El aroma a granos tiernos y el calor de hogar inundaron las cocinas del Swissôtel Quito. No era una tarde cualquiera porque la expectativa flotaba en el aire. Con la Semana Santa a la vuelta de la esquina y el fin del ayuno de Cuaresma marcando el calendario, la ciudad se prepara para su ritual más sagrado: la fanesca.
Pero esta vez, el banquete no empezó en una casa, sino en las cocinas de uno de los hoteles más prestigiosos del país, donde la tradición se fusionó con la emoción de las redes sociales.
Una ganadora con sazón y mucha ilusión
Todo comenzó con un reto digital ya que los ecuatorianos pudieron compartir sus secretos mejor guardados, desde el refrito perfecto hasta el tiempo exacto de cocción de los doce granos, para ganar una experiencia irrepetible.
Después de revisar los comentarios, el destino y el sabor eligieron a Liz Luna. Con una sonrisa que iluminaba el lobby y los nervios propios de quien está a punto de vivir una experiencia irrepetible, Liz llegó a su cita. No solo iba a cocinar el plato insignia del Ecuador, sino que lo haría rodeada de cámaras, talento y maestría culinaria.

El encuentro de tres mundos
En el corazón de la cocina, el encuentro fue una explosión de energía. Por un lado, la rigurosidad y calidez del Chef Guillermo Dávila, del Café Quito, quien ya tenía dispuestos los ingredientes como pequeñas joyas gastronómicas.
Por otro, la chispa y el carisma de Martín Quintana, el presentador de televisión, quien llegó listo para ensuciarse las manos y ponerle el toque divertido a la jornada. Juntos, transformaron la cocina profesional en un espacio donde la tradición hizo que se conviertan en una verdadera familia ecuatoriana.

Entre granos, lácteos y confesiones
Bajo la atenta mirada del Chef Guillermo, Liz y Martín empezaron a integrar los ingredientes. “El punto de cocción de los granos es vital”, explicaba el experto mientras guiaba a sus ayudantes de lujo. La clave de la cremosidad no fue un secreto por mucho tiempo, ya que la intervención de La Holandesa, con sus quesos y crema de leche, elevó la textura de la sopa a un nivel superior.

Mientras el hervor llenaba el ambiente, las historias empezaron a brotar. Liz confesó entre risas que de niña la fanesca no era su favorita. Sin embargo, “cuando estuve embarazada, soñaba con comer fanesca; me terminaba varios platos yo sola”, recordó emocionada.
Para ella, este plato es el mapa de una infancia, en la que su madre le asignaba la tarea de preparar las empanaditas de queso, esas que ahora, junto a los productos de La Holandesa, brillaban como el acompañamiento perfecto.

Una experiencia con sello de oro
El momento más emotivo surgió cuando el plato estuvo listo para el emplatado. Martín Quintana, más entusiasmado que nunca, ayudaba a colocar los huevos, las masitas y el “ingrediente secreto”, trozos generosos de queso que se fundían con el calor del plato.

Liz, con los ojos brillantes, dedicó esta preparación a su familia, reconociendo que la fanesca es, en esencia, amor líquido. No se trata solo de nutrir el cuerpo, sino de mantener viva la llama de una herencia que se transmite de generación en generación.
La jornada culminó con la degustación. Sentados a la mesa, el equipo celebró el éxito de una fanesca equilibrada, cremosa y llena de historia. Liz se despidió agradecida con La Holandesa y Swissôtel Quito, llevándose no solo técnicas de un chef experto, sino el recuerdo de haber compartido su tradición con uno de sus personajes favoritos de la televisión. Porque al final, la mejor receta es aquella que se comparte con una sonrisa y se sazona con la alegría de estar juntos.
