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#CríticaTelevisiva: ‘La vuelta al mundo en 80 risas’ es lo peor que los colombianos soportan en 2023

Discriminación, estereotipos ofensivos... Caracol, esto no es 1923. Es 2023, avíspate de una vez.

Don Jediondo en 'la vuelta al mundo en 80 risas'

Sé de sobra que, mientras yo y un puñado de personas de mi generación y sucedáneas sangramos como una Virgen por los ojos mientras vemos ‘La vuelta al mundo en 80 risas’, más colombianos la están disfrutando como nunca.

Y por eso vale todo el dinero desperdiciado en comediantes sin una pizca de gracia y que aparentan no tener cerebro que acosan a modelos que se tienen que hacer las sorprendidas mientras van a varios países para demostrar su ramplonería.

Da igual: al menos en redes sociales ya algunas personas han despertado. Algunas que cuestionan cómo es que ir a hacer idioteces al otro lado del mundo puede causar gracia, o que alguien como Don Jediondo se disfrace en un asqueroso caso de apropiación e irrespeto cultural de un luchador de Sumo o una bailarina de Danza Oriental, entre otras lindezas.

Asimismo, cuestionan no solo eso, sino que el humor que patrocina Caracol con ese dinosaurio putrefacto y agonizante que es Sábados Felices y que se ve en ese bodrio de programa todavía se concentre en burlarse de las diferencias del otro.

Del discapacitado, de la mujer gorda, de la suegra, de la comunidad LGBT, como sucede con ese adefesio llamado Piroberta. Claro, mientras sus padres se ríen como locos y hay gente que dice que es mejor ver “History Channel”. Claro, como si todo el país pudiera o quisiera ver History Channel cuando les ofrecen un humor más sencillo para sus capacidades o ganas de cuestionarse.

Es triste: hace tres años, cuando se estrenó una muy buena novela como ‘Loquito por ti’ (y vaya que Caracol últimamente ningunea sus producciones de calidad a horarios absurdos, como pasó con la telenovela de la indígena Catalina, que tiene muy buena factura), Dago García decía que contra las plataformas la televisión abierta debía ser más competitiva y ofrecer historias de calidad.

Eso se ha cumplido muy a duras penas: aparte de las fórmulas de hace una década, combinadas con lástima y personajes polémicos, siguen vendiendo lo mismo de hace cincuenta años. Aprovecharse en televisión abierta del diferente y regodearse de la ignorancia ante mundos desconocidos.

Claro, somos colombianos. Y claro, porque lo somos hace parte de nuestro relato de nación ser unos completos ignorantes e imbéciles sin algún tipo de ingenio, ¿verdad, Caracol?

Soy completamente consciente de que no se atreverían a hacer un bodrio así, con comediantes súper outdated si no generaran risas, ni dinero, lo que me lleva al siguiente punto: si bien hay un cambio cultural en el país en cuanto a los contenidos populares en entretenimiento, este solo es generacional y es solo de unas cuantas personas. El tío uribista o su mamá homofóbica claro que disfrutarán el programa. Aquel que no puede pagar Netflix o que sin embargo lo hace y ha normalizado este tipo de “humor”, también.

Al fin y al cabo, Caracol va al ritmo del país: uno que no es tan conservador como creemos, pero que a pesar de eso, sigue siendo espantosamente retrógrado en muchas cosas. Y si bien estamos como televidentes en nuestro derecho a cuestionarlos, muy poco harán para entender que la televisión (esa que gana Emmys, esa que sí es reconocida) importa menos que el billete y que una audiencia que se los da con creces, sobre todo si se siguen riendo del chiste de gays, de gordas y suegras en un país lejano mientras se hacen todo tipo de estupideces.

Y a nuestra generación le digo: ni nos molestemos. Los contenidos de nuestra paupérrima televisión no cambiarán en nuestro tiempo, por lo que el único consuelo que tenemos es el streaming. Ese al que Caracol no puede igualar por sí mismo, por más que le pese.

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