La cronodieta: no importa sólo lo que comes, sino también cuándo comes

"Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo”. Así nos habla desde tiempos remotos el refranero popular, y así nos lo dice ahora también la ciencia: para estar sanos –e, incluso, para prevenir la obesidad– no solo importa qué y cuánto comemos, sino cuándo lo hacemos.

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Cuestiones que antes sabíamos de forma más o menos intuitiva, como que las cenas deben ser ligeras y los desayunos contundentes, han encontrado su aval científico de la mano de la cronobiología y de dos ramas íntimamente ligadas a ella: la cronodieta y la crononutrición.

Lo primero que habría que explicar es que todos nosotros disponemos de un reloj interno que marca el ritmo de nuestra vida. Un cronómetro que marca desde la renovación diaria de las células de la piel hasta los ciclos menstruales femeninos, pasando por multitud de cambios hormonales que, sin que nos demos cuenta, se están produciendo en nuestro interior con un ritmo determinado. La cronobiología sería la disciplina encargada de estudiar estos ritmos biológicos, así como sus aplicaciones en medicina y biología. Dentro de ella, en los últimos años se ha avanzado en comprender cómo nuestros ritmos diarios afectan a los alimentos y los nutrientes que ingerimos. Así, "la crononutrición estudiaría cómo los valores plasmáticos de los nutrientes y su utilización cambian en nuestro organismo a lo largo del día y de la noche –explica la dra. Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Bases Fisiológicas de la Nutrición en la Universidad de Murcia y miembro del Grupo de Investigación en Nutrición de dicha universidad–. Y la cronodieta daría un paso más: el de intentar comprender a qué hora es conveniente comer ciertos alimentos para estar más sano".

¿Sería posible dibujar un horario en el que aparezcan reflejados alimentos "prohibidos" y "permitidos" según la hora del día? Pues, aunque, como nos advierte la dra. Garaulet, "eso aún no es posible", de momento sí tenemos algunas pistas: "Lo que sí está claro es que la capacidad del organismo para asimilar los hidratos de carbono rápidos, como los dulces y azúcares, es mucho mayor por la mañana que por la noche". Imaginemos que nos comemos dos pasteles: la respuesta insulínica, es decir, la capacidad de eliminar ese azúcar de la sangre y pasarla a la célula, es muy alta por la mañana, disminuye al mediodía y cae en picado por la noche. Lo que esto nos indica es que tenemos una mucho mejor tolerancia a los carbohidratos rápidos a primeras horas del día.

Cuestión de horas

Esto está muy relacionado con el sobrepeso y la obesidad. Como señala el periodista especializado en información sanitaria Juan Manuel Barberá, autor junto al dr. Juan Tamargo del libro 'Cronobiología-farmacología-patología' (Ed. Mayo), "los adipocitos –las células de nuestro cuerpo encargadas de almacenar la grasa– también están sujetos a ciertos ritmos biológicos. Así, por la noche están dispuestos a descansar y a mostrarse más perezosos para eliminar grasas, por lo que si la alimentación antes de ir a la cama es rica en grasa o azúcares refinados tendremos más facilidad para engordar".

Lo que comemos está íntimamente relacionado con la secreción de insulina, hormona que, entre otras cosas, le dice a las células si deben guardar o no determinada cantidad de energía. Esta guía celular se trastoca cuando se come entre horas, no se desayuna o se cena copiosamente porque hubo un salto en una de las comidas. Ello lleva a alterar el ciclo celular del adipocito, haciéndole almacenar grasa y azúcares cuando debería eliminarlos, y a la inversa. Este es el principio de la obesidad. Pero la cronobiología y la crononutrición son mucho más ricas y complejas, señala la dra. Garaulet: "Nuestro grupo de investigación demostró –y fue un bombazo científico– que la grasa corporal también tiene horas". Para entenderlo, hay que explicar que tenemos un reloj central, situado en el hipotálamo, que pone en hora todo nuestro organismo y se sincroniza gracias a factores externos.

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