Ecuador

Así latió el Red Bull Arena, como el Atahualpa, con la fiesta tricolor

Hay momentos donde el periodismo deja de ser un oficio de libreta y se convierte en un latido colectivo. Eso fue lo que viví en el Sports Illustrated Stadium de Harrison, NJ —el eterno Red Bull Arena— durante el amistoso de Ecuador frente a Arabia Saudita.

Así latió el Red Bull Arena
Así latió el Red Bull Arena con la fiesta tricolor

Lo que para el mundo era un simple partido de preparación, para la comunidad migrante fue el pretexto perfecto para encender una fiesta monumental. Entre el aroma a asado, los bajos de la cumbia chonera retumbando en los parqueaderos y banderas que abrigaban nostalgias, fui testigo de cómo el fútbol es el único idioma capaz de borrarnos las fronteras. ¡Ganamos 2 a 1, pero la verdadera victoria la celebramos en la calle!

Así latió el Red Bull Arena
Así latió el Red Bull Arena con la fiesta tricolor

Llegar a las inmediaciones del estadio fue como cruzar un portal mágico directo a nuestra patria. El frío con el viento gélido de New Jersey se disolvió de inmediato al sentir la calidez y la euforia de miles de compatriotas que inundaban las aceras. La marea amarillo, azul y rojo era absoluta: la venta de camisetas, las banderas flameantes al viento y los distintivos tricolores se tomaban cada esquina estadounidense, recordándonos de dónde venimos y la fuerza de nuestra identidad.

El parqueadero de la Arena no era un espacio de estacionamiento; era un verdadero fan fest a cielo abierto, donde los bajos de los autos vibraban a toda potencia y a todo volumen, inundando el ambiente con ritmos que huelen a hogar.

Apenas saqué mi micrófono para empezar las entrevistas, la hospitalidad ecuatoriana me abrazó por completo. Un grupo de hinchas se me acercó con una sonrisa gigante a ofrecerme un shot de un trago típico de nuestra tierra. Brindamos con orgullo por nuestra Selección y, con esa cortesía tan nuestra, me decían: “Después de usted”, para servirnos otro trago. Ese respeto, esa complicidad instantánea en medio de la nada, es algo profundamente cultural de nuestra patria que te llena el pecho de emoción.


Adentro del estadio, la fiesta simplemente no paraba. La música ecuatoriana se sentía vibrante en cada rincón, desafiando el cemento estadounidense. Cuando por los parlantes empezaron a sonar himnos populares como La Verbenita de Gerardo Morán, o el clásico Solo Tú y la Cumbia Chonera de Don Medardo y sus Players, el graderío entero se convirtió en una pista de baile. Todos aplaudían, bailaban, cantaban, saltaban.

La cerveza local en los stands se vendía como pan caliente, y es que la emoción era desbordante, excesiva y hermosa para haber sido solo un partido amistoso.

El pitazo final decretó el 2 a 1 a favor de nuestra Tri, y la locura se trasladó nuevamente a los exteriores. El parqueadero volvió a encenderse. Conversando con la gente, muchos compatriotas migrantes me confesaban con nostalgia que no podrán viajar al Mundial debido a los altos precios de las entradas, y por eso festejaban este amistoso como si Ecuador ya estuviera jugando la mismísima final de la Copa del Mundo.

El aroma a carbón empezó a inundar el aire. Las parrillas portátiles se encendieron por doquier y, al acercarme, pensé que estaban vendiendo comida, pero no: eran familias enteras compartiendo de su propia mesa, invitando al vecino de auto, convirtiendo el asfalto en un cálido picnic de fin de semana, pero esta vez con el sabor glorioso del triunfo de Ecuador.

Al irme, ver las banderas flameando con orgullo en los techos de los autos y arropando las espaldas de los hinchas por las calles de Harrison me hizo entender que no importa la distancia ni el guion que la vida nos obligue a escribir fuera del país: el alma humana de un ecuatoriano siempre sabrá cómo encontrar el camino de regreso a casa.


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