10 cosas sobre sexo que aprendí en la universidad

Si la universidad supiera todo lo que me enseñó de sexo, no me lo creería.

En la universidad lo pasé bastante bien: estudié, me desvelé, me enamoré de un maestro distinto cada semestre, me emborraché muchísimo, leí libros definitivos, tuve sexo, aprendí de sexo.

Y también lo pasé bastante mal: me enamoré, anduve a veces en boca de varios (en más de un sentido), me decepcioné de lo concreto y de lo abstracto.

Si la universidad supiera todo lo que me enseñó de sexo, no me lo creería. Cualquiera que haya ido a la universidad será capaz de entenderme. Creo.

Pero, por si las dudas, hago aquí una lista de las enseñanzas más, digamos, trascendentes que obtuve. Las que me llevo a la cama cada vez que recuerdo la lección.

  1. Los planes no se realizan tal cual los pensamos. Los planes cambian. En el aula, en el proyecto, al terminar el curso, durante el sexo, a la mitad de la relación.
  2. Las preguntas adecuadas son más valiosas que la mayoría de las respuestas. Y, cuando se plantean con habilidad, pueden trasladarse a otro plano (el de la alcoba).
  3. Igual que pasa con los ensayos, el tiempo y el esfuerzo que inviertes en un orgasmo, una cita, una felación, pueden resultar descomunales con respecto a la nota que obtienes.
  4. Los engreídos, los brillantes, los que hablan más de dos idiomas (los que saben humillar con argumentos invencibles en clase), siempre son más guapos.
  5. Aunque alguien decida “cifrar su vida en las palabras”, la comunicación, tal y como la plantea la teoría, es un concepto imposible. A veces vale más conformarse con los códigos del coito.
  6. El sexo no quema tantas calorías como se cree.
  7. Poco importa qué tan propensa a enamorarse sea la estudiante (pobrecilla): los profesores también pueden enamorarse de ella.
  8. Los compañeros que hablan poco, los que sobreviven con un bajo perfil, también tienen manos, lenguas, penes y argumentos interesantes.
  9. El sexo alivia el dolor de cabeza, incluso antes o después de un examen.
  10. Sin importar qué tan sorprendente haya sido el clímax, o qué tan memorable la conversación después del sexo, no somos personajes de novela. Somos ordinarios, a veces abyectos, y no hay un narrador que esté contando nuestra historia. Por suerte, existe la química.