Hablar de Sonia Roca es hablar de una mujer que no aceptó los límites que su época quiso imponerle. Mucho antes de que el liderazgo femenino fuera una conversación cotidiana, ella ya estaba ocupando espacios donde casi no había mujeres, desde las aulas de Derecho, en organismos internacionales, en la construcción de políticas públicas y en la transformación de la educación superior en Ecuador. Su historia no está marcada únicamente por títulos y reconocimientos, sino por la convicción profunda de que el verdadero cambio social comienza en la educación.
Desde muy pequeña, su carácter ya anunciaba el camino que seguiría. Recuerda que, siendo apenas una niña, durante una presentación escolar los adultos seguían conversando mientras ella intentaba hablar. Sin dudarlo, se levantó y dijo con firmeza: “O se callan o no sigo”. Esa escena quedó grabada en su familia como una señal clara de que Sonia no sería una mujer silenciosa ni conformista. Su voz siempre estuvo destinada a abrirse paso.
Estudiar Derecho cuando ser mujer ya era un desafío
Cuando llegó el momento de elegir una profesión, Derecho apareció como una decisión natural. Estudió en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, en una época en la que pocas mujeres se atrevían a entrar a esa carrera. No era un entorno amable ni pensado para ellas. Incluso recuerda a un profesor que, al entrar al aula, les decía a las pocas estudiantes mujeres: “¿Qué hacen aquí? A la cocina”.
Hoy lo recuerda con una mirada más amplia; entiende que, en ese contexto, muchos creían que intentaban protegerlas de un mundo hostil. Sin embargo, la realidad era que había que abrir camino, y ella estaba dispuesta a hacerlo. No se trataba solo de estudiar una profesión, sino de demostrar que una mujer podía ocupar ese espacio con la misma capacidad y autoridad que cualquier hombre.

Cuando no existían libros, decidió construir el camino
Su formación no se quedó únicamente en el ámbito jurídico. También estudió diplomacia y alta gerencia, lo que amplió su visión sobre el papel que podía desempeñar dentro y fuera del país. Esa preparación la llevó a uno de los campos más complejos y poco explorados por mujeres en ese momento, el derecho marítimo.
Allí se convirtió en una de las primeras abogadas especializadas en esta área en Ecuador, participando activamente en la construcción de legislación marítima nacional y en procesos internacionales vinculados al transporte marítimo de mercancías y las Reglas de Hamburgo.
Pero llegar a ese nivel tampoco fue sencillo. En aquel entonces, prácticamente no existía bibliografía sobre derecho marítimo en el país. No había manuales, referentes ni estructuras consolidadas. En lugar de verlo como una barrera, Sonia decidió construir lo que hacía falta. Buscó libros, pidió apoyo, armó su propia biblioteca y comenzó a desarrollar una base de conocimiento que permitiera abrir ese campo en Ecuador. No esperó a que el camino estuviera hecho, sino que lo fue creando mientras avanzaba.

La OEA y el momento en que la igualdad comenzó a discutirse
Su paso por la Organización de Estados Americanos marcó otro momento fundamental en su trayectoria. En 1974 llegó a la Secretaría General de la Comisión Interamericana de Mujeres, desde donde participó en las negociaciones regionales que prepararon el Año Internacional de la Mujer de 1975, proclamado por Naciones Unidas.
En un contexto donde la participación femenina en la educación superior era todavía mínima y hablar de igualdad de oportunidades parecía una idea lejana, su trabajo consistió en impulsar acuerdos, coordinar programas y convencer a distintos países de que la incorporación de la mujer al desarrollo social y económico no era opcional, sino urgente.
Para ella, la gran batalla nunca fue únicamente de género, sino de acceso. La educación siempre fue el centro de todo. Desde su experiencia, entendió que abrir espacios para las mujeres significaba primero abrir oportunidades de formación. Por eso insiste en que el cambio más importante no fue solo ver más mujeres en la política o en cargos de liderazgo, sino lograr que más niñas y jóvenes pudieran acceder a la educación superior.
La educación como la verdadera revolución
Ese mismo convencimiento fue el que la llevó a transformar la educación superior en Ecuador. Fue fundadora de la Escuela de Negocios del Pacífico, que más tarde se convertiría en la Universidad del Pacífico, donde impulsó procesos de internacionalización, convenios con universidades extranjeras, programas vinculados a sostenibilidad y financiamiento con organismos internacionales como el Banco Interamericano de Derecho y el Banco Mundial.
Su visión siempre fue clara, Ecuador no podía seguir formando profesionales aislados del mundo. Para Sonia, una educación verdaderamente transformadora necesita una mirada global. Un país no puede desarrollarse si sus estudiantes no entienden cómo funciona el entorno internacional, cómo se mueve la economía y cómo se construyen las relaciones de cooperación.
Pero también insiste en que el verdadero problema no está únicamente en las universidades, sino mucho antes, en la educación básica, en las escuelas públicas y en las comunidades donde los niños crecen sin herramientas ni posibilidades reales de desarrollo.

La educación cambia vidas
Una experiencia de juventud reforzó esa convicción. Durante una actividad social en sectores vulnerables de Guayaquil, comprendió que la caridad no solucionaba el problema de fondo porque llevar ayuda ocasional no cambiaba estructuras. Lo que realmente hacía falta era educación.
Entendió que una comunidad no necesita únicamente asistencia momentánea, sino herramientas para construir su propio futuro. Desde entonces, su visión ha sido radicalmente clara y es que el país necesita reformar su sistema educativo desde abajo hacia arriba.
Por eso hoy habla de tres pilares fundamentales: gobernabilidad, comportamiento social colectivo y competitividad local. Para ella, no se trata solo de enseñar contenidos, sino de formar ciudadanos con valores, con sentido de comunidad y con capacidad de generar desarrollo en sus propios territorios. Si un niño no tiene oportunidades, si una madre no puede producir y si una comunidad no encuentra formas de crecer, la desigualdad no desaparece.
El legado que quiere dejar
Con preparación y múltiples reconocimientos como el premio Eloy Alfaro, junto al collar Libertario, otorgado a líderes del país, Sonia Roca habla desde la experiencia. Sabe que todavía falta mucho por hacer y que el país sigue teniendo una deuda enorme con la educación.

Cuando se le pregunta qué legado quiere dejar, no menciona premios ni títulos. Responde con una sola palabra: educación. Porque para ella, educar no es solo enseñar una profesión, sino formar criterio, valores, visión y propósito. Es darle a niños y niñas la certeza de que su voz importa. Es permitir que un joven entienda que su origen no define su destino.
Sonia Roca no solo abrió puertas para otras mujeres. Demostró que una mujer preparada puede transformar estructuras completas. Su historia confirma que el cambio más poderoso no siempre nace en los grandes discursos ni en los espacios de poder. A veces comienza cuando una niña decide no quedarse callada.
La verdadera transformación empieza en el aula
En tiempos donde todo parece urgente, Sonia Roca insiste en mirar hacia el origen. No hacia el escándalo ni hacia la improvisación, sino hacia las bases. Porque para ella, transformar un país no comienza en las oficinas ni en los discursos políticos, sino en un salón de clases.
Ahí, donde una niña descubre que puede alzar la voz. Ahí, donde un joven entiende que su futuro no debe depender de su lugar de nacimiento. Ahí, donde una sociedad decide educar no solo para sobrevivir, sino para liderar.