficiente poder adquisitivo de buscar 'una mejor clínica'.
— ANGIE ACOSTA (@angieacostam_) May 19, 2026
Como si toda la vida no nos hubiesen impuesto la forma en la que debemos vernos, como si no existieran mil gimnasios,…
Entonces, no, no fue culpa de Yulixa. Fue culpa de los criminales que la quisieron desaparecer. Pero también ha sido culpa, por años, de un sistema donde no se nos ve como algo mejor que cositas calladitas que se ven más bonitas, y que deben ser solo eso, bonitas, como diminutivos que no le hacen daño a nadie y que están mejor en una repisita de esas para exhibir. Tanto social como culturalmente, en un país que no ha entendido cuánto daño aún le hace a sus mujeres.
