"Hay una rabia brutal de los machistas porque ya no pueden dominarnos"

Metro World News entrevistó a Lydia Cacho en el Hay Festival Cartagena 2019, quien nos habló de las raíces profundas del machismo.

Violadores, acosadores, golpeadores. Los hombres, sí, hay que mostrarlo, son los que más han ejercido violencias históricas contra las mujeres. Pero, más allá del discurso primario de la denuncia, hay preguntas más interesantes: ¿De dónde sale el machismo? ¿Cómo se crían esos violadores, golpeadores, incapacitados emocionalmente que han lastimado a tantas mujeres? ¿Cómo se ha llegado a normalizar su conducta?

Esto es lo que explora la reconocida periodista, conferencista  y activista mexicana Lydia Cacho en “Ellos Hablan”, un libro donde da las voces a varios hombres y sus historias de machismo, así como a expertos que ayudan a ver las raíces de uno de los peores males culturales de nuestro tiempo. Lydia, quien ha sido reconocida con varios galardones como el Oxfam, el Premio Mundial UNESCO Guillermo Cano de Libertad de Prensa o el CNN Héroe – y quien ha luchado enormemente contra la esclavitud y trata de personas, entre otros activismos en Latinoamérica-, habló con PUBLIMETRO sobre su nuevo libro en el marco del Hay Festival Cartagena 2019, sobre las raíces de la violencia y sobre todo de esta prisión de la que muchos hombres ya quieren escapar.

Hay un tema muy irónico y es cómo se ha avanzado en algunos lados al cuestionarse sobre los roles del machismo tradicional. Pero por otro lado esto contrasta con la ira que despertó, por ejemplo, el comercial de Gillette. ¿Por qué sigue esa resistencia tan rabiosa?

Evidentemente, el machismo es un producto cultural que hemos construido en el mundo entero. Cuando resquebrajamos estas murallas que nos han dividido durante siglos, que nos han dado mandatos sobre cómo debemos comportarnos las mujeres y cómo debemos comportarnos los hombres, lo que sucede es que tenemos un efecto boomerang. Ahora, lo hemos vivido durante muchos años: el movimiento feminista, los movimientos feministas de todo el mundo han tenido un efecto boomerang en diferentes décadas, dependiendo de cuál haya sido su batalla principal. En el caso de los años 60, la batalla principal eran los derechos sexuales y reproductivos.

El efecto boomerang, entonces, se construyó sobre hacer volver a las mujeres a la familia, a la cocina, a regresar a comportarse y a someterse. Pero afortunadamente, las mujeres no aceptaron, por lo menos las mujeres de la generación anterior a la mía. Ahora a nosotras nos ha tocado educar a las chicas (tengo 55 años) de una manera distinta. Y a los chicos también. Entonces, el efecto boomerang viene siendo una reacción opuesta a todo lo que es diverso  a la cultura patriarcal. Sobre todo la muy concentrada en el mundo religioso, conservador ortodoxo. Y esto incluye a todas las religiones. Y eso es lo que estamos viviendo ahora: una rabia brutal por parte de estos representantes del machismo que se sienten huérfanos porque no pueden dominarnos. Es como cuando en la época de las Cruzadas, tenías a un grupo de países que estaban dominando a otros y se resistían sistemáticamente a que estos otros países tuvieran sus propios derechos, su independencia y sus fronteras. Pues es lo mismo: nosotras hemos creado las fronteras de la libertad de las mujeres, la frontera de la palabra, del cuerpo y hay millones de hombres que están en contra de eso. Pero también hay millones de hombres que están a favor. Y esta es la batalla de este siglo, me parece.

Hay que involucrar a los hombres en estas conversaciones feministas, pero muchos se arrogan el criterio de hablar de lo que no conocen. Y hay otra cosa: su opinión es la que ha contado, por mucho tiempo, sobre la vida de las mujeres. ¿Cómo manejar esta opinión masculina?

Yo creo que cada quien tiene derecho a expresar sus emociones y sentimientos como le parece importante y necesario. Y justamente, con esa libertad de expresión. Pero también vemos que la violencia contra las mujeres en las redes sociales es mucho más ácida y más brutal de lo que es en persona. Las redes sociales han permitido que cantidad de personas con avatar y nombre falso ataquen a las feministas para ganar seguidores y también porque se sienten vulnerados en su derecho a domesticar a las mujeres. Entonces, yo siempre que hablo con mujeres jóvenes, feministas, que defienden los derechos desde cualquier perspectiva. Cuando son atacadas, les digo que hay varias reglas que hay que seguir: la primera es mirar quién te está atacando, mirar su perfil. En Twitter la mayoría de las personas más ácidas y violentas son las que necesitan seguidores. Entonces, lo mejor que pueden hacer es ignorarlos, son trolls. Es decir, tenemos derecho a debatir, pero ¿con quién vas a debatir?

Mi recomendación siempre, para todas las mujeres feministas – y con una experiencia de muchos ataques machistas- es debate con quien es posible hacerlo. Con quien no, solamente te ataca, no pierdas el tiempo. El tiempo es muy preciado y ese tipo de cosas nos distrae de nuestra verdadera tarea, que es la búsqueda de la libertad.

También pasa otra cosa: muchos hombres quieren entrar en esta conversación, pero están intimidados por la construcción machista que les han impuesto, incluido el ver a mujeres que ya no temen hablar. ¿Cómo pueden acercarse?

Esa es una de las razones principales por las que escribí “Ellos hablan”. Decidí que era el momento adecuado para entrevistar a hombres de distintos ámbitos, edades, culturas y no solo a los hombres víctimas del machismo a su niñez y cómo lo fueron integrando a su personalidad y a su modo de vivir. También entrevisté a expertos de todos los ámbitos que luchan contra este patriarcado político, cultural y religioso. Y la verdad es que con la publicación del libro y la presentación del libro en muchos países de Latinoamérica, veo que la reacción de muchos hombres, sobre todo jóvenes, ha sido absolutamente positiva. Sienten que tienen un documento en las manos, un libro, con el que se identifican, donde sienten que también han sido víctimas del machismo.

Nos toca reconocer que el machismo es una forma de opresión, una fórmula cultural que promueve la violencia y la anti-diversidad. Es decir, consistentemente, el machismo justamente tiene como fin ser un instrumento educativo coercitivo. Es una trampa para normalizar lo que nos parece inaceptable, todas las formas de violencia, dominación y sumisión. Los hombres deben salir a las calles. José Saramago escribió, años antes de morir, un texto hermoso que decía que necesitamos ver a los hombres salir a las calles, miles y miles, caminando y marchando, diciendo que ya no iban a ejercer violencia contra las mujeres. Y que estaban hartos. Y eso es lo que toca: las mujeres y feministas hemos hecho la tarea por 200 años. Ahora les toca a ellos. Y por eso se sienten aislados. No tienen argumentos. Y justo en el libro les doy herramientas para que traten de entender cómo discutir e investigar en sí mismos cómo funciona el machismo y cómo fueron educados para él y cómo salir de estas fórmulas que les hacen tanto daño.

Tenemos productos culturales que están deconstruyendo la masculinidad: desde programas como “Queer Eye” o con los “Beauty Boys”, chicos maquillándose, en Instagram, por ejemplo. ¿Veremos algunas de estas deconstrucciones de forma más masiva, sobre todo en una región tan difícil como Latinoamérica?

Yo creo que sí. Por ejemplo, en mis investigaciones, no solo con México sino en otros países, he descubierto que los chicos muy jóvenes,- en lugares donde he entrevistado a niños incluso-, cuando les pregunto: “¿Tu crees que los hombres y mujeres deben ser iguales?” ellos responden que sí, y que también las mismas capacidades. Pero lo dicen con una naturalidad extraordinaria. Esto indica que los patrones culturales sí han cambiado, pero no somos capaces de verlos, porque nos gana el horror del feminicidio, violencia, ácido, violaciones. Pero también creo que hay que documentar todos los méritos que han logrado las mujeres que han tejido las comunidades en construcción de paz, como en Colombia. Esto no viene desde arriba, sino desde abajo, en todas las comunidades y territorios de su país, al igual que en México. El 90% de las defensoras de derechos son mujeres. Y este es un logro del siglo XXI. No lo veremos ahora, pero ya lo verán nuestras nietas. Y eso es lo más importante para mí, que la Historia reivindique la equidad.

Hay una serie de conceptos que usted trata en el libro, como feminismo, machismo y hembrismo, que es la mujer que sí acolita las conductas machistas. Y eso lo vemos muy acendrado en muchas mujeres. ¿Por qué?

Históricamente, comparado con hace 100 años, las mujeres son mucho más liberadas y tienen más voz. El hembrismo es un subproducto del machismo. Y las mujeres sometidas a esto siguen siendo sometidas al machismo. No tienen el poder de los hombres que ejercen el machismo ni sus privilegios. Ninguna hembrista tiene los privilegios del machismo. Obtiene algunos, por someterse, pero también tiene una gran cantidad de pérdidas. A mí me parecía importante mencionarlo, porque es algo que tenemos en frente de nuestra cara. Cuando pasa algo como una violación, no solamente atacan a la víctima los machistas, sino las mujeres que sienten que perderán el poco espacio que tienen de libertad cuando vienen sometidas en contextos de gran violencia masculina. Y eso lo puedes ver en ciertas comunidades alejadas de los centros políticos de nuestros países.

Allí saben las mujeres que si no se someten sus hijos ni siquiera podrán comer. Entonces, esto tiene que ver con los privilegios que da el machismo y los pocos privilegios que tiene la mujer desde el hembrismo. Pero la mayoría de mujeres que he entrevistado y que son hembristas, pero quisieran cambiar, son más. Y de lugares alejados. En Oaxaca tenemos a la primera mujer que obtuvo un puesto político y casi la matan, por ejemplo. Estamos en una gran batalla, una batalla estructural.

Nos toca reconocer que el machismo es una forma de opresión, una fórmula cultural que promueve la violencia y la anti-diversidad. Es decir, consistentemente, el machismo justamente tiene como fin ser un instrumento educativo coercitivo. Es una trampa para normalizar lo que nos parece inaceptable, todas las formas de violencia, dominación y sumisión

Ahora, vemos casos como “La manada”, feminicidios, violaciones, que no pasan de la indignación. ¿Cómo obtener justicia real y una sanción social en la misma medida?

El caso de “La manada” se parece mucho a un caso que yo integro en “Ellos Hablan”, que es el de los “Porkys”, de México, que es violación en grupo. El resultado es el mismo: salieron ilesos, los culpables. Lo interesante e importante es ayudar a la sociedad a entender cuáles son los mecanismos con los que una madre, un padre, un abuelo, un juez defienden a un violador o a un grupo de violadores y por qué envían un mensaje errado a las mujeres jóvenes, que ya salen con miedo a una violación o con quién salir o quién no. Estamos en un momento en el que debemos determinar cómo convivir hombres y mujeres en el ámbito público, pero también en el íntimo. Estamos aprendiendo nuevas fórmulas y eso es muy importante. No las conocemos y por eso está esta crisis amorosa y afectiva en la que las parejas rompen rápidamente ,o en la que los hombres ya no saben cómo seducir a una mujer sin agredirla. Y se sienten inseguros, pero también pasa con las mujeres. Es un momento interesante para hacer una reflexión colectiva, pero debemos hacerla tomados de la mano. No hay de otra. Pero, la salida hacia la paz, debe venir de la relación entre hombres y mujeres.

¿Cómo ve el #MeToo con todas las resistencias que ha tenido (“a las mujeres ya no se les puede decir nada”), con sus contradicciones, como movimiento cultural?

Yo con lo que he visto ,con gente muy cercana, a partir de la publicación de este libro y los dos programas de televisión que hice, uno con NBC, en Estados Unidos y otro en México sobre el #MeToo, es que la reacción de hombres y mujeres ha sido positiva. Es decir, están preguntándose cómo abordaremos esto juntos. Ahora, evidentemente lo de Harvey Weinstein sirve para analizar el ejercicio del poder en el mundo del entretenimiento, que se parece también al mundo del periodismo. Hace 30 años soy periodista y en aquella época el hostigamiento y acoso sexual eran brutales. Yo era la única mujer periodista en el primer diario en el que trabajé. A la secretaria la obligaban a ponerse minifalda. Ahora es impensable que suceda eso.

 

Las y los filósofos a través de la Historia nos han mostrado que nada puede ser transformado si no evidenciamos los rostros de los cambios culturales, del diálogo cultural. Y eso hacemos las feministas. Y eso hago con “Ellos Hablan”: mostrar que sí hay hombres que dicen que no saben cómo ser machistas pero ya no quieren serlo. Y son menos los que eligen ser machistas.

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