El eslabón perdido de la educación ambiental

¿Por qué en muchos países no logramos tener verdaderos ciudadanos?

En muchas sociedades, desde hace años, hay un límite establecido en el alcance de la educación ambiental como herramienta para lograr una calidad ambiental eficiente.

Quizá, a todos, o a casi todos, nos parezca elemental este componente en la construcción o crecimiento de una sociedad ambientalmente responsable o, yendo más allá, de una sociedad estructurada en función del desarrollo sustentable.

No obstante, algo debe estar pasando, porque hay proyectos de educación ambiental por doquier, hay iniciativas individuales y colectivas en casi todas partes, hay ideas maravillosas que logran ponerse en práctica.

Entonces, ¿por qué no logramos –en muchos países- tener verdaderos ciudadanos? lo cual implica una relación estrecha y un compromiso ineludible con su sociedad, incluyendo –por supuesto- lo ambiental. ¿Por qué tanta apatía y desidia? Como si el ambiente fuera de otros y no nuestro, de todos. Por ejemplo, en Venezuela, la propia Constitución de la república, en su artículo 107, determina: “La Educación Ambiental es obligatoria en los niveles y modalidades del sistema educativo, así como también en la educación ciudadana no formal”.

Esto me dice que no sólo se trata de iniciativas aisladas, de personas que –como yo- aman a la naturaleza y la quieren conservar a toda costa, de simples ideas de personas altruistas que quieren el bien para todos; se trata incluso –en este caso- de un deber nacional con mandato constitucional.

Eso quiere decir que se ha pensado, planteado y diseñado el tema de la educación ambiental.  Que no ha sido tan abandonado como pareciera. Siendo así, ¿qué ha pasado con los resultados?

En definitiva hay un eslabón perdido. Tenemos partes de la cadena formada, pero hay algo que falta para unirla. Ahí es donde está el límite del que hablaba al comienzo.

Apartando situaciones de orden político-social, que ciertamente son necesarias para desarrollo de una sociedad -que pueden impulsarlo o castrarlo- y sabiendo que es primordial una política de estado –que mayoritariamente no existe-, pero centrándonos un poco más en lo práctico, podemos ver dónde está el enlace.

Y es que ese punto de inflexión se relaciona, posiblemente, con el conflicto semántico por usar el término “ambiente” o “medio ambiente”.
Si lo analizamos de manera literal, este último término  se puede definir como redundante, dado que ya “ambiente” lo hemos conceptualizado como lo que nos rodea, y qué otra cosa podría ser el “medio”.

Entonces queda claro que, semánticamente, parece correcto hablar de “ambiente” y no de “medio ambiente”. Sin embargo, el problema no se quede en el simple uso de las palabras -al final, en la práctica, eso no influye-  sino en cómo hemos conceptualizado el ambiente y cómo lo percibimos  en lo cotidiano.

Así, vemos que el concepto y, por ende, nuestra visión del ambiente es “el medio”, “lo que nos rodea”, “lo que está por fuera de nosotros”, y pocas veces hacemos el énfasis en que es algo que nos incluye y que nosotros lo incluimos.

Esa es la clave, cómo -desde pequeños- nos enseñan qué es el ambiente y cómo lo visualizamos a lo largo de la vida. Porque, si se trata de algo que está fuera de mí, probablemente no le de tanta importancia como lo que se supone que me afecta de forma directa.

Entonces, el eslabón que falta para completar la cadena está en cambiar el paradigma del ambiente como “lo que nos rodea”, para comenzar a creer que se trata de un sistema que incluye a nuestro medio así como a nosotros mismos.

Por consiguiente, en la medida en que estemos claros y conscientes, y así lo difundamos a pequeños y a grandes, de que el ambiente no se trata de algo que está lejos de nosotros y que –por el contrario- es parte de cada individuo y cada uno es parte de él, podremos valorar y hacer valorar nuestro patrimonio natural, lo que es finalmente nuestra vida.