Todo lo que pensé luego de ver el documental de Amy Winehouse

Amy tenía aspiraciones. Amaba el jazz y quería desarrollarse en ese estilo musical, pero no le importaban los flashes, las entrevistas, la televisión o todo eso que ofrece la fama.

Hace poco hablé con una amiga y me comentó que había visto el documental basado en la vida de Amy Winehouse. Siempre me gustó su música pero tampoco era una fanática, aunque reconozco que, sin dudas, es una de las artistas más talentosas que me ha tocado escuchar en mi vida.

Amy tenía esa mística que tienen los artistas que, al igual que ella, tuvieron una vida corta pero intensa. Cuando la veías cantar, daba la impresión de que lo hacía de corazón, como si fuera su forma de hablar, de expresar todas esas confusiones que tenía en su interior.

Cuando lanzó su single “Rehab” y todos los demás éxitos de Back to Black, el mundo entero puso los ojos en esta peculiar chica que cantaba sobre la rehabilitación como si fuera algo de lo que todos hablamos constantemente.

Ese era el factor sorpresa de Amy: cantaba sobre cosas incómodas, con una honestidad y sinceridad muy poco usual en la industria musical actual. Una industria que nos mal acostumbró a ritmos comerciales y letras superficiales.

Decidí ver el documental porque siempre tuve curiosidad por saber qué sucedió con Amy, qué fue eso que la quebró por dentro y que hizo que simplemente, se rindiera. Aunque ya tenía una pista sobre ello, cada una de las imágenes de “Amy sirven para aclararlo. Si buscamos a un culpable, tenemos que nombrar a la fama.

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© ABC

Pero no a esa fama que los medios muestran, sino que al lado oscuro y crudo que corrompe el alma de los artistas que cantan porque aman la música, y no para que la gente los admire. Ellos no necesitan eso, sólo quieren cantar.

Amy tenía aspiraciones. Amaba el jazz y quería desarrollarse en ese estilo musical como sus ídolos. Admiraba a Tony Bennett y a Ella Fitzgerald, quería sentir la música como ellos, pero no le importaban los flashes, las entrevistas, la televisión o todo eso que ofrece la fama.

Al ver el documental de esta magistral artista, me emocioné hasta las lágrimas. Sentí una pena inmensa, no sólo porque empatizo con su sensibilidad, sino que porque el mundo no supo respetar su talento como se debía.

Ella se sentía incomprendida y buscaba amor. En realidad, necesitaba amarse a sí misma y las drogas fueron el parche perfecto para ese gran agujero que tenía en su interior, ese vació que la perturbaba, que sólo desaparecía cuando tenía un micrófono en su mano.

El mundo no entiende a la gente vulnerable, no respeta las emociones de esas personas que sienten más, no entiende que hay muchos que sólo quieren cantar y no ganar dinero a costa de ello. Aunque su vida fue corta, la imagen de Amy quedó grabada en el corazón de sus fanáticos.

La imagen que mostraban los medios, de esta chica extremadamente delgada, que cantaba borracha en los conciertos, no era la real Amy. Esa era la Amy que no sabía qué hacer con toda esa fama, que estaba abrumada. No era su esencia.

Ella era cariñosa, creativa, divertida, apasionada, extremadamente talentosa, sensible e intensa. Esa es la Amy que tenemos que recordar, una artista excepcional que fue demasiado para este mundo.

Después de ver el documental, lo entendí. Me hizo sentido lo que le ocurrió y sus reacciones. Tenemos que aprender a valorar el talento sincero y dejarlo ser.