Cuando la esperanza muere al último

Decidimos quedarnos en el lugar en el que todo va a cambiar, aunque no nos guste.

¿Cuánto tiempo tiene que pasar para moverte de un lugar en el que no eres feliz? He pensado que nos gusta la desidia, que a veces necesitamos que nos arrastren los problemas hasta quedar verdaderamente lastimados. Es una especie de instinto masoquista el que nos impide decir basta o simplemente somos de los que necesitamos tocar fondo.

Decidimos quedarnos en lugares que ya no nos sorprenden, con personas que ya no nos comparten, en trabajos donde no aportamos nada y en hogares que se llenan de excusas para vaciarse todo el tiempo. He pensado que tal vez, en el fondo (muy en el fondo), creemos que algo va a cambiar.

En una suerte de volado invertimos toda nuestra fe y energía. Observamos y descartamos cualquier posibilidad que implique tomar la difícil decisión de apartarnos y soltar. Porque nos da miedo soltar.

Lo nuestro, lo nuestro, es la resistencia. Preferimos aguantar porque para eso estamos hechos, para entrarle con todo. Porque nada es fácil; el amor duele, la vida es dura, ¿cuántas veces escuchaste eso? O peor todavía, ¿cuántas veces lo creíste?

De lo peor sacamos lo mejor, porque la inspiración encuentra su lugar en los rincones más profundos y escondidos de la nostalgia y la tristeza. Dejamos la desesperación para los que no se saben controlar y nosotros siempre nos ponemos la máscara de los valientes.

Las personas más brillantes se han repuesto de las peores adversidades; del desamparo, la soledad, el desamor, las enfermedades y el tedio de la vida. Casi todas las mentes creativas más reconocidas, los músicos y escritores, han sido víctimas de su propia luz.

Hasta qué punto vale la pena esperar lo peor para que de ahí surja una posibilidad. Cuando menos lista estás para el amor, éste aparece; el mejor par de zapatos lo encuentras cuando traes la cartera vacía y justo el día de la dieta todo se te antoja. Son esos trucos que la mente juega y no entiendo.

Nos quedamos ahí, en donde algo duele y molesta porque necesitamos sentir que estamos vivos de todas las maneras posibles, deseando que llegue la recompensa por soportarlo. Mientras tanto, nos detenemos ahí, porque cuando nuestro amor está puesto en una dirección, pocas cosas nos dejan tan estáticos como la esperanza de que hasta lo más horrible nos maraville.