La maternidad llegó a la vida de Natalia como un rayo que atraviesa el jardín en silencio. Tras haberse hecho a la idea de que el camino de la madre no sería el suyo, diciembre de 2025 marcó un antes y un después absoluto. “La maternidad me hizo morir para renacer”, confiesa con esa voz que parece acariciar el aire. Para ella, la “Mujer Divina” ya no es solo una musa externa, sino una fuerza interna que se manifiesta en el acto de sostener a su pequeño.

Ese renacimiento no fue fortuito, sino una lección de paciencia cósmica. Su hijo nació en la semana 41 de su vida, justo cuando ella cumplía 41 años. En un mundo que nos empuja a correr, Natalia nos invita a confiar en la sabiduría de los tiempos. “A mis lectoras les diría que la vida tiene ritmos perfectos; no hay que forzar la creación ni el milagro”, reflexiona, recordándonos que la resiliencia femenina es saber esperar a que la fruta madure en el árbol.
Este nuevo ciclo ha transformado su arte en algo más esencial y analógico. Su gira “Cancionera”, que aterrizará en el Ágora de la Casa de la Cultura el próximo 2 de junio, es el reflejo de esa búsqueda de lo ritual. Natalia ya no necesita grandes artificios; le basta una silla, su guitarra y un maletín de tesoros. “La llegada de mi bebé me conectó con la necesidad de buscar lo esencial, lo pequeño, lo que se puede tocar con las manos y el alma”, afirma.
No avergonzarnos de crecer
“Nunca se sientan ni apenadas ni estresadas de crecer. Creo que a veces como mujeres podemos sentir esa presión, ¿no? Como de decir, no quiero decir la edad que tengo, o no sé qué va a venir, o qué difícil crecer, o los cambios también que se van presentando en el hecho de crecer, de evolucionar, pero yo lo veo como eso, lo veo como cada etapa te va trayendo cosas muy lindas, nuevas, distintas.
Me siento muy contenta en mi década de los 40, llegué sintiéndome una mujer muy realizada, logré muchos de los sueños que tenía cuando era niña, y cuando era adolescente, después más joven, y a los 40 siento como que se abre como una nueva era de nuevas cosas, de nuevos deseos, de nuevos sueños. Creo que es la oportunidad de poner nuevas cosas por el frente, y así me siento estrenando mi maternidad.
Esta etapa tan bonita y tan inesperada y distinta a lo que viví antes, nunca experimenté esto, entonces también está siendo muy especial, y pues eso, les diría a todas las mujeres que disfruten mucho la vida, y que disfruten mucho crecer, y desde los poderes que nos da el hacernos más grandes, el hacernos abuelas también en su momento, o sea como que todo trae un encanto, y dejar ir, como aflojarnos mucho, relajarnos mucho, pues dejar ir lo que era antes y recibir lo que es ahora, lo que uno confronta en el ahora”, reflexiona.
Inspiración en “Cancionera”
Equilibrar el peso de 25 Latin Grammys —un hito histórico para la música latina— con la cotidianidad de un hogar no es un reto para ella, sino una bendición de humildad. Para Natalia, las estatuillas son símbolos de un camino recorrido, pero cambiar pañales es el recordatorio constante de que todos somos aprendices. “La música me mantiene humilde, pero descubrir el mundo por primera vez a través de los ojos de mi hijo es lo que realmente me mantiene viva”, confiesa con una sonrisa.
Ser nombrada Embajadora de la Música por la Paz por los Premios Nobel en 2024 fue un reconocimiento a su labor humanitaria, pero hoy, esa paz la encuentra en la intimidad de su hogar. Natalia ha aprendido que la paz no es la ausencia de ruido, sino la presencia de armonía. Esa misma armonía es la que promete entregar al público quiteño tras 10 años de espera, en un reencuentro que promete ser una catarsis colectiva.
“Regresar a Quito después de una década, y hacerlo en este nuevo ciclo como madre, significa cerrar un círculo de amor con Ecuador”, dice emocionada. Para sus fans locales, este concierto no será una presentación más; será el testimonio de una mujer que ha transitado por todas las estaciones y que hoy florece en una madurez plena, compartiendo su “maletín de tesoros” con una generosidad renovada.
Cuando se le pregunta sobre el equilibrio entre su carrera y su nueva realidad, Natalia es clara: el arte y la vida no están separados. Su hijo, a quien llama cariñosamente “Palomita de maíz”, es ahora la melodía que subyace en cada acorde. La artista demuestra que el éxito económico y profesional tiene mucho más valor cuando se cimenta en una reputación aspiracional que pone el “alma humana” por delante de las métricas de la industria.
“Yo siento que bebé me hizo hacer esta exploración en el ciclo de ‘Cancionera, que era un poco volver como a jugar, volver a conectar con esa ligereza y autenticidad que tiene la infancia. Bebito me hizo conectar aún más profundo a los rituales, a la presencia, a Natalia, me hizo de alguna manera volver muy a mí y a una parte de mí que yo no conocía, a una fuerza mía que yo nunca había tenido acceso. Eso me lo regaló y miles de cosas más, yo podría hablar horas de esta etapa porque pues estoy como muy inspirada de este momento, pero realmente en el campo de cancionera me ha permitido volver a lo esencial, que era algo que yo quería, o sea, yo tenía mucho el deseo de hacer un viaje con mi guitarra en la mano, de evocar a los grandes cancioneros del mundo, de las épocas, por ejemplo las cancioneras que amo y que admiro como Violeta Parra o cancioneras, compositoras, cancioneras de mi época, colegas, y también cancioneros como un Víctor Jara, un Atahualpa Yupanqui, un Bob Dylan.
No sé, todo este tipo de músicos que hay en el mundo, inclusive los cancioneros de la calle, los cancioneros del metro, los cancioneros de las fiestas, de las bodas, cancioneros y cancioneras que andan con el instrumento en la mano y que andan caminando la canción. Homenajear a la cancionera es muy importante para mí porque a la llegada de mis 40 justo me di cuenta que yo tengo el regalo en la vida de ser muchas cosas, pero una muy importante pues es la de ser cancionera y de poder compartir la canción con las personas y de a través de la canción. Es entregar una labor importante también para las personas, para el mundo, para mí, porque ahí hay algo que disfruto, y para mí era importante poder homenajear este aspecto y siento que la cancionera me hizo volver a lo esencial, a lo minimalista. Es una sensación de desnudar un poco las canciones, tenerlas a voz, a guitarra, a piano, de no gozar de demasiados artilugios sobre el escenario, sino mi persona, la cancionera, como un alter ego para explorar ese campo”, acota Natalia.
La faceta de madre ha potenciado su capacidad de asombro. Natalia relata cómo cada pequeño descubrimiento de su hijo se convierte en una composición invisible. Esa “fortaleza invisible” de la que hablamos en Nueva Mujer es la que hoy sostiene a la artista más premiada, permitiéndole ser vulnerable y poderosa al mismo tiempo, una dualidad que solo la maternidad lograda desde la consciencia puede otorgar.
La autenticidad desde la maternidad
La afamada cantautora mexicana nos dice desde su experiencia como madre que “tenemos que valorar mucho lo grandes que somos las madres, es decir, lo que nosotras somos capaces de hacer como mujeres, el poder de nuestro cuerpo, el poder de la naturaleza, eso es algo que ahora yo lo pude vivir de otra manera, en carne viva, en carne propia; esa maravilla de poder dar a luz y de crear vida dentro de tu cuerpo y de sostenerla en amor y con tus huesos, eso ha sido realmente maravilloso, y pues es otra etapa muy bonita, es muy confortante, llena de desafíos y pues me siento muy abierta de corazón.
Empiezo a creer que ahora para mí no es igual volver a la vida que antes tenía, ni siquiera puedo decir que es la vida de antes o lo normal, porque lo normal de antes ahora se vuelve como una nueva forma, una nueva manera de hacer las cosas, de cantar, de pararme en un escenario, de tocar, de componer, de escribir, como que todo se transforma y se sigue transformando cada día y no sabes qué te espera… pero seguro es algo maravilloso como a mí”, lo manifiesta con tanta emoción en nuestra conversación.
Millones de suspiros desde la música
Si pudiera elegir una canción para que sea la “cuna” o el primer recuerdo musical de su hijo, Natalia se queda en silencio por un segundo antes de elegir con el corazón. Esa elección poética es el cierre perfecto para una mujer que ha hecho de su vida una canción eterna. Su repertorio es ahora un legado que no solo pertenece a sus millones de fans, sino que es el primer regalo que le entrega a su “rayo de luz”.
En junio, Quito no solo recibirá a una estrella internacional; recibirá a una mujer que ha aprendido que la verdadera victoria es saberse bendecida en lo cotidiano. Natalia Lafourcade nos invita a todas a ser protagonistas de nuestro propio guion, a confiar en nuestros tiempos y a entender que, al final del día, lo único que realmente importa es la música que hacemos con el corazón para quienes más amamos.
