La tradición se reinventa cuando pasa por la cocina ecuatoriana. Cada 6 de enero, mientras en muchos hogares del mundo se corta una rosca dulce para celebrar el Día de Reyes, en Ecuador empieza a ganar protagonismo una versión inesperada, salada y profundamente local: la rosca de Reyes hecha a base de bolón de verde, rellena de chicharrón, queso y, en versiones más innovadoras, camarones con su salsa.
Esta propuesta no busca reemplazar a la rosca tradicional, sino dialogar con ella desde la identidad gastronómica ecuatoriana, demostrando que las celebraciones también evolucionan y se adaptan a los sabores de cada territorio.
Del postre al plato fuerte
A diferencia de la rosca clásica —esponjosa, dulce y decorada con frutas confitadas—, la rosca de sal ecuatoriana se construye sobre uno de los pilares de la cocina nacional: el verde. El bolón, símbolo de desayunos y reuniones familiares, se transforma aquí en una rosca circular, pensada para compartir.
El relleno marca la diferencia. Chicharrón crujiente, queso derretido y, en algunas versiones, camarones salteados acompañados de salsa de camarón, convierten a esta rosca en un plato abundante, sabroso y festivo. No es un postre: es una comida que reúne, que sacia y que sorprende.
Una tradición joven, pero con raíces profundas
La rosca de Reyes de sal no es una costumbre ancestral en Ecuador. Se trata de una fusión gastronómica reciente, impulsada por cocinas populares, restaurantes y emprendimientos que decidieron reinterpretar una tradición europea desde los ingredientes y sabores locales.
Este tipo de propuestas responde a una tendencia cada vez más visible: la resignificación de las festividades a través de la gastronomía. En lugar de copiar recetas, se las adapta, se las transforma y se las vuelve propias. Así, el Día de Reyes deja de ser solo una fecha importada y se convierte en una excusa para celebrar lo nuestro.
Compartir, celebrar y sorprender
Poco a poco, los negocios también incluyen la figura escondida que, junto a la rosca, tiene un sentido profundo: reunir a la familia, compartir la mesa y generar sorpresa. Su formato circular mantiene el simbolismo de unión y continuidad, mientras que su sabor despierta curiosidad incluso en quienes no suelen celebrar esta fecha.
Además, su carácter salado la vuelve más inclusiva. Personas que no consumen dulces o que prefieren comidas fuertes encuentran en esta rosca una alternativa perfecta para sumarse a la celebración sin perder el sentido festivo.
Gastronomía que cuenta historias
Más allá de su sabor, la rosca de Reyes es un alimento cargado de simbolismo. Cada uno de sus elementos cuenta una historia que conecta la tradición cristiana con el acto de compartir en familia. En su versión dulce, la forma circular representa el amor eterno y la unidad: no tiene principio ni fin, y por eso se coloca al centro de la mesa como un gesto de comunidad. Ese significado se mantiene en la rosca de sal ecuatoriana, que conserva el aro como símbolo de encuentro y celebración colectiva.
La masa es otro elemento clave. En la rosca tradicional, el pan suave simboliza la vida y el sustento compartido. En la reinterpretación ecuatoriana, esa base se transforma en bolón de verde, un ingrediente profundamente ligado a la cotidianidad del país. El verde no solo alimenta: representa territorio, trabajo y hogar. Así, el símbolo del pan universal se resignifica en un alimento identitario, sin perder su sentido original de cuidado y provisión.
Las frutas confitadas que decoran la rosca dulce evocan las joyas de las coronas de los Reyes Magos y la diversidad de los pueblos que reconocen el nacimiento de Jesús. En la rosca de sal no existe un equivalente literal, pero sí simbólico. El chicharrón, el queso y los camarones aportan variedad de texturas y sabores que reflejan la riqueza gastronómica del Ecuador. Las joyas se reemplazan por ingredientes emblemáticos del territorio, que hablan de abundancia desde lo local.
El azúcar, asociada tradicionalmente a la alegría y la celebración, también encuentra una lectura distinta en la versión salada. Aquí, la emoción no proviene de lo dulce, sino del sabor intenso y del placer de compartir un plato fuerte. La alegría se mantiene, aunque expresada en otro lenguaje culinario, más cercano a las costumbres ecuatorianas.
En ambos casos, el acto de compartir es el corazón del ritual. Cortar la rosca, dulce o salada, es una invitación a reunirse, conversar y celebrar juntos. La versión ecuatoriana, pensada como plato para compartir, refuerza aún más este sentido comunitario. Así, la rosca de Reyes de sal no rompe la tradición: la traduce. La adapta a los sabores del país y confirma que las celebraciones siguen vivas cuando dialogan con la cultura y la identidad de quienes las celebran.
