La ciudad tiene una sonrisa distinta

En una ciudad grande caben muchos sueños, no entendemos el concepto de infinito ni la sensación de libertad que eso nos da.

Siempre me he considerado una mujer de mar. Crecí en una ciudad en la que por las noches escuchabas el levísimo murmullo del océano, me asomaba a la ventana y ahí estaban esos colores que iban del azul turquesa a uno mucho más profundo. Jugué con las olas, me dejé arrastrar por ellas y desarrollé una fobia muy particular hacia los peces.

Yo entendía la profundidad del mar como un símbolo de respeto y también como un modelo a seguir: a veces en calma, a veces salvaje pero siempre indescifrable. Muchas veces también pensé en ser sirena.

Mi admiración al mar también me generó querer alejarme de él, pues nunca me quiso retener y tampoco quiso ser mi cómplice. Hace casi siete años, me despedí de él: “Ni eres tú, ni soy yo. Somos los dos”. Ni siquiera volteé a verlo de reojo, me bastaba con escucharlo a mis espaldas. Ahora pienso que fue una separación dolorosa.

Me alejé de casa y me fui muy cerca de los volcanes. Dejé a mi familia para descubrir una nueva familia. Lo conocí a él. Comencé a estudiar una carrera y a entender un poco cómo quería trazar el mapa de mi vida. Los volcanes se convirtieron en un símbolo de madurez, mientras el mar me recordaba a una niña berrinchuda, pero también a una que anhelaba sentir con esa misma profundidad.

Un buen día decidí dejar los paisajes idílicos y me fui al terrorífico y a la vez hermoso paisaje citadino. Dejé de ver amaneceres, estrellas y sonrisas en los rostros de las personas; comencé a ver edificios y ríos de autos estacionados en una avenida principal a causa del tráfico; los árboles no me los quitaron.

Sin embargo, algo extraño pasó: dejé de sentirme tan pequeña; en esta ciudad todos pertenecemos de algún modo y ni el océano, ni los volcanes están ahí para decirnos lo mínimos que somos. En una ciudad grande caben muchos sueños, no entendemos el concepto de infinito y mucho menos la sensación de libertad que eso nos da.

Hasta el momento mi eterno peregrinaje entre ciudades se ha detenido y mis mudanzas ya son internas, entre departamentos, entre cuatro paredes que en definitiva no tienen nada que ver con el estado salvaje de la naturaleza. Pero no me dejarán mentir, ese instinto de libertad te persigue y siempre lo añorarás.

Algo raro sucedió en mi última mudanza. Al despertar antes del amanecer me encontré con un gran espectáculo: en mi ventana un juego de rosas, anaranjados y morados aparecían en el cielo y al fondo aquellos dos volcanes a los que ahora miro del lado opuesto.

Sentí como si esta ciudad me extendiera una invitación para que me quede y que a cambio me ofrecía algo que pocos pueden ver cada mañana, algo parecido a una sonrisa. Sentí que estaba en el lugar correcto y entendí que una forma de libertad también tiene forma de ventana.

Tal vez esta ciudad no tenga mar, tal vez yo nunca seré como el océano, pero por un mínimo momento puedo sentir que la ciudad está a mis pies.