Mi historia de amor con James Deen

Entre los actores porno y el amor: cuando la pornografía se vuelve color de rosa.

Alguna que otra vez, me enamoro de los actores porno. No de todos, obvio. A veces el enamoramiento es muy fugaz; otras, se me instala varios días, hasta semanas o meses.

“Eso no es amor”, pensarán ustedes. Pero es amor. Amor del bueno.

En casos desmedidos, el tipo me enamora tanto que juego a serle fiel: recuerdo su nombre, registro el tamaño y la forma de sus manos, el timbre de su voz, busco sus videos, me concentro sobre todo en aquellos donde reproduzca la actitud que me enamoró.

Porque para mí, el verdadero encanto del porno tiene que ver con la actitud. Por ejemplo, mi crush más reciente: James Deen. Este señor, galán de mi gran amiga Stoya, ya se me había presentado antes, en escenas de diferentes formatos, cogiéndose a mujeres diversas. Mono, interesante a secas.

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© James Deen

Pero un día, un día aciago que habría de marcar mi sino, me lo encontré en un video en que se mostraba dominante, casi cruel, y tenía sexo con su esposa y su sirvienta ficticias, al mismo tiempo.

Las trataba pésimo. Daba miedo. Calentaba. Una ni quería tocarse para no perder los detalles de la escena y de los celos implícitos en no poder participar de ella.

Así comenzó mi historia de amor. Escribí cien veces “James Deen” en Google (como cuando en la secundaria llenaba cuadernos con el nombre del compañero que me había robado el corazón), y no volví a negarme a un video suyo, aunque no todos me atraparan tanto como ese que me lo reveló.

Porque, repito, lo importante para mí no es el retrato del coito sino la actitud.

Igual que me pasa con los hombres que sí existen, no me enamoré del señor Deen por me parezca más guapo que otros, sino por el papel que desempeñaba. Ya saben: voz firme, mandón, besucón violento. Además de las manotas.

Y como ya me enamoré de él, también me gusta pensar que ama profundamente a su novia Stoya (sufro y me deleito en partes iguales), que después de dejarla hecha pedazos, la abraza durante horas, le acaricia el pelo, todas esas cursilerías imprescindibles.

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Stoya y James Deen / © SN / EPA

James Deen tiene que ser un hombre capaz de amar desesperadamente.

Como me dijo el otro día un buen amigo, el amor y la pornografía pueden ser lo mismo. La cursilería va incluida en el paquete.

El porno puede ser “color de rosa”: un sistema de fantasías con el que se firma una especie de contrato, como las películas de Disney, y también parecido a lo que de veras nos sucede, cuando nos enamoramos de un hombre tangible y nos derretimos y hacemos planes y proyectamos un futuro idílico que, en el fondo lo sabemos, se acerca más bien a la imposibilidad.

En la pornografía se reproduce el esquema: poco importa si el amor termina con la llegada del orgasmo.

Yo te amo, James Deen, aunque que sea sólo a veces, cuando te pones malvado, aunque mi amor por ti nunca rebase los quince minutos. Porque mientras te amo, te amo profundamente: en ese lapso, me casaría contigo, vaya.