Rebelarse Vende. Es el nombre del clásico de análisis sociológico, cultural y político de Joseph Heat y Andrew Potter, que ya argmentaban desde hace años el cómo la contracultura era fagocitada por el capitalismo.
Porque siendo sinceros, desde el ‘Che’ Guevara en camisetas hasta Frida Kahlo en todo tipo de productos (literal solo falta que la familia dé permiso para sacarla en papel de baño), el capitalismo sirve solo a sus intereses y si eso incluye vender cualquier tipo de protesta, lo hace.
Ha pasado desde que la sociedad de masas comenzó a popularizar y a vender las contraculturas. Ya en series como ‘Mad Men’ (la de los publicistas de los años 60 que protagoniza Jon Hamm, irónicamente uno de los mejores fans y publicistas de Bad Bunny en la vida real), se inspiraban en Los Beatles y en ellas para vender cualquier tipo de producto. Lo mismo pasó con el punk, que nació en Inglaterra ante los hippies y rockeros de los años 60 enriquecidos por ese sistema al que criticaron.
@omeletelatam OMG!! #JonHamm, o como le dicen, JON JAMÓN, es muy fan de #BadBunny ♬ sonido original - Omelete Latam
Y así sucesivamente, desde un Kurt Cobain sufriendo porque el grunge ya lo vendía Marc Jacobs en una de sus primeras colecciones (y su hija volvió a lucirla en 2018, para más Inri), hasta un Die Antwoord que hacía que el ZEF, la corriente cultural inspirada en los sudafricanos blancos y pobres, se convirtiera en un producto que los llevó a protagonizar películas y a que la primera película de Harley Quinn se apoderara de su universo estético.
No: no hay nada que se le escape entonces a un sistema hecho para encasillar a todos, incluso al más esquivo, en un engranaje de consumo cultural que obedece, actualmente, a lógicas digitales donde ya no cuentan las plataformas políticas, sino el fandom como “lugar seguro”. Sobre todo con la Generación Z y las que le siguen.
Porque, si hacía ochenta años se hablaba de partidos políticos y hasta de corrientes (o eras socialista, o fascista, o eras liberal o conservador, y por eso militabas y hasta ibas a la guerra), hoy todo es transversal a lo estético, a la celebridad y a lo performativo.
Sí, puede que la generación TikTok siga siendo de izquierda o derecha, pero cuenta a través de lo estético (tradwives, por ejemplo) y lo aspiracional (estética old money, por ejemplo). Y por supuesto, a través de lo que las celebridades que adoran hayan creado a su alrededor.
@miissrachel Etiqueta a tu mejor amix #comedia #btsarmy ♬ sonido original - EL ROSTRO DE MEXICO
Al ser los políticos totalmente figuras ‘delusionales’, solo queda lo que representa el famoso. Las ARMY son prueba de cuánto es su poder y cómo llegan a organizarse como una comunidad que es capaz de hacer temblar a cualquier institución en cualquier país, para variar.
Y lo mismo pasa con las swifties, los ‘monsters’, y los fans de cualquier artista de talla mundial que comprarán lo que sea que hagan sus artistas, que están ahí por ellos y gracias al engranaje que los montó.
Bad Bunny: un producto hecho para rebelarse... ¿cómodamente?
Ahora, sin demeritar a Benito, que hizo un gran trabajo desde un lenguaje tan universal como el reguetón (así no les guste, pero hay que recordar que los bisabuelos estaban tan desconcertados ante los Beatles como muchos ante un ritmo que sí, es genérico y cuyas letras dan escalofríos a veces, pero si es bien hecho da para todo), y con el mensaje político y social de su isla, él mismo es un engranaje bien montado y hecho para encajar dentro de la industria estadounidense y desde ahí y solo ahí ha podido hacer lo que ha querido: ha sido host de Saturday Night Live (mostrándole ‘El Chavo del Ocho’ al mundo), le pusieron novia por márketing (Kendall Jenner), ha estado en la gala del MET y ha protagonizado películas con Adam Sandler y Brad Pitt.
Así, Benito Martínez- Ocasio es alguien que está perfectamente hecho para vender y para aprovechar ese nivel de influencia y así poder establecer su línea artística. Que también vende. Negocio redondo.
Eso es lo amargo, lo contradictorio: para poder rebelarte y que te escuchen, tienes que vender primero. Y vender tu rebelión al mismo tiempo, con un empaque mucho menos confrontativo, y yendo en consonancia con unos tiempos donde lo latino se explota y se pisotea, y en donde sus jóvenes toman su narrativa, de manera local y regional.
También se trata de leer el espíritu del momento, y eso sí que lo saben el artista y su equipo, que no podían darse el lujo de ser un Kendrick Lamar, escupiéndole en la cara a Trump por su supremacismo. Acá se trataba de mostrar (así sea de manera exótica y hasta cliché, podría decirse), la belleza y bondad, la universalidad de la cultura latina. Y el SuperBowl era el cierre del trabajo de más de un año que incluyó una gira de conciertos, una residencia que dejó una derrama económica local a Puerto Rico difícil de igualar, y una serie de statements simbólicos que también se convirtieron en símbolos, y por supuesto, en mercancía.
Claramente, dentro de esas contradicciones, hay todavía muchas más. El hecho de usar una marca como Zara, más redituable en términos de marketing, pero condenable por ser de fast fashion y apoyar al sionismo, para variar.
Que se presentase con Lady Gaga, muy querida, sí, muy respetada, con camino similar, casi, al suyo, como muestra de los estadounidenses que se adaptan a la estética latina, a pesar de que también es sionista.
@nfl @Bad Bunny x @ladygaga 💃 #AppleMusicHalftime #badbunny #superbowl #nfl ♬ original sound - NFL
O el hecho de exotizar hasta donde dé a la mujer latina, que tantos problemas tiene en sus países con los ‘passport bros’ y los explotadores sexuales que en su machismo las ven como las mujeres ideales por su supuesta sumisión, quitándoles agencia, y años de luchas por su independencia y por estar lejos de los estereotipos.
Todo eso encierra un show que, sin embargo, pretende abrazar. Incluso el dinero y a los anunciantes, como pasó con Melissa McCarthy, Itati Cantoral y e.l.f Cosmetics, por ejemplo. Pero esa es la ironía de un sistema donde las revoluciones colectivas se hacen por lo digital, como pasó en Nepal: los que mueren por la causa quedan olvidados.
Los que siguen las reglas son los que de pronto voltean la mesa del juego y, de la manera más contradictoria posible, hacen historia.
