La imagen más común que tenemos de la Pascua es el Domingo de Resurrección, las campanas sonando y, en muchas culturas, los huevos de chocolate.
Sin embargo, para entender la verdadera esencia de esta festividad, debemos realizar un viaje en el tiempo, mucho antes de que existieran las catedrales o el concepto mismo de “Semana Santa”.
Debemos retroceder a la época en que Jesús, como un joven judío de Nazaret, se preparaba cada año para la fiesta más importante de su pueblo.
El “Paso” que lo cambió todo
Para comprender la Pascua, primero hay que entender su nombre. En hebreo, la palabra es Pésaj, que significa “pasar por alto” o “saltar”. Este término no nació con la fe cristiana, sino que tiene sus raíces profundas en el libro del Éxodo.
La Biblia narra que, tras siglos de esclavitud en Egipto, Dios envió una serie de señales al Faraón para que liberara al pueblo hebreo.
La última de estas señales fue la más determinante. Según Éxodo 12:13, los israelitas debían marcar los marcos de sus puertas con la sangre de un cordero: “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de largo de vosotros”. Ese acto de “pasar de largo” (Pésaj) es el que dio nombre a la fiesta.
Desde aquel momento, siglos antes del nacimiento de Jesús, la Pascua se convirtió en la fiesta de la libertad. No era solo un rito religioso, era el cumpleaños de una nación que dejaba de ser esclava para ser libre.
Jesús: un peregrino en Jerusalén
Es un error histórico común pensar que la Pascua comenzó en el sepulcro vacío. Jesús de Nazaret, durante toda su vida terrenal, fue un celebrante activo de la Pascua judía. Para él, esta fecha no era sobre su propia muerte futura, sino sobre la historia de sus antepasados.
El Evangelio de Lucas 2:41 nos da una pista reveladora sobre su infancia: “Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua”. Esto nos indica que desde niño, Jesús caminaba las polvorientas rutas hacia la Ciudad Santa, rodeado de cantos y de una multitud que buscaba agradecer la libertad recibida de manos de Moisés.
Al llegar a la adultez, sus discípulos también entendían que la Pascua era una cita innegociable. En Mateo 26:17, leemos: “El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que preparemos para que comas la Pascua?”. Jesús no estaba instaurando algo de la nada; estaba participando en una tradición milenaria que amaba y respetaba.
Una ciudad que hervía de fervor
Imagina por un momento la Jerusalén que Jesús visitaba. No era la ciudad tranquila que a veces imaginamos. Durante la semana de Pascua, la población se triplicaba.
Judíos de todas partes del mundo romano llegaban con sus mejores ropajes. Las calles olían a hierbas amargas y el ambiente estaba cargado de una mezcla de alegría festiva y tensión política, pues recordar la liberación de Egipto bajo la ocupación romana de ese entonces era un acto de esperanza casi revolucionario.
Jesús vivía esta atmósfera con intensidad. Sus enseñanzas en el Templo durante esos días previos no eran casuales; aprovechaba el marco de la Pascua para hablar de una “nueva liberación”. Mientras el pueblo recordaba cómo Dios los sacó de una esclavitud física, Jesús comenzaba a preparar el terreno para hablar de una liberación del espíritu.
La conexión entre el pasado y el presente
¿Por qué es tan importante saber que Jesús celebraba la Pascua antes de su propia resurrección? Porque nos ayuda a conectar los puntos de la historia. La Pascua de la Resurrección no reemplazó a la antigua; más bien, para la teología cristiana, la completó.
En la Biblia, el apóstol Pablo hace una conexión directa en 1 Corintios 5:7: “Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”. Aquí vemos el puente: el cordero que los hebreos usaron en Egipto para salvarse de la muerte fue el “modelo” de lo que, según la fe cristiana, Jesús representaría siglos después.
Para las personas de hoy, entender este contexto enriquece la Semana Santa. Nos permite ver a un Jesús humano, que se emocionaba con las tradiciones de su familia, que cumplía con sus ritos y que encontraba en la historia antigua la fuerza para su misión futura.
Tradiciones que sobreviven al tiempo
Aunque las formas han cambiado, el espíritu de “paso” permanece. En la actualidad, cuando celebramos la Pascua, estamos participando en una de las cadenas de tradiciones más largas de la humanidad.
El sentido de urgencia: Así como los hebreos comieron pan sin levadura porque no tenían tiempo de dejarlo leudar en su huida, hoy la Pascua nos invita a reflexionar sobre lo que es esencial en nuestras vidas.
La libertad: El tema central de la Pascua que celebró Jesús y de la que celebramos hoy sigue siendo el mismo: romper cadenas, ya sean externas o internas.
La esperanza: La Pascua siempre cae en primavera (en el hemisferio norte), simbolizando que, tras el invierno más crudo, la vida siempre encuentra una forma de brotar.
Una invitación a mirar más allá
La próxima vez que veas un símbolo pascual, recuerda que su historia no tiene dos mil años, sino más de tres mil. Recuerda que Jesús no solo fue el protagonista de la Pascua del Nuevo Testamento, sino un fiel seguidor de la Pascua del Antiguo Testamento.
La Pascua es, en última instancia, una celebración de la memoria. Celebramos que no somos los mismos que ayer, que los “pasos” que damos —de la tristeza a la alegría, de la duda a la fe, de la esclavitud a la libertad— son los mismos pasos que la humanidad ha venido dando desde tiempos inmemoriales.
Jesús caminó ese sendero primero, como un hombre de fe que entendía que para transformar el futuro, primero hay que honrar el origen.
