En esta edición, profundizamos en la conexión vital entre la protección de la tierra y la salvaguarda del cuerpo femenino. Nina y Helena Gualinga emergen no solo como defensoras de la Amazonía, sino como símbolos universales de la lucha por la dignidad humana.
En el corazón de Pastaza, donde el río Bobonaza dicta el ritmo de la vida, Gualinga no es solo un apellido; es un mandato. Mientras el mundo urbano despierta entre concreto y ruido, Nina y Helena —las hermanas que han puesto a la Amazonía en el centro de la conversación global— habitan una dualidad que redefine el lujo y el liderazgo. Ellas no solo defienden un territorio; son el territorio mismo, recordándonos que la sanación del cuerpo y la protección de la selva son una misma herida y una misma esperanza.

El cuerpo como primer territorio de justicia
Para Nina, la resistencia comenzó en las raíces de su propia piel. Su camino hacia la justicia no ha sido un desfile de activismo, sino un proceso de alquimia emocional donde decidió que su dolor personal se convertiría en un escudo colectivo. “No se trata solo de mí, sino de todas las mujeres”, sostiene Nina, cuyo mensaje para las ecuatorianas que enfrentan sistemas judiciales distantes es uno de realidad y perseverancia. Hoy, su lucha legal es un grito de dignidad que trasciende las fronteras de Sarayaku, recordándonos que el cuerpo es el espacio soberano que ninguna violencia debe vulnerar.

“La selva está viva y quien aprende a escucharla entiende que protegerla es responsabilidad de todos”, explica Nina, conectando la cosmovisión de su pueblo con la urgencia climática. Ella entiende que para las mujeres amazónicas, la integridad física y la defensa de la selva están entrelazadas en un mismo tejido de supervivencia. En su vida cotidiana, lejos de los reflectores, Nina encuentra su centro en los rituales de la maternidad y la calidez del hogar, roles de esposa y amiga que prefiere vivir con la profundidad de lo que no siempre se ve en redes sociales.
Diplomacia ancestral: El puente entre dos mundos
Por su parte, Helena Gualinga representa la voz de una generación que ha transformado la “ansiedad climática” en una acción constructiva. Su vida es un viaje constante entre dos realidades: de la serenidad absoluta de su comunidad al estruendo de los foros internacionales como la COP o eventos en Nueva York. “El bosque tiene voz. La tarea humana no es imponer, sino escuchar”, sostiene Helena, quien ha sabido infiltrarse en las élites globales para visibilizar una realidad que muchos solo ven en noticias, sin permitir que el choque cultural apague su esencia.

Un día típico para Helena en Sarayaku es una lección de presencia: desde que sale el sol hasta que anochece, los momentos cotidianos en la selva la recargan y le recuerdan por qué lucha. Ella abraza la responsabilidad de ser una “mujer inspiración” para las niñas de su comunidad, equilibrando ese peso con su propia juventud y crecimiento personal. Helena no busca solo el reconocimiento, sino dejar grabado un mensaje en quienes apenas despiertan su conciencia ambiental: la protección del territorio es una garantía de supervivencia para las futuras generaciones.
El tejido sagrado: Sanar la Tierra para sanar a la mujer
Para el linaje Gualinga, la protección de la selva no es una agenda política externa, sino una extensión de la soberanía sobre el propio cuerpo. Nina sostiene con lucidez que existe un vínculo indisoluble entre la explotación de los recursos naturales y la vulneración de la integridad física y emocional de las mujeres amazónicas.
Desde la cosmovisión de Sarayaku, se entiende que una tierra herida por el extractivismo refleja y potencia las violencias que sufren quienes la habitan, convirtiendo la defensa del territorio en el primer acto de amor propio y cuidado colectivo.
El respeto a la naturaleza se manifiesta, entonces, como una garantía de supervivencia y dignidad humana que los ciudadanos de zonas urbanas debemos empezar a comprender como propia. Helena nos recuerda que la lucha por los derechos de la Amazonía no es una causa ajena, sino el escudo que protege el futuro de las próximas generaciones de mujeres en todo el país. Al honrar los ciclos de la tierra, honramos también los ritmos y la fuerza de la mujer, estableciendo un equilibrio donde la espiritualidad y la justicia ambiental caminan de la mano para reconstruir la fuerza vital de la sociedad.
Finalmente, esta visión nos enseña que la sanación —tras enfrentar situaciones de violencia— se convierte en un acto profundamente político y cultural. Para las hermanas amazónicas, la sabiduría de sus ancestras y la conexión con su entorno son las herramientas que les permiten transformar la preocupación en acción constructiva sin perder la esperanza.
El respeto real nace de la escucha: escuchar al bosque que tiene voz y escuchar a las mujeres que sienten la herida del territorio, permitiendo que su liderazgo inspire una nueva conciencia donde la vida, en todas sus formas, sea lo único sagrado.
