La lucha de la kickboxer Macarena Orellana: Fin al “pelea como niña”

La deportista, historiadora y gestora de talleres de empoderamiento feminista poco descansa por estos días. En octubre, representará a Chile en el campeonato Panamericano y también disputará el título en el Mundial 2018. “Entreno para ganar”, dice.

Venda, guantes, bucal y Macarena Orellana (30), kickboxer, comienza su rutina deportiva en las dependencias de Brutal Striker, el gimnasio de Iván Galaz, su entrenador desde 2014.

También conocida como La maquinita, ha sido campeona nacional de la World Association of Kickboxing Organizations (WAKO) en tres oportunidades; campeona Panamericana WAKO en 2016 con medalla de oro; medallista de bronce en el Sudamericano WAKO 2017; y campeona Copa Chile de la World Karate Foundation (WKF) en 2017 y 2018.

En un video de YouTube, que registra la final de la Copa Chile WKF 2018, se enfrenta a Ruth Castro y, golpe tras golpe, patada tras patada, no le da chance a su contrincante. Sus movimientos certeros definen su estrategia y su apodo es innegable.

Cuando era pequeña tuvo un breve un acercamiento a las artes marciales a través del karate, pero su interés por el kickboxing partió en 2013, mientras estudiaba un magíster en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile. “Tenía medio de salir, siempre estaba pendiente de cómo iba a volver a mi casa y con quién”, cuenta.

Los días de Orellana son estrictos. En horario de oficina se desempeña como funcionaria de la Universidad Católica Silva Henríquez, en la unidad de un programa que permite el ingreso sin PSU a jóvenes de sectores vulnerables; entrena todos los días desde las siete de la tarde y llega a su casa casi a medianoche.

Es deportista, historiadora y, además, dicta talleres de autodefensa feminista, instancias en las que busca transmitir la importancia de la confianza en una misma y el uso de ese poder como herramienta contra la violencia de género. Destaca que no se trata sólo de reforzar lo físico, sino más bien lo sicológico: “Una mujer vulnerada necesita desnaturalizar lo que le está pasando y salir del círculo de violencia. Eso no lo enseña la técnica, se logra creyendo en el poder de una misma”, afirma.

¿Fue difícil hacerte el espacio como mujer?

El dueño del primer gimnasio al que llegué era de un hombre muy violento. Tenía conflictos con él por eso y por sus comentarios machistas y, hace poco, me enteré que hoy tiene una denuncia por violencia intrafamiliar. En ese tiempo, era la única mujer en el lugar y me pasaba que mis compañeros no hacían sparring –entrenamiento– conmigo, así que mi entrenador jugó un papel importante, porque empezó a corregir a todos los hombres para que me vieran al mismo nivel.

¿Te has enfrentado a prejuicios?

Siempre ando con mis guantes colgando de la mochila y los hombres me paran en la calle para preguntarme si hago boxeo. Algunos piensan que es mi hobbie, ni se imaginan que podría ganar un campeonato, aunque he ganado varios (ríe). Me han dicho: “¡Ay, pobrecito tu pololo!” y no entiendo. No es gracioso que, porque boxeo, piensen que voy a agredir a mi pareja.  ¿Le preguntarían eso a un hombre? También me ha pasado que, cuando entreno con alguien de género masculino, me dice “igual eres buena”, y yo pienso “estaba esperando que me lo dijeras para creerlo”. Es así, te menosprecian o te ningunean.

¿Cómo cruzaste el feminismo con el kickboxing?

A principios de 2016, tuve mi primera competencia y coincidió con que yo trabajaba como académica en la Universidad de Chile. En ese tiempo había mucho revuelo por la denuncia contra Fernando Ramírez, y yo también decidí hablar: denuncié a Leonardo León, ex director de la carrera de Historia, por acoso. Luego, gané mi primer Panamericano y algunas chicas comenzaron a pedirme que les hiciera talleres de autodefensa feminista. Hice uno y ya perdí la cuenta de todas las mujeres con las que he compartido. Me han llegado mensajes por redes sociales diciéndome que “ensucio el deporte con el feminismo”, yo creo que es todo lo opuesto.

El mismo año que la kickboxer ganaba su primera competencia profesional, en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile, se decía que León —profesor de quien Macarena fue ayudante en pregrado— era “desubicado”, o se referían a él como un “viejo verde”. Pese a que ella trabajaba como profesora en la universidad, el proceso de denunciar fue difícil, mirando hacia atrás, no entendía cómo había soportado tanto. “Ahora ya no me pasa eso, además este año fue condenado a nueve años por abuso sexual hacia su propia hija”, respira.

Macarena-Orellana

¿A qué te refieres con autodefensa feminista?

Ese mismo año, tras el femicidio de Andrea de 15 años, en Quinta Normal, sus compañeras del liceo me pidieron un taller y acepté. Fue duro, lloré mucho, pensaba: ‘¿Qué les voy a enseñar si deberían pasarlo bien y estudiar, no preocuparse de que las están matando?’. Pero fue un momento súper enriquecedor, ellas tenían claras las cosas. En los talleres, la dinámica consiste en entender que nadie te puede pasar por encima, ni en la calle, ni en la casa, ni en el trabajo. Las mujeres necesitamos espacios para que aprendamos a defendernos.

Porque la violencia puede estar en todos lados…

Claro. Los hombres creen que queremos defendernos de que nos asalten, pero es más probable que te pegue tu pololo, te viole un familiar, que un amigo te toque sin consentimiento, o que te acosen en el trabajo, porque esos son los peligros que debemos enfrentar las mujeres hoy.

¿De qué forma logras transmitir seguridad a cada una?

Un hombre golpeador te aísla, quiere controlar tus amistades, te hace sentir sola, fea, que tu cuerpo no está bien y que lo que dices tampoco y, cuando estás débil, te ataca. Entonces, ¿a quién le vas a contar lo que te pasa si te quedas sin amigas o no hablas con tu familia? Pasa por saber decir “yo no quiero una relación así”. Lo importante no es sólo lo físico, sino más bien lo sicológico, porque una mujer vulnerada necesita desnaturalizar lo que le está pasando y salir del círculo de violencia. Eso no lo enseña la técnica, se logra creyendo en el poder de una misma.

¿Has notado cambios?

Lo veo entre las chicas que asisten a los talleres y después se quedan entrenando conmigo. Me emociona porque se evidencia en su impronta, en cómo caminan, en la forma en que ocupan el espacio. Además, cambia la relación con el “yo” porque las mujeres crecemos con un conflicto grande con nosotras mismas: que somos muy flacas, muy gordas. Si nos enseñaran a aceptarnos desde el principio, el mundo sería distinto, y el “pelea como niña” dejaría de ser lo que ha sido siempre.

¿Cuáles son tus expectativas de cara a los campeonatos de este año?

Me siento responsable de triunfar, te conviertes en un referente y, que existan mujeres que destaquen en esta disciplina, sirve para que las familias apoyen a sus niñas a hacer cosas consideradas “masculinas”. Cuando era chica y me metí a karate en mi casa, no me pescaron mucho…, ¡por eso necesitamos más campeonas! Con miras a las competencias, yo entreno para ganar. Mi foco está en eso, aunque el talón de Aquiles del deporte siempre es el financiamiento y espero que cambie. No se puede vivir de la rifa o la completada bailable.

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