¿Cuánto les durará la indignación por lo del INEM?

Nuestra solidaridad es nula y para eso no hay suceso que llegue a cambiar la indiferencia y el odio que tenemos dentro.

Luz Lancheros, @luxandlan

Cuando vino un amigo mexicano a Bogotá, le expresé que si un terremoto como el que les tocó a ellos el pasado 19 de septiembre nos azotara a nosotros, estaríamos jodidos, porque nuestra solidaridad es nula y nuestra unión menos. Creí que me diría algo para contradecirme, pero su respuesta fue una triste confirmación: "Sí, ustedes no están unidos: eso se ve hasta en sus embotellamientos. Provocaron uno gigante porque ninguno dejaba pasar a ninguno", me contó  al explicarme por qué se tardó en verme. Y en ese detalle tan ínfimo se ve cuán lejos estamos de sentir empatía por el otro, tanto en lo bueno como en lo malo , cuán indolentes somos (como la Pola lo dijo hace ya unos 200 años) ante lo que pasa con el otro y cuán prontos somos para celebrar el escarnio, el amarillismo y la violencia.

Y eso es lo que pasa con el caso del INEM en Medellín. Como dijo un lúcido tuitero: es irónico que ahora quieran hacer un plantón en el colegio donde en vez de ayudar a la víctima cuya vida estaba en peligro al ser atacada a punta de puñal por sus compañeras, se pusieran a grabar. Y así pasa con muchas cosas en Colombia. El miedo a meterse en problemas, a morir o a ponerse en peligro por alguien más y el hecho de divertirse con la desgracia de otro- sobre todo eso- es lo más repugnante que se ha quedado en nuestra conciencia colectiva de años de violencia, décadas, siglos. Hemos normalizado tanto la violencia que respondemos fúricos, insultantes y hasta con amenazas a quien nos contradice en redes sociales. Atacamos con brutalidad a la persona que denuncia públicamente o que sufre una desgracia, cebándonos en su clase social, en su forma de hablar, en su manera de vestir, hasta convertirla en una figura grotesca. Nos indignamos, expresamos el odio de una manera natural, casi salvaje, como si tantos años de humilladeros, empalamientos, masacres se nos hubieran quedado en algún punto de nuestra conciencia para deshumanizar al otro y no importarle lo que le pase con nuestras palabras y nuestras acciones. ¿Hasta cuándo?

Sé lo que pasará para los que lean el título de esta columna: le pondrán un "me divierte" o un "me enoja" en Facebook (porque solamente leerán el título de esta columna), otros se indignarán tratándome de "insensible" y otros más saldrán con los clásicos comentarios clasistas tipo "esa gente mata o muere, a quién le importa".

Y sí: como en el caso de Yuliana Samboní, como en el de Rosa Elvira Cely, como en el de muchas tantas abusadas o asesinadas, se lanzarán clamores de indignación y dolor (¿no lo hacemos acaso desde que mataron a Rafael Uribe Uribe con hachazos en plena vía pública?), pero todo lo que provocamos para que esto pase sigue ahí, porque no hay indignación que alcance, no hay dolor que cubra tantos comentarios nefastos y tantas acciones que prueban que hemos perdido todo sentido moral para con el otro, para preocuparse con él, porque en un país de rapiña solo nos basta con nosotros mismos. Porque no importa lo que pase con los que solo tienen la opción de vivir en la basura, solamente podremos señalarlos.

Sé lo que pasará para los que lean el título de esta columna: le pondrán un "me divierte" o un "me enoja" en Facebook (porque solamente leerán el título de esta columna), otros se indignarán tratándome de "insensible" y otros más saldrán con los clásicos comentarios clasistas tipo "esa gente mata o muere, a quién le importa". Todas reacciones miserables, sin distinción. Pero sobre todo la última, es la que más nos tiene jodidos. Y es la que se ve no solo en apuñalamientos, sino hasta en un simple trancón o en un tuit. Qué tristeza.

TE RECOMENDAMOS EN VIDEO