Hay descubrimientos que no solo amplían el conocimiento científico, también nos recuerdan quiénes somos y hacia dónde podemos llegar. Eso ocurrió con Mylena Masache, bióloga ecuatoriana de 26 años, quien participó en la identificación de una nueva especie de rana de cristal en la Reserva Biológica El Quimi, en la Amazonía ecuatoriana. Un hallazgo que no solo aporta a la biodiversidad del país, sino que también se convierte en un símbolo de representación femenina.
Lo que hace a este descubrimiento aun más especial fue que la especie fue nombrada en honor a Neisi Dajomes, medallista olímpica ecuatoriana, como un homenaje a su fuerza, disciplina y al impacto que ha tenido para las mujeres del país.

Una rana pequeña con un mensaje enorme
Las ranas de cristal reciben su nombre porque su vientre puede ser tan traslúcido que permite observar sus órganos e incluso el latido de su corazón. Estas pequeñas también son frágiles frente a los cambios ambientales provocados por el ser humano.
“Solo se cuida lo que se conoce, y solo se ama lo que se conoce”, explica Mylena, convencida de que describir nuevas especies también es una forma de proteger territorios amenazados por la minería y la explotación ambiental. Para ella, intervenir estos espacios no solo significa afectar la flora, sino también poner en riesgo especies animales que podrían desaparecer incluso antes de ser descubiertas por la ciencia.
Ella cuenta que la pequeña rana fue hallada cerca de una zona de proyecto minero, lo que vuelve aún más urgente su conservación.
¿Cómo supo que estaba frente a una nueva especie?
El proceso no fue inmediato. La rana bautizada con el nombre de Nymphargus dajomesae había sido recolectada años antes durante expediciones en la Reserva Biológica El Quimi, pero inicialmente estaba confundida con otras especies similares. Fue durante su investigación de tesis, mientras revisaba especímenes preservados en el museo de su universidad, que Mylena comenzó a notar que algo no encajaba.

La pequeña rana no presentaba los característicos ocelos o pequeños puntos de color en el dorso que sí tenían otras especies de ranas de cristal. Además, mostraba una ligera pigmentación blanca en la parte interna. A esto se sumaron los análisis moleculares y el registro de su canto, la pieza final que confirmó que estaban frente a una especie completamente nueva.
El nombre llegó en plena pandemia. Mientras veía los Juegos Olímpicos junto a su madre, Mylena presenció la histórica medalla de oro de Neisi Dajomes. Entonces, su mamá le dijo: “¿Y por qué no le pones su nombre?”. La idea hizo sentido inmediato, una mujer ecuatoriana, fuerte y referente, merecía ese homenaje.
Ciencia con nombre de mujer
Mylena no siempre imaginó que sería científica. Sabía que quería un trabajo lejos de una oficina, cerca del bosque, de la naturaleza y del movimiento, por eso terminó estudiando Ciencias Biológicas en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y encontró en la herpetología, el estudio de anfibios y reptiles, un espacio donde crecer, investigar y romper estereotipos.
Desde ahí también construyó una mirada diferente sobre su carrera y es que tanto la ciencia como el deporte tienen algo en común, ya que las mujeres en estos campos muchas veces se tienen que esforzar el doble para lograr reconocimiento.

Por eso, nombrar esta especie en honor a Neisi no fue casualidad, en realidad fue una forma de visibilizar a mujeres que abren camino en espacios históricamente dominados por hombres.
El poder de creer en ti
Hoy, mientras finaliza su maestría, Mylena tiene claro el mensaje que quiere dejar a niñas y jóvenes que sueñan con dedicarse a la ciencia: “Siempre me ha guiado una voz interna que dice: yo sí puedo”, una frase que se ha convertido en su motor y también en una invitación para que otras mujeres se atrevan a ocupar espacios.
No siempre se va a tener todo claro, pero su ejemplo muestra que la curiosidad puede transformar, que la ciencia también tiene referentes femeninos y que abrirse camino puede ser un acto profundamente valiente.
El descubrimiento de esta nueva rana de cristal no solo amplía el mapa de la biodiversidad ecuatoriana, también se convierte en un recordatorio de que la ciencia puede ser una poderosa forma de resistencia y visibilización de aquello que hay que proteger.
Junto a sus coautores, los profesores Santiago Ron y Diego Cisneros, este trabajo reafirma que el conocimiento se construye en colectivo y que cada descubrimiento puede inspirar nuevas generaciones.
