No te soporto, cógeme

Era engreído y antipático, incompatible conmigo, un patán. Me encantaba. De lo contrario, no me habría acostado con él.

¿Nunca les ha pasado que conocen a una persona del sexo de su interés y les resulta engreída, incompatible, antipática… irresistible?

En inglés existe un sintagma para hablar del sexo que se tiene con personas antojables e irritantes: hate fucking. Desprecio y excitación al tope, todo en la misma sesión. No se trata de coger con odio sino de cogerse al odio encarnado.

Una vez me sucedió. La experiencia fue incómoda pero atrayente, como algunas drogas. Seguro que no fui la única: el historial del tipo en cuestión debe de estar plagado de mujeres que lo invitan a su cama, porque encuentran estimulante la animadversión.

Hablo aquí del típico hombre que encanta y repele al mismo tiempo, un cliché de espaldas anchas. Su cultura general es abundante y no deja de alardear al respecto. Es alto, tiene buen lejos. De cerca, sus cejas se levantan y bajan, como evaluando gestos y palabras, nada más por joder. Es experto en contradecir, desacreditar, censurar gratuitamente.

El tipo, ese antipático, me gustaba mucho. Hasta llegué a creer que, después del sexo, los roces podrían suavizarse. No fue así. Pasado el tiempo, sigue en mi top de patanes. ¿Me arrepiento de habérmele montado? Creo que no.

“Fulanito es un ser humano espantoso, pero soy susceptible a sus manos grandes, sus ojos verdes y sus nalgas de hombre de veintitantos”, le confesé una vez a mi amiga. Y después me detuve, porque no quise hablar de cuánto me excitaba el tema de la arrogancia, etcétera.

Se supone que no estoy arrepentida, que el orgasmo y el episodio en sí, bien valieron la grosería y la falta de caballerosidad. El hombre me gustaba, nos acostamos, no teníamos que ser buenos amigos para eso… Aparentemente, todo bien.

Entonces recuerdo algunas frases, proferidas con desdén, al mismo tiempo que una erección mantenía entretenida a mi dignidad (“al carajo con la dignidad”, pensaba, hasta que llegó el día siguiente y me recriminé el haberme dejado hacer de todo por ese barbaján de pene y léxico tan amplios).

Mis conclusiones: primera, la próxima vez que me quite la dignidad antes de entrar en la cama, procuraré recogerla antes de dejar la habitación; segunda, la atracción y el placer no siempre son gratuitos (de vez en cuando se cobran con retraso); tercera, la pedantería calienta, pero enfurece, así que no hay trascendencia que la aguante.

Porque, si me lo preguntan, podría acostarme con el patán por segunda vez. Claro que podría. Pero más allá de eso, como decimos en México, ni a la esquina.