Incendios provocados por aborígenes Martu ayudaría a aumentar la población de canguros

En ciertas circunstancias la intervención humana puede ser positiva para otras especies.

En la parte occidental de Australia el pueblo Martu acostumbra a crear pequeños incendios controlados durante el invierno. El objetivo de estos fuegos de menos de 10 hectáreas es encontrar madrigueras de lagartos, que son una gran fuente proteína y muy apetecidos por los aborígenes.

Esta tradición de caza tiene más de un siglo y según un reciente estudio citado en Treehuger, el fuego podría beneficiar a las poblaciones de canguros al aumentar la diversidad de ecosistemas, ofreciendo plantas en distintas fases de crecimiento.

Estos mamíferos se alimentan principalmente de brotes jóvenes que aparecen luego de los incendios, y que además sirven como cubierta para esconderse de los dingos (can salvaje).

“Lo bueno de Australia es que los pueblos indígenas aún recuerdan cómo han utilizado el fuego en su historia. Si queman algo cada año, reciben este mosaico cambiante”, explica el Dr. Sam Fuhlendorf, especialista de la Universidad Estatal de Oklahoma.

La investigación realizada por el Dr. Brian Codding de la Universidad de Utah, tenía por objetivo mostrar cómo los canguros y los pueblos aborígenes han co-evolucionado. El estudio mostró que las poblaciones de canguro tienen a ser mayores en las zonas donde los Martu generan incendios. “En algunas circunstancias, los seres humanos pueden modificar su entorno de manera que beneficie a especies endémicas”, señala Codding.

Un caso similar pasa con los bisontes en América del Norte que también son atraídos por los brotes de hierba que crecen luego de incendios provocados por el hombre. Sin embargo el fuego es un arma de doble filo. Por un lado permite diversificar los ecosistemas, aunque claro, pueden dañar a otras especies y también generan gran cantidad de material particulado.

“Como todas las cosas en la ecología, hay ventajas y desventajas: ganadores y perdedores” finaliza el Dr. David Bowman de la Universidad de Tasmania.

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© Rebecca Bliege Bird / Stanford University.