El sonido del asfalto golpeando contra las ruedas y la madera suele asociarse a la cultura urbana de California o a las grandes metrópolis globales. Sin embargo, en el corazón de Bolivia, a más de 2.500 metros sobre el nivel del mar, ese rugido se mezcla con el movimiento rítmico de las polleras.
Las Cholitas Skaters, representadas principalmente por el colectivo ImillaSkate, no solo están practicando un deporte extremo; están realizando un acto de resistencia cultural que ha captado la atención internacional.
Más que un deporte, un grito de identidad
El término “Imilla” proviene del aimara y el quechua, y significa “niña” o “jovencita”. Pero para las integrantes de este movimiento nacido en Cochabamba en 2019, significa mucho más.
Durante décadas, la vestimenta de la chola boliviana —compuesta por la pollera (falda plisada), la manta, el centro y el icónico sombrero de bombín— fue motivo de discriminación y exclusión en círculos sociales y educativos.
Hoy, estas mujeres han decidido que su herencia no es una limitación, sino su mayor fortaleza. Al subirse a una tabla de skate vestidas de gala, están reclamando espacios que históricamente les fueron negados. “La pollera es nuestra armadura”, suelen decir.
El impacto visual es innegable: el contraste de las telas brillantes y coloridas volando mientras ejecutan un ollie o un kickflip desafía todos los estereotipos de género y clase.
El impacto en cifras y empoderamiento
Aunque el skate es tradicionalmente un deporte dominado por hombres (se estima que solo el 20% de los practicantes a nivel mundial son mujeres), colectivos como ImillaSkate están rompiendo la brecha de género en América Latina.
Lo que comenzó con un grupo de cinco o seis amigas, hoy inspira a cientos de niñas en Bolivia y la región.
El impacto social es medible en su alcance digital: sus videos han alcanzado millones de reproducciones, convirtiéndolas en embajadoras culturales de Bolivia.
Este fenómeno ha impulsado a que municipalidades locales pongan mayor atención a la infraestructura de los skateparks, entendiendo que el deporte urbano es una herramienta de cohesión social.
Además, el movimiento ha servido como un catalizador para la autoestima; estudios locales sobre juventud indican que la participación en deportes de nicho aumenta en un 40% la percepción de liderazgo en mujeres jóvenes de comunidades indígenas.
Un equilibrio que desafía la gravedad
Patinar con el atuendo tradicional no es tarea sencilla. Una pollera completa, con todas sus capas, puede pesar entre dos y cinco kilogramos y el sombrero de bombín requiere una postura impecable para mantenerse en su lugar sin seguridad.
Este esfuerzo físico adicional es una metáfora de la vida de la mujer boliviana: llevar el peso de la tradición con la agilidad necesaria para navegar la modernidad.
El mensaje es claro para personas de todas las edades: la identidad no debe ser un obstáculo para alcanzar tus pasiones.
Ya seas un niño en una zona rural o un adulto en una oficina, las Cholitas Skaters nos enseñan que el respeto por nuestras raíces nos da el equilibrio necesario para no caer y, que si caemos, siempre podemos levantarnos, sacudirnos la pollera y volver a intentarlo.
Hacia el futuro sobre ruedas
El movimiento ya no se limita a las pistas locales. Han participado en documentales internacionales y colaboraciones con marcas que buscan autenticidad.
Sin embargo, su esencia permanece intacta: promover la sororidad y el orgullo de ser quienes son.
Las Cholitas Skaters no solo están rodando por el cemento; están empujando a toda una sociedad hacia una inclusión más real, donde la ropa que usamos cuenta la historia de dónde venimos, pero no limita hacia dónde queremos ir.
