La imposibilidad de alcanzar un chico malo. Por Leo Marcazzolo.

La brillante idea de alcanzar un chico malo se le metió en la cabeza a la Lucha en una ardiente tarde de verano. Las ideas siempre se siembran así, con el sol, tanto las buenas como las malas.

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Creo que esa vez la Lucha se encontraba saltando olas en plena playa de Reñaca, cuando de pronto recibió "la revelación", justo cuando se tragó un largo chorro de salinidad. Éste le puso dos certezas automáticamente frente a sus ojos. Primero, que la mayor parte de su vida la había pasado junto a chicos buenos. Y segundo, que éstos la aburrían como ostra. Le aburrían sus conversaciones, sus movimientos, y su letargo; le aburrían sus frases predecibles, sus sonrisas complacientes y, por sobre todo, su afición permanente por hacer lo correcto. La Lucha quería justamente lo contrario: alguien que hiciera lo incorrecto. Alguien que le significara riesgo, vértigo. Algo así como quedarse colgada de cabeza sin saber dónde diablos podría caer. Eso quería la Lucha, esa sensación quería vivir. Y esa sensación sólo se la traería un chico malo. Ella lo sabía. Un chico que tendría que conseguir lo antes posible. Su único dilema era cómo.

Pero el cómo lo resolvió rápido. El cómo significaba la noche; en la noche la ciudad se plagaba de ellos. Aparecían por docenas y docenas. Miles de ellos arribaban como luciérnagas apenas se prendía un cigarrillo cerca. Salían a dar vueltas, tal como salen las cucarachas por debajo del refrigerador. Esa era la dinámica de los chicos malos, según la Lucha. Y ella salió a buscarse uno. Lo encontró rápidamente en una discoteque. Tenía el clásico rostro de niño de campo inglés. Ojos azules, pecas sobre la nariz y pelo color miel. Se llamaba Pedro, y se rehusaba a moverse de su lado. Ambos, a los dos segundos, ya se habían olido. Se habían olfateado y percibían perfectamente la naturaleza del otro. La Lucha contó después que la atracción era prácticamente incontenible.

Nunca antes en su vida se había sentido así. Estaba segura de que podría enamorarse en cualquier minuto. Y se enamoró. Se enamoró tanto que se olvidó del mundo y de quién era. Sufrió una metamorfosis total. De serpiente pasó a transformarse en conejo. Pero Pedro siguió siendo fiel a sí mismo, continuó siendo tal cual era. Respondiendo al tipo narciso. Al arquetipo del chico malo. Vanidoso. De los que ven su propia imagen reflejada en el agua y sonríen. Esa clase de hombres. Siempre más enamorados de sí mismos que de las mujeres. Creo, eso sí, que le gustaba harto la Lucha. Bastante. Pero no lo suficiente. No lo suficiente como para cambiar y dejarse caer. Seguía jugando a ganador. Persistía en su mal comportamiento. Insistía en hacer cosas para tenerla con el alma en un hilo. Por ejemplo, jamás llegaba a la hora. Siempre se negaba a presentarle a sus padres y a comportarse amable con sus amigas. Y algunas noches hasta le hacía la grande: la dejaba esperando con la comida caliente y servida, manteniéndola permanentemente –como ya antes había mencionado– con el alma en un hilo. Más aún cuando no le devolvía las llamadas o cuando sólo se le quedaba mirando en silencio mientras ella le confesaba su amor.

Era tan egoísta, que ni siquiera era capaz de mentirle. Pero en el fondo no actuaba mal. Sencillamente se comportaba como era. La Lucha era la que estaba mal. La Lucha era la que se había olvidado de su pasado, la que caminaba turbada, la que se pasaba todo el día viendo su celular. Era ella la que tenía que cambiar. Era ella la que tenía que volver a su naturaleza. Hasta que de pronto lo comprendió. Lo entendió un día lavándose los dientes. Entendió que tenía que jugar al juego que siempre había jugado. El juego de hacerse la imposible. Comenzó a hacerlo y misteriosamente ocurrió lo impredecible. Su historia sufrió el más abrupto de los desenlaces. Pedro terminó asustándose. Se vio en la Lucha como en un espejo. Se percató de que era tan parecido a ella, que prefirió huir. Huir antes de salir herido.