Crímenes ambientales de multinacionales, entre el activismo y la reputación

Dos libros cuentan la compleja, fascinante y muchas veces frustrante historia de los intentos por hacer que la empresas paguen por sus delitos ambientales y sociales.

Fue el peor accidente industrial del planeta. Más de tres mil personas perdieron la vida una noche de invierno de 1984 en la ciudad india de Bhopal producto de un envenenamiento por emanaciones de  isocianato de metilo, fuga que se produjo desde una fábrica agroquímica propiedad de la estadounidense Union Carbide. Decenas de miles quedaron discapacitados. Los culpables estaban identificados, pero…¿cómo se conseguía llevar a la empresa a la justicia?

Había una casa matriz estadounidense, pero también una filial india. Los casos en la corte abundaron en ambos países. Los jueces en Estados Unidos determinaron que la jurisdicción recaía en los juzgados indios, pero los americanos se negaron a extraditar al jefe de la empresa Warren Anderson para que enfrentara cargos en India. Al final, los únicos condenados fueron unos cuantos ejecutivos indios de bajo perfil, culpados de realizar operaciones en lo que muchos dijeron que era una planta defectuosa.

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Este caso es el clásico ejemplo de los persistentes fallos en el sistema legal cuando hay que enfrentar a corporaciones multinacionales y que den cuenta de sus actos. Puedes encontrar mayores detalles sobre este y otros casos en el libro Just Business: Multinational corporations and human rights de John Gerard Ruggie.

Ruggie analiza la situación del trabajo infantil y los disolventes tóxicos que utilizaba famosa marca deportiva Nike en la década de 1990, la batalla de 60 años del pueblo Ogoni en Nigeria contra la Royal Dutch Shell, cuyos accionistas ganaron miles de millones de dólares mientras los bosques de la región Ogoni eran envenenados por el petróleo. También está el caso de la abiertamente criticada liberación de datos de Yahoo a las autoridades chinas que resultaron en la condena a 10 años de prisión para un periodista chino que denunciaba irregularidades en el gobierno.

El autor, tras su trabajo para la Naciones Unidas, encontró que en todos los casos hay fallas en el manejo de la tecnología, poca consideración a la evidencia científica sobre toxicidad y polución ambiental y fallas en el reconocimiento de dilemas éticos creados por los nuevos sistemas de datos. Estos fracasos se debieron en parte a algo que se denomina “carrera hacia el fondo”, donde las compañías buscan como sea reducir los costos de sus operaciones. Para cada caso, además, las leyes nacionales parecían incapaces de contener y hacer responsables a las multinacionales.

Ruggie reconoce que la legislación es limitada y particular a las fronteras de cada país, por lo tanto las corporaciones siempre encuentran lugares donde esconderse.

Pero ante las fallas de la jurisprudencia, el oprobio público puede ser la mejor arma a utilizar. Como el capitalismo, la opinión pública no conoce fronteras, por lo que mientras las corporaciones parecen intocables, las marcas -su conexión con las masas de consumidores- son especialmente vulnerables a una mala reputación. Mucho antes de que los casos legales sobre Bhopal llegaran a algo, Union Carbide había sido paralizada comercialmente debido al disgusto provocado por la muerte de miles de indígenas. La firme fue eventualmente adquirida por una compañía rival.

Hoy, para llevar a estos villanos al estrado existen una serie de organizaciones internacionales que se dedican a llamar la atención sobre las fallas de las grandes corporaciones. ONGs como Global Witness y Greenpeace sacan a la luz estos casos y los ponen en los ojos de la opinión pública.

En el libro Make It a Green Peace! The rise of countercultural environmentalism, el historiador Frank Zelko detalla el nacimiento de Greenpeace. La organización se inicia en Estados Unidos con un grupo de hippies de la costa oeste que, con copias del I Ching en mano, navega  hasta las zonas de pruebas nucleares en el Océano Pacífico para interrumpir a los buques balleneros. Zelko registra la transformación de estos idealistas en activistas profesionales, su uso de la relaciones públicas para hacer la guerra a aquellas marcas que consideran responsables de destrozar bosques, liberar toxinas o contribuir al calentamiento del planeta.

Los pioneros de Greenpeace han escrito sus propias memorias sobre lo que vivieron, pero este trabajo independiente aporta un relato con muchas fuentes que puede dar cuenta de manera definitiva de los orígenes de la organización.

Ambos libros ponen de manifiesto lo indefensos que están tanto el planeta como las comunidades frente a la arrolladora codicia de las corporaciones y gobiernos de turno. Casos como Bhopal, los ensayos nucleares en el Pacífico, la rotura de la tubería en Mayflower o el desastre del Golfo de México son sólo algunas de las atrocidades que el Planeta Azul y sus habitantes deben enfrentar, superar y recordar. Lo importante es que no pasen al olvido, sino que se aprenda de ellas para que el futuro pueda ser realmente verde.

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Fuente: Bringing major corporations to book for their crimes (New Scientist)