Alejandra Azcárate, ¿quién carajos te crees tú?

A Joan Rivers solo le quedaba bien el humor Joan Rivers.

Lástima que las leyes sobre bullying en redes sociales en Latinoamérica se queden en retruecos y triquiñuelas jurídicas: a Alejandra Azcárate le hubiese tocado en suerte lo mismo que Danny Mathers, la infame ex conejita Playboy que se burló de una anciana en el gimnasio y ya estaría pagando demanda y hasta cárcel. Porque muchos en el país se preguntan, y con razón: ¿Quién rayos se cree ella para burlarse de las personas, grabarlas y exponerlas ¿Quién?

Alguna vez Ricardo Silva Romero, en el grotesco episodio de Azcárate contra las gordas, afirmó algo que define muy bien a la comediante: es la típica niña de colegio de ricos haciendo bullying. Y que, como cree que lo tiene todo, puede pisotear a las personas y hace creer que eso es “comedia”. Y ese es, lastimosamente, un camino que se ha difuminado entre lo políticamente incorrecto, lo “irreverente”, lo “mordaz” y el abuso, como en este caso.

No me malinterpreten: adoro el género “comedy insult”. Los “roasts” de Comedy Central son maravillosos. Pero, a excepción de “The Situation”, todos los comediantes que van allá tienen algo que Azcárate no, ni por las curvas. Ingenio. Habilidad para burlarse con inteligencia del otro. Habilidad para parodiar sus flaquezas y reírse de sus características, haciendo de la sátira un arte y sacarle una sonrisa al que está siendo expuesto. Y claro, con su permiso.

Quizás Azcárate (así como otros tristemente célebres presentadores) quiere seguir la línea de la única mujer que ostentaba el título de la reina del género: Joan Rivers. Esa que era implacable con los vestidos de otros (con ingenio, claro), pero también se burlaba de los discapacitados, para indignación de mucha gente. Sin demeritar (¿quién soy yo?) el trabajo de alguien tan agudo, hay que decir que ese género murió con ella y sus herederos se han ganado problemas por continuar con su “escuela”.

Vean a Kathy Griffin. Y por supuesto, Fashion Police no volvió a ser lo mismo.

Hoy en día mucha gente está consciente de cuán oprimidos han sido varios grupos sociales a través de la historia. Sea por su color de piel, por su talla, por su género, por sus condiciones de nacimiento. Muchos critican el “exceso de corrección política” de estos tiempos. Pero no es lo mismo hacer chistes de coca cuando tus amigos son despedazados por una bomba de Pablo Escobar y tu hermano fue a una guerra sangrienta por culpa del narcotráfico. Y tampoco es chévere (aún en este siglo) hacer chistes sobre razas, cuando por ejemplo, en Colombia, por negro, hay gente que todavía se quiere cambiar de silla al sentarte a tu lado, por ejemplo. Hay muchas realidades de las que la gente ya está enterada. ¿Por qué no avanzar, por lo menos en esos aspectos y darle a la gente otras percepciones de la realidad? ¿Más con el poder de convocatoria que tiene Azcárate?

Hay líneas muy difusas entre lo que puede ser una parodia bien contada (como “Querida gente negra”) o un lugar común (como el white-washing). En el caso de ella, no existe nada. Solo ánimo de defenestrar a alguien que podría ser usted, o yo, a pesar de las barreras geográficas. ¿Qué tal que ella haga lo mismo con alguno de nosotros? ¿Qué derecho tiene y por qué? Es lo mismo que hizo con las gordas: ¿Quién rayos se cree? ¿Más aún cuando hay tantísima gente luchando contra los cánones corporales que ella representa, que lucha contra sí misma o que sencillamente se ama por como es?

Sí, gente: se necesita más “irreverencia”, pero no esa donde te burlas del otro porque no es como tu. Se necesita irreverencia para contar injusticias y para alejarnos de nuestra morronguería. Para ir a lo verdaderamente importante. Celebrar a Azcárate por “irreverente” es simplemente aplaudirle a la niña rica de colegio otro chiste de “gordas” frente a la más robusta del curso.