Impulsiva

Salirse de la carretera, a veces, nos puede llevar a encontrar un deseo perdido o una emoción apagada.

El verano [en España], estación que estoy padeciendo justo ahora por estar aquí donde yo solita me vine a meter, me pone mal. Sentirme pegajosa, fatigada y rodeada por el espíritu vacacional hace que deje de ser persona.

Entro en un estado como de marmota obligada a estar despierta y lo que podría ser una recarga de vitamina D, un color de piel menos verde, un vestido ligero y caminar descalza por la arena, se convierte en una prueba de aguante.

Una vez me pasó que estaba tan enloquecida por el sofoco, por la ausencia de viento, por la humedad de noches con ruido de gente insolada que, en contra de todo juicio financiero, me fui a un lugar donde era pleno invierno.

Me agarró tal gripe desde el minuto uno en que osé llegar a tan congelado destino, que estuve pidiendo perdón por ser tan impulsiva con cada tosido que me desgarraba el alma durante toda mi dolorosa y fría estancia.

Mis arrebatos, mi imprudencia, esta manía con mucha pinta de compulsión (porque a veces no consigo controlarla) de hacer lo primero que se me ocurre me ha provocado algo más que tos a lo largo de mi vida.

En el amor por ejemplo me ha jugado malas, malísimas pasadas. Desoír a mi propia razón o instinto para dejarme llevar por el empeño de amar a toda costa, me ha metido en verdaderos pantanos sentimentales.

El ímpetu, esa característica tan propia de gente insensata trae muchos disgustos. Las personas que nos quieren y que han vivido más, nos repiten que siempre hay que pensar muy bien antes de hacer las cosas y tienen toda la razón. Pero sin ese punto vital de dar salida a un antojo me huelo que nos quedaríamos parados como señal de “Stop” (necesaria pero aburrida). Anclados en nuestra vida de adulto precavido y estratega al que le gusta caminar sobre seguro evitando las zonas que no salen en el mapa.

No estoy diciendo que haya que abandonar el trabajo, dejar al marido o cambiar a los hijos por un convertible ¡no, por favor! Sólo digo que hay cierta “vidilla” en dejarse llevar alguna vez por ese impulso que tenemos amordazado porque soltarlo sería inconveniente.

Entre tanto cálculo, control, búsqueda del centro y protección contra el peligro, hallar un punto de fuga podría iluminarnos el espíritu que empieza a volverse bastante descolorido con los inviernos, las ambiciones y nuestros afanes de mujer ocupada.

Abrirle la puerta a nuestra espontaneidad para que se permita hacer una pirueta a contracorriente puede ser fuente de necesaria emoción.

Estoy segura que cada una sabrá si esto es pintarse el pelo de rosa, lanzar el teléfono por un acantilado, escribir un cuento erótico basado en hechos reales o cambiar la ciudad por un huerto de hierbas aromáticas.

Teniendo en cuenta, eso sí, a la gente que tenemos alrededor porque no es buena idea ir avasallando seres queridos. Sobre todo porque la gente es malísima perdonando.

Correr para atrapar estrellas o ir detrás de un suspiro podría hacer que perdiéramos algún botón de la chaqueta por el camino… Pero bueno, algo hay que hacer si nos damos cuenta de que vamos por una ruta tan recta, tan recta, que ya se puede ver el final, y no porque sea un espejismo de verano.