Es momento de dejar de normalizar la violencia en el entretenimiento y aceptar el problema

Hay que ser exigente con aquello que consumimos porque nadie es inmune a normalizar la violencia.

En rede sociales hay un nombre que se ha convertido en tendencia. Con total libertad, ha subido por años canciones en diversas aplicaciones que deberían alarmar a todos. No solamente es su música, son los miles de seguidores que lo escuchan lo que asusta.

Por demasiado tiempos se ha justificado que el machismo en el entretenimiento no influye en la audiencia. Las letras y videos musicales sobre cosificar el cuerpo de la mujer "no tiene impacto"; pero aún así podemos ver hombres exigiendo cuerpos irreales, y mujeres soñando con complacer dichas expectativas.

Así sucede con todo el contenido que vemos y que al final termina educando a las masas. Este fenómeno el cual sí tiene injerencia en la forma en la que percibimos lo normal, y que termina afectando, ha crecido gracias a las redes sociales.

Son tantas las personas que participan en ellas que parece imposible controlar a los que se encuentran ahí. Hoy fue el ejemplo con un hombre mexicano que al parecer reside en España.

Él había estado subiendo sus canciones a varias plataformas y lo peor, han tenido éxito. En ellas describe violaciones, feminicidios, torturas a mujeres y niñas. 

Muchos aseguran sólo son canciones, otros que seguramente se basan en hechos reales. Mientras se descubre qué hay detrás de ese contenido, es importante reflexionar sobre este foco rojo que está alertando tanto en redes sociales. 

Lo que escuchamos sí importa, las letras que cantamos sí tienen un impacto en la sociedad, así como el contenido que vemos. No podemos seguir ignorando lo que a gritos nos están diciendo: el machismo continúa rigiendo el entretenimiento. 

No es normal escuchar en canciones (por más ritmo que tengan) sobre cómo violar a una mujer; no es correcto seguir dando pretextos para este tipo de situaciones ni tampoco seguir culpando a las mujeres por permitirlo.

Hay que ser exigente con aquello que consumimos porque nadie es inmune a normalizar la violencia. 

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