Se acerca el Día del Padre y, más allá de los regalos tradicionales, existe una conversación urgente que la psicología nos invita a poner sobre la mesa: la salud mental de los hombres en su rol de crianza. Es una realidad silenciosa pero recurrente en las consultas terapéuticas: muchos padres arrastran heridas, traumas o vacíos emocionales desde su niñez o adolescencia. Al no ser resueltos, estos dolores del pasado se proyectan de forma inconsciente en la crianza de sus propios hijos, repitiendo dinámicas de violencia, distancia o frustración que fracturan el núcleo familiar.
Para romper esta cadena intergeneracional, conversamos con Mauricio Posso, psicólogo clínico y máster en hipnosis clínica. El especialista desmitifica los prejuicios sobre la vulnerabilidad masculina y nos ofrece una guía práctica, un verdadero “manual emocional” para que los padres identifiquen sus alarmas, abracen sus procesos y transformen su paternidad en un espacio de apego seguro y contención.

Romper el silencio: el peso de “ser el fuerte”
El primer paso de cualquier proceso de sanación es el más complejo para muchos varones: reconocer que se necesita apoyo. Tradicionalmente, la sociedad ha educado a los hombres bajo la premisa de que la fortaleza equivale al silencio y a la represión de las emociones. Las frases como “los niños no lloran” o la idea de que el padre debe ser únicamente el proveedor económico —y no un dador de afecto— han construido una barrera que dificulta la gestión emocional.
Las consecuencias de esta represión son alarmantes. El psicólogo comparte un dato crudo que invita a la reflexión: “De cada 10 suicidios, ocho son hombres”. Esto demuestra que la resistencia a pedir ayuda profesional no es una muestra de fortaleza, sino un factor de riesgo. “A veces se cree que con autoconfianza o ‘poniéndole ganas’ se va a salir adelante, pero liberar prejuicios sociales es vital. Ir al psicólogo no es ‘estar loco’; los seres humanos conscientes son los que piden apoyo. Es el equivalente a dejar la basura mental en otro lado que no sea tu casa ni tu mente”, explica Posso.
Distinguir entre rudeza y firmeza: el peligro de los extremos
Cuando un hombre ha crecido en un entorno donde la referencia de paternidad estuvo marcada por la violencia física, verbal o psicológica, suele enfrentarse a un dilema al tener a sus propios hijos. Muchos, con la firme intención de no repetir los maltratos que sufrieron, caen en el extremo opuesto: la permisividad absoluta, dejando a los niños sin límites ni guianza clara.
El especialista aclara que la solución no es la ausencia de disciplina, sino el cambio de método. “Haces lo que sabes, y si tu única referencia fue la rudeza, necesitas aprender un nuevo camino. Hay que distinguir entre la rudeza y la firmeza. Yo puedo ser firme con mis hijos sin ponerles un dedo encima. Se puede guiar, corregir y transmitir valores sin necesidad de gritar, maltratar, comparar o insultar”, enfatiza. Las comparaciones constantes (“mira a tu primo”, “mira al hijo de la vecina”) o la falta de reconocimiento son formas invisibles de violencia que merman el autoestima del niño y perpetúan el trauma.
La ira como la principal señal de alerta
¿Cómo puede un padre saber si está proyectando sus traumas del pasado en su día a día? La respuesta más evidente se manifiesta a través del cuerpo y el temperamento: la ira. Cuando las reacciones en el hogar se desbordan en gritos o impulsos violentos, es momento de hacer una pausa.
Casi siempre, detrás de esa ira desproporcionada se esconde la frustración. El estrés laboral, los agobios económicos o la insatisfacción personal actúan como detonantes. Los hijos, de manera inconsciente, se convierten en espejos que reflejan los propios comportamientos o etapas de la infancia del padre. Al ver reflejados sus propios miedos, algunos hombres reaccionan con rigidez bajo la justificación de “no quiero que cometa mis mismos errores”. La clave está en trabajar sobre la causa de esa frustración en los espacios correspondientes (pareja, trabajo, finanzas) antes de llevar esa carga emocional al hogar.
El manual de primeros auxilios emocionales para papás
Para aquellos padres que desean empezar a cambiar sus dinámicas y sanar de forma consciente, existen herramientas terapéuticas y ejercicios diarios que pueden aplicar:
- Identificar la curva de la ira: La ira no aparece de la noche a la mañana; es una curva ascendente. El ejercicio consiste en registrar qué palabras, acciones o situaciones actúan como el detonante que dispara el enojo, para poder retirarse o respirar antes de llegar al punto de explosión.
- Escritura consciente y reinterpretación: Consiste en sentarse a escribir detalladamente cómo fue la propia niñez, plasmando los dolores y frustraciones. Luego, el ejercicio invita a reescribir esa historia desde la empatía hacia los propios padres, intentando comprender qué situaciones o presiones de la vida los llevaron a actuar de esa manera.
- Procesos de sanación y perdón: Sanar no es un acto meramente espiritual o esotérico; tiene un impacto fisiológico real. El perdón hacia uno mismo y hacia los progenitores activa la corteza prefrontal y la glándula timo, liberando dopamina y disminuyendo los niveles de cortisol (la hormona del estrés), lo que reduce la inflamación y el dolor físico en el cuerpo.
- Abrazar y escuchar la emoción: Cuando aparezca la tristeza, la melancolía o la frustración, en lugar de evadir el sentimiento mediante la automedicación o distractores, el manual sugiere darle un espacio para escucharla. Preguntarse: ¿Por qué estoy enojado? ¿Qué me está diciendo este dolor? El dolor también es un maestro que impulsa a tomar acciones y buscar soluciones reales.
Las nuevas generaciones: una oportunidad de diálogo
Frente a las críticas actuales que catalogan de forma peyorativa a los jóvenes como la “generación de cristal”, el psicólogo Mauricio Posso defiende la transformación de las dinámicas de crianza actuales. “No se trata de hijos debiluchos, sino de hijos más conscientes. Estamos criando generaciones que aprenden a hablar y no a golpear; que se quejan y debaten desde el argumento y no desde la sumisión”, señala.
Anteriormente, la respuesta paterna ante un cuestionamiento solía ser el autoritarismo: “lo haces porque a mí me da la gana”. Hoy en día, los adolescentes exigen argumentos, lo cual representa una oportunidad invaluable para que los padres construyan conversaciones de alto valor sobre sexualidad, relaciones o miedos, libres de prejuicios y respetando sus criterios. La paternidad sana no busca la perfección, sino el acompañamiento; el psicólogo no da instrucciones de qué hacer, sino herramientas para que cada padre asuma la responsabilidad de transformar su entorno y el futuro de sus hijos.
