Desde sus primeros años, Majo entendió que su cuerpo tenía algo que decir. Para ella, la danza nunca fue solo una secuencia de pasos, sino un canal vital para liberar lo que la mente y el corazón a veces callan. “El cuerpo, la cabeza y el corazón hablan, y la danza ha sido muchas veces esa voz o vehículo que transportaba mis emociones”, nos confiesa, recordándonos que el arte es, ante todo, una herramienta de sanación y expresión.

Su ascenso en la industria no ha sido cuestión de suerte, sino de una capacidad innata para conectar con la visión de otros creadores. Aunque sueña con colaborar con Dicapo, su huella ya está impresa en shows de artistas de la talla de Jombriel y Johan Vera. Para Majo, el secreto de una coreografía que impacta no es ser un adorno, sino convertirse en el corazón del espectáculo, potenciando la esencia de cada artista desde el respeto y la sinergia creativa.
Pero el camino del artista profesional también exige una armadura mental. En una era donde la presión estética y la competencia digital son abrumadoras, Majo ha aprendido a blindar su paz. “Aprendí a entender que lo que yo tengo es único y nadie más lo tiene”, asegura. Esa seguridad no nace de la soberbia, sino de un autoconocimiento profundo que le permite ver la competencia no como una amenaza, sino como un impulso para crecer.

Ese crecimiento la llevó a buscar nuevos horizontes, formándose en las mecas de la danza como Los Ángeles y Nueva York. Allí, Majo no solo perfeccionó su técnica en el street dance y los heels, sino que descubrió que el verdadero estilo no se copia, se construye. “La mayor riqueza es el conocer de todo un poco y crear tu propio estilo”, afirma, demostrando que la formación internacional es el lienzo, pero su identidad es la pintura.
Para Majo, el empoderamiento femenino a través del baile es una misión personal. En sus clases, busca que cada mujer encuentre su propia fuerza. No se trata de ejecutar un paso perfecto, sino de “sentirnos capaces y seguras de quiénes somos”. Es ese instante frente al espejo donde la técnica cede el paso a la confianza, transformando el movimiento en un acto de amor propio y libertad absoluta.

Su estética, ese sporty chic que vemos en sus redes, es también un manifiesto. Majo no cree en las reglas impuestas; ella viste para sentirse cómoda y poderosa. “Tu atuendo también es el reflejo de tu personalidad y estilo”, nos dice. Para ella, la moda urbana es una extensión de su arte: versátil, dinámica y profundamente auténtica, sin importar el “qué dirán”.
Sin embargo, detrás de los focos y los aplausos, existe un “Lado B” que pocos ven. Majo nos habla con crudeza sobre las lesiones y la frustración que estas conllevan. “Me ha costado entender que valgo más que solo por bailar”, confiesa en un momento de vulnerabilidad total. Es una lección poderosa para todas: nuestra valía no depende de nuestra productividad o talento, sino de nuestra esencia como seres humanos.

El cansancio físico para ella es satisfactorio porque nace de la pasión. Cada meta cumplida no es un punto final, sino el combustible para lo que está por venir. Majo vive en un estado de evolución constante, donde el éxito se mide por la entrega total y la honestidad con la que se pisa cada escenario, ya sea en un estadio masivo o en la soledad de un estudio de ensayo.
Si tuviera que coreografiar el futuro de la danza en Ecuador, Majo empezaría por la búsqueda de la esencia sin mentiras. Su visión es la de una comunidad que baila junta para crecer, dejando de lado el ego para priorizar el arte. Es un llamado a la unidad y a la profesionalización de una disciplina que en nuestro país tiene un talento desbordante esperando ser visto con seriedad y respeto.
Finalmente, su mensaje para la próxima generación es un grito de guerra: “Luchen siempre por lo que quieren... todo se puede cumplir y todo depende de las ganas con que lo desees y con las fuerzas con que lo trabajes”. Majo Ortega es la prueba de que con disciplina, constancia y, sobre todo, una responsabilidad feroz con el propio sueño, el cielo no es el límite, sino solo el comienzo del baile.
