Progreso. ¿Pero qué progreso? (del espacio público y la calidad de vida)

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(…) Al colocar una llave de agua en cada casa se abandona el pozo. Y al abandonar el pozo se abandona mucho más que el acto cansador de dejar caer el balde y subirlo. Se abandona mucho más que la pérdida de tiempo de tener que regresar con el cantaro sobre la cabeza. Se abandona también un fantástico lugar de encuentro de las mujeres de la aldea, el lugar donde, precisamente, podían perder el tiempo, donde reían y conversaban, donde informaban y se enteraban, por que mientras una baja el balde, veinte descansan y hablan. La llave de agua, producto de la imaginación masculina, privó a la mujer de lo que era su mejor espacio. El pozo no era una carga, sino un logro cultural. Y las privó del retorno. Porque también perdieron el sendero con que se apropiaban del paisaje y pensaban en muchas cosas, excepto en el cantaro de agua sobre la cabeza, que ni pesaba ni se sentía. La llave reemplazó todo eso por la oscuridad húmeda de la pieza de lavar, por una pared salpicada que encerró su soledad y donde brilla, niquelada, la llave de agua.

“Tubab” de Beltrán Mena

Si en épocas pasadas -cuando aún la democracia era directa y no representativa- la plaza fue el sitio para cabildos públicos y todo tipo de manifestaciones y socialización popular (desde el ágora griega a las plazas de armas), a partir de la Ilustración ésta ha ido perdiendo paulatinamente su concepción como lugar de diálogo. Hoy, asistimos a un aplanamiento progresivo del espacio público (y del mundo, dicho sea de paso) donde el lugar de encuentro y corazón de la vida social, se ha transformado en un lugar de paso, plano, sin espesor sensible ni densidad antropológica, alejado de cualquier realidad urbana, social, política o cultural.

Hoy el espacio público -no hay duda- está modelado al servicio del mercado, los gobiernos, las corporaciones, los autos y la publicidad; en definitiva, al servicio del poder y no del ciudadano. Las plazas -salvo contadas excepciones- son cada vez menos acogedoras, el implacable concreto reemplaza a un pasto que ni siquiera está ahi para usarse, las calles son cada vez más anchas al tiempo que se angostan aceras y posibles ciclovías, los mercados y ferias dan paso a centros comerciales, edificios patrimoniales por torres de oficinas, vistas de la cordillera por letreros luminosos, cámaras de seguridad, suma y sigue.

La tendencia es expulsar al ciudadano del espacio de todos al grito de “hágalo en su casa”, donde sobrellevamos en soledad la pobreza relacional y el embrutecimiento progresivo. Me atrevo a decir que gran parte de los problemas sociales que tienen mayor visibilidad hoy, y también gran parte de los que no, podrían de una u otra manera relacionarse estrechamente con una escasez de intercambio, de diálogo y conocimiento; de lugar donde tengan cabida estas acciones: entornos limpios, seguros y a escala humana, donde la gente puede pasear, estar y ver a otra gente. Así de sencillo.

La breve historia de la llave de agua en el Africa sahariana, es bastante más que un rescate romántico y burgués de una costumbre exótica, pues representa -en clave de metáfora si se quiere- de manera certera la miope o manipulada visión de progreso de la llamada civilización occidental, donde, esclavos de la velocidad y el vértigo de lo nuevo, no hay un cuestionamiento del significado de la palabra, ni de sus conceptos asociados como calidad de vida. ¿Necesitamos una carretera donde hay un sendero, un monocultivo industrial donde hay una colina?. A causa de ciertas visiones de progreso que responden estas preguntas a conveniencia, tenemos una escasa apropiación (y demasiada antropización) de nuestro propio paisaje; vivimos y construimos a sus espaldas y luego nos sorprendemos de los desastres que ocurren cuando el paisaje se manifiesta.

Como ya señalé, el tema está mucho mas acá del grifo niquelado, es muy anterior y mucho más básico y tiene que ver con pensar en la redefinición de nuestras nociones de progreso, desarrollo y calidad de vida (tema del que hablo permanentemente). Tomo partido por creer que el verdadero avance es vivir mejor con menos, en equilibrio y conexión con nosotros, los otros, el planeta y su capacidad de carga. Luego de eso, recién pensar si calidad de vida son más teléfonos celulares o plasmas cada vez más grandes;  si progreso son centros comerciales, casinos, autopistas de alta velocidad; si desarrollo es una central nuclear, biodiesel o semillas modificadas genéticamente para ahorrar agua. Así, cuando hablemos de progreso, pensemos en qué ganamos y en qué perdemos (o dejamos de ganar); pensemos si es realmente un logro cultural o una fantasía niquelada, como la llave en la novela de Mena.