Reflexiones en torno a la agroecología y el derecho a la alimentación

Estudio de la ONU trae a colación un problema sistemáticamente ignorado.

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(cc) Geograph.co.uk

Como muchos deben saber o intuir, es la agricultura industrializada -perfeccionada durante las últimas décadas- lo que ha permitido la explosión tecnológica y el desarrollo de los actuales polos urbanos en países desarrollados, un fenómeno que en China está en pleno proceso. Básicamente, se trabaja intensivamente el suelo logrando rendimientos que duplican y triplican lo que puede obtenerse con los métodos tradicionales.

Para explicarlo en forma sencilla podemos decir que la agricultura industrial se apoya en tres pilares.

  1. Primero, mediante el empleo de maquinaria, control automático y otras tecnologías, se puede realizar con mínima mano de obra y en poco tiempo tareas que antes requerían a muchos trabajadores durante varias semanas.
  2. Segundo, la invención de fertilizantes sintéticos permite controlar la dosis exacta de nutrientes y aplicarlos en compuestos que absoben mucho más rápido que materiales naturales como salitre o estiércol. Además, los fertilizantes sintéticos son más eficientes por unidad de peso o volumen, lo cual facilita su transporte y almacenamiento.
  3. Tercero, mediante la combinación de variedades transgénicas, y la invención de pesticidas selectivos, se puede fumigar hectáreas completas sin dañar el cultivo y exterminando a cambio malezas y parásitos.

Todo esto suena como un mundo perfecto, pero un examen cuidadoso revela que no es tan bueno como suena.

Las Consecuencias de la Agricultura Industrial

A medida que se industrializó la agricultura, fue disminuyendo la necesidad de mano de obra agrícola, generando desempleo y reeditando la migración de los campos a la ciudad como en la llamda Revolución Industrial. Los campesinos se emplearon en las ciudades como obreros y debieron trabajar turnos de 16 horas diarias para poder poner en la mesa los mismos alimentos que antes de la “Agricultura Industrial” podrían haber conseguido en su huerta.

Pero claro, la gracia no es que cada persona gaste todas sus horas hombre en alimentarse.  La idea de la agricultura industrial es que el trabajo de unos pocos pueda alimentar a millones, y esos millones tengan sus horas hombre disponibles para hacer otros trabajos.  Si el trabajo de una persona puede alimentar a 100, entonces está liberando a 99 para  para que puedan trabajar en una fábrica y ensamblar productos manufacturados.

Tal como con los productos manufacturados, se podría decir que la agricultura industrial ha permitido el estado actual de la tecnología, las ciencias, las artes y todos las comodidades de la modernidad. Lo que no se menciona es que las 100 personas de nuestro ejemplo siguen trabajando para subsistir. Siguen produciendo lo justo para alimentarse, por lo que en realidad la generación de riqueza la perciben los dueños de los holdings agrícolas y de las industrias. Esto en teoría se compensa porque esos holdings agrícolas e industrias pagan impuestos con los cuales el estado financia salud, educación y seguridad para todos. Es una discusión en la que nos podemos pasar el día completo y no es el meollo de esta columna.

Respecto al segundo punto, es cierto que  los fertilizantes sintéticos surten mayor efecto que los naturales, pero a diferencia de éstos hay detrás de ellos un proceso de fabricación que involucra insumos no renovables tanto para el producto final como para alimentar la maquinaria. Antes de fertilizar la tierra, deja una larga huella de combustibles fósiles y otros procesos que aceleran el cambio climático.

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Finalmente, la invención de pesticidas selectivos y variedades transgénicas resistentes a ellos funciona a nivel puntual, pero hay consecuencias. Primero, las semillas transgénicas están protegidas por patentes y si quieres cultivarlas debes pagar por la propiedad intelectual. Paralelamente los cultivos aledaños no transgénicos, que no sólo reciben una concentración mayor de parásitos y malezas, y adicionalmente, cuando son fecundados por polen de variedades transgénicas la especie híbrida puede resultar estéril, y si tiene la suerte de sobrevivir pueden acarrearle a su dueño una demanda por patentes.

Con todo esto no pretendemos demonizar a la agricultura industrial, sino desmitificar su carácter de panacea. Hemos vivido durante décadas con la certeza de que la producción agrícola intensiva genera suficiente alimento para todos. Puede que en total, los países desarrollados sí estén generando suficiente alimento para todos, pero eso no significa que todos lo estén recibiendo. Más bien parece que mientras la mitad de África se muere de hambre, en Estados Unidos la gente tiene una importante tendencia a la obesidad. En resumen, hay que reconocerle a la agricultura industrial el haber resuelto casi por completo el problema de cantidad, pero no resuelve la distribución del alimento y, como explicamos, también tiene consecuencias que la hacen insostenible en el largo plazo e imposible de escalar.

La Agroecología como Respuesta

Olivier de Shutter, Relator Especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, presentó esta semana en Ginebra un estudio llamado Ecoagricultura y el Derecho a la Alimentación (PDF),  describiendo las ventajas que, para muchos países del mundo, implicaría el pasar a un nuevo tipo de agricultura intensiva. No industrial pero sí más eficiente que la agricultura clásica, básicamente por incorporar técnicas y conocimientos modernos, enfocándose en la sustentabilidad a largo plazo.

Según de Shutter, la tierra demora un 150% más en recuperarse de lo que demoramos en explotarla. Para que la agricultura industrial fuera sustentable a largo plazo necesitaríamos un planeta y medio, cosa que no tenemos. Como respuesta, de Shutter defiende que en las zonas más golpeadas por el hambre, tiene mucho más sentido adoptar técnicas Ecoagrícolas en vez de intentar generar polos de agricultura industrializada a partir de la nada.

La Agroecología implica aplicar la noción del equilibrio ecológico al diseño de los sistemas agrícolas, integrando en el modelo no sólo la maximización de la producción por metro cuadrado sino la minimización de la erosión, del daño a la vegetación endémica, la resiliencia a los cambios climáticos, y en general apuntar a un nivel de producción y rendimiento que no demande de la tierra más de lo que ésta pueda recuperarse cíclicamente. En vez de aceptar programas de subsidios de fertilizantes químicos, volver a los fertilizantes que se tengan a mano. En vez de confiar ciegamente en los pesticidas, entender las especies de insectos y hierbas de cada región para decidir qué cultivos son compatibles con ellos.

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Parte de la Agroecología implica volver a apoyarse fuertemente en la mano de obra humana y animal para realizar tareas que en países desarrollados se hacen con maquinaria y computadores. Lo cierto es que el manejo de esa maquinaria y la implantación de la tecnología no son aplicables por igual en todo el mundo. En los países más pobres el valor agregado de las horas hombre es tan bajo que al liberarlas desplazándolas del agro no tienen donde reubicarse. Por querer hacerlo más eficiente, sencillamente no se hace en espera a que alguna empresa quiera invertir en la región, mientras los gobiernos se gastan la plata en equipar sus ejércitos para pelear con los vecinos.

¿Tiene sentido la Agroecología? Algunos dicen que no basta para alimentar a todos, pero de Shutter saca otras cuentas:

Hasta la fecha, los proyectos agroecológicos han mostrado un rendimiento medio de las cosechas del 80% en 57 países en desarrollo, lo que significa un aumento del 116% de media en todos los proyectos desarrollados en África. Los proyectos más recientes llevados a cabo en 20 países africanos han demostrado que puede duplicarse el rendimiento de las cosechas en un período de 3 a 10 años.

Conclusiones como esta aparecieron en el NY Times en una columna de opinión, desatando una guerra en los comentarios. Unos sostienen que es impracticable esa Agroecología en países desarrollados, en donde la demanda por alimentos impide adoptar cualquier técnica que sea ligeramente menos eficiente que las actuales técnicas industriales. Otros dicen que las conclusiones de de Shutter son acertadas, pero no sirven de nada cuando las decisiones vienen de las multinacionales que no dejan cambiar el Status Quo. Una tercera postura que me parece inteligente es la que sostiene que el modelo es mucho más complejo que una sola linea que tiene en un extremo la Agroecología y en el otro la Agricultura Industrial.  Que hay tonos de gris en muchos ejes, y que hay que probar todas las combinaciones posibles para llegar a una solución con la que el planeta no se agote pero tampoco terminemos muriéndonos de hambre ni sacrificando las comodidades modernas.

Tiendo a creer que es cierto que no tiene sentido volver a cultivar la tierra como los Amish, pero también me preocupa que las multinacionales aumenten sus rendimientos sin pensar si con ello nos llevan a todos a la muerte del planeta.

¿Por qué las cosas se hacen como se hacen?

Las empresas no existen para hacer caridad, sino para ganar plata. Pedirles cualquier otra cosa es hablar con el interlocutor equivocado. Las empresas toman las decisiones que a mediano plazo maximizan su retorno. Digo a mediano plazo porque hay decisiones que a la larga pueden provocar niveles de contaminación o erosión que conviertan un buen negocio en una actividad impracticable, pero las empresas no ven eso, no tienen variables claras ni incorporan esos datos al modelo. Si nos sentamos a esperar que lo hagan no llegaremos a nada.

Esto se aplica perfectamente a la agricultura industrial. Las empresas no eligen el fertilizante que ha causado menos daño para producirse, sino el que mejor les funciona en la ecuación costo-beneficio.

No eligen diversificar sus cultivos para garantizar la heterogeneidad de la oferta local, sino que les resulta más eficiente concentrar todo el cultivo de canola en una región, y destinar países completos a la soja o al arroz. Ellos no incorporan al modelo que una crisis meteorológica en Rusia puede elevar el precio del trigo a niveles impagables, porque de alguna manera esa alza de precio no es algo necesariamente malo para los intermediarios.

No eligen cultivar las especies naturales por sobre las transgénicas, porque las trangénicas tienen mejor rendimiento y resisten las plagas y pesticidad. A su vez las variedades transgénicas fueron desarrolladas porque son protegidas por patentes y la empresa que invirtió en desarrollarlas tiene cómo recuperar su inversión.

La misma inversión se recupera al automatizar las tareas que antes hacía la gente. Un tractor no sólo hace el trabajo de decenas de campesinos, sino que no cobra un sueldo ad eternum, ni hay que proveerle alojamiento ni comida. Lo mismo para la irrigación, cosecha y otros procesos.

Al final las empresas no han seguido este camino porque quieran reventar a los campesinos y hacinarlos en las ciudades. Simplemente tomaron el camino que les significó mejores retornos y eso ha tenido y sigue teniendo consecuencias. Eso no va a cambiar: así funciona toda empresa que pretenda subsistir.

Lo que sí se puede hacer es incorporar al modelo de valor nuevas variables que sí se puedan medir y que los obliguen a cambiar sus decisiones a corto y mediano plazo. La misma existencia de ONG, grupos de activistas y medios preocupados por el tema, como VeoVerde, no apunta a coercionar a las empresas para que cambien. Eso no va a ocurrir aunque nos encadenemos a los árboles o nos pongamos en la proa de un ballenero. Lo que sí se busca es generar suficiente impacto en la opinión pública como para que las empresas le asignen un valor a la imagen que proyectan, y aprendan a sacarle un provecho a nivel de márketing a todos los esfuerzos que hacen por contaminar menos, incorporar menos derivados del petróleo o invertir en ser carbono neutros. Eso hace 20 años no valía nada y hoy tiene un valor. Recién ahora tiene sentido gastar un poco más en ofrecer líneas verdes, y la gente a su vez recién ahora está dispuesta en pagar más caro por un chocolate si no tuvieron que morir 200 orangutanes para fabricarlo.

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Si se quiere hacer lo mismo para fomentar la Eco Agricultura, en realidad el esfuerzo no debe seguir el mismo camino. Las empresas no tienen grandes alicientes para invertir en conocimiento y habilidades que no sean patentables. La gente está marginalmente dispuesta a pagar más por verduras orgánicas, pero es un mercado de nicho que eventualmente tocará techo. Por lo mismo, el esfuerzo debe venir principalmente de los gobiernos en su rol de planificador social. Hasta ahora la mayoría entiende ese rol como un sistema para ofrecer alimentos, salud o educación. No es imposible entenderlo como un sistema de fomentar prácticas sustentables de agricultura no sólo de manera experimental sino constante.  En Chile hay leyes que premian a los que depositan plata en un Ahorro Previsional Voluntario para su jubilación. No hay leyes en cambio para recompensar a cualquiera que quiera capacitarse en Agroecología o Agricultura Biodinámica. No hay leyes para proteger a los productores del oligopsonio en el azúcar, la madera y la leche. No hay programas de subsidio para algo tan simple como motivar a los habitantes rurales que quieran  plantar tomates en su jardín. Sólo hay un puñado de fondos concursables que resultan insuficientes y excepcionales.

Tal como las empresas se han ido abriendo a considerar su postura ecológica como un activo de márketing, los gobiernos no deben enfocarse únicamente en llenarle el plato a sus electores, sino en ofrecerles un país que pueda seguir existiendo en 50 años. Eso no se puede lograr bailando al ritmo de las multinacionales de la agricultura industrial, sino invirtiendo en subsidios y programas que difundan el conocimiento y potencien la actividad masiva, distribuida e interrelacionada en opisición al modelo centralizado actual.

La Agroecología no es volver a las prácticas de hace 200 años. Por el contrario, requiere un conocimiento que no es barato, que tiene un fuerte componente de investigación y monitoreo, y que no se financiará si no hay un esfuerzo conjunto de las autoridades.

Hasta ahora incluso los gobiernos más conscientes del tema han optado por atender el tema a través de regulación. Fijan la cantidad máxima de pesticidas admisibles, pero con eso no lograrán que las empresas dejen de usarlos, sino sólo que usen el máximo permisible. Restringen ciertos tipos de tránsgénicos, pero con eso sólo logran que las empresas usen más cantidad de los que sí están permitidos.

Si se quiere un cambio real, es necesario que el estado no sólo fije las fronteras sino que se involucre activamente. Que no espere que la mano invisible del mercado empuje a hacer las cosas bien cuando su esencia siempre ha sido maximizar la utilidad de todos los actores, tanto personas como empresas. Hasta que no se considere al escenario, el planeta, como un actor mudo, y no se incorpore su bienestar al modelo, no se puede confiar la solución al mercado y esperar que no destruyan el medio.

Link:
Informe: La agroecología y el derecho a la alimentación (SRfood)
Sustainable Farming Can Feed the World? (NY Times)