Un día siendo mujer en el Metro de la Ciudad de México

El Metro en la Ciudad de México

Desde pequeña me han preparado a enfrentar un país en donde la violencia hacia la mujer es normal. Aprendí a gritar "fuego" para pedir ayuda; de esta manera la gente se acerca en lugar de retirar la mirada avergonzados. Tenía nueve años cuando me dieron el consejo.

Los años han pasado, y la violencia en el país se ha agudizado.  Asaltos, secuestros, violaciones y feminicidios son las noticias del día a día en México. Ya no hay sorpresa, y apenas hay dolor.

Recientemente salió una ola de denuncias sobre la impunidad del acoso en el Metro de la Ciudad de México. ¿Lo increíble? Nadie ha contraatacado a estas voces que comparten sus historias.

¿La razón? Los que usamos el Metro de forma cotidiana sabemos que es tierra de nadie. Aunque vemos a los policías en las entradas, no hay forma que ellos detengan la red de inseguridad que se teje entre los vagones.

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Qué se siente ser mujer en el Metro

La paranoia se instala desde el momento que pisas los túneles del Metro. El miedo te ha acompañado por tanto tiempo que ya estás acostumbrada a lidiar con él. Crees que esa opresión en el pecho es normal.

La mochila enfrente, siempre vigilando tus pertenencias.  Sientes el celular, te tranquilizas. Hasta el momento va todo bien. Por unos minutos te concentras tanto en la rutina que te olvidas de lo demás.

Todos tienen prisa, caminan rápido, la olas de personas fluyen de forma rítmica y ordenada. Un hombre acelera el paso hacia ti, tú te encoges de terror. Varios escenarios pasan en tu mente, esperas que quiera robarte y no hacerte daño. Él pasa a tu lado sin mirarte siquiera.

Respiras profundo, y ríes con vergüenza. Volteas a ver a todos, nadie alteró su rutina por lo que continúas caminando hasta llegar a los vagones. Intentas alcanzar aquellos que son exclusivos para mujeres pero tienes prisa y llegas a los mixtos.

Dos jóvenes te examinan, te sientes desnuda, y clavas apenada tu mirada en el suelo. Casi son tangibles sus pensamientos, y las gotas de sudor comienzan a rodar por tu frente. Concentras tu mirada en cualquier otro punto mientras esperas el metro no se pare y llegue rápido a su destino.

El vagón se empieza a llenar más. Los cuerpos inevitablemente se pegan uno a otro. Evalúas si alguien está intentando algo más; respiras aliviada al ver que el vaivén y los roces de otras personas son por el rápido avance del Metro.

Crees haberte salvado un día más, cuando alguien se empieza a pegar más a tu cadera. Sientes cómo se esfuerza por estar junto a ti. Tratas de escapar, pero no hay más lugar. Un grito se queda atorado en tu garganta y tu mente queda en blanco. Sólo puedes pedir llegue tu estación.

Tienes miedo hasta de gritar, sabes que las miradas de los demás jamás se posarán en ti. Tal vez es sólo tu miedo, tal vez estás exagerando y eso no está tan mal. Piensas podría ser peor, al menos no está tocándote.

Te bajas aliviada, suspiras, examinas el lugar con tu mirada y aceleras el paso. Subes las escaleras, te llega una brisa de aire fresco y sonríes…otro día sin incidentes en el Metro de la Ciudad de México.

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