De cómo, cuándo y por qué mi mejor amigo me salvó la vida

Literal…

No sé si ustedes están para saberlo, pero a mí sí me pagan por andarlo contando y el caso es que en 2010 yo me iba a morir y no.

Es una historia muy clásica: estás deprimido, te dan antidepresivos, decides tomarte muchos “sin querer” pues, porque estás deprimido. No recuerdo haber tenido ganas de matarme, sólo que de repente mi cuerpo me dijo “te pasaste de lanza y ya nos vamos a morir”.

La historia se ha ido construyendo, a medida que la hemos ido contando, y ya hay una versión oficial. Pero seamos sinceros: yo estaba muy muy drogada y no recuerdo más que una cosa, que mi mejor amigo (que entonces no lo era) me recogió del piso, me llevó caminando hacia mi cama y me dijo “si te mueres te pego”.

Cómo se enteró, cómo entró a mi casa, quién más estaba, qué pasó después… no estoy tan segura. Pero el caso es que yo sé que no me morí porque él dijo que no lo hiciera. Desde entonces hago prácticamente todo lo que él dice.

Menos cuando me dice que no me enamore de sus amigos ni cuando me dice que me vaya a vivir a su cuidad ni cuando me dice que no haga postres de chocolate porque no le gusta tanto. Tampoco cuando me dice que maquillada me veo disfrazada ni cuando quiere que vaya a festivales de música con él.

Quizá entonces no debí decir “hago todo lo que me dice” sino “haría cualquier cosa por él”.

La cosa es que ese día hace cuatro años no fue el día en el que mi mejor amigo me salvó la vida. Ya les dije, ganas de matarme no eran. No, él me salvó la vida después.

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Porque pasado el momento dramático, siguió ahí. Porque pasaron otros horribles episodios que todos pasamos, y ahí estaba casi siempre. Porque, cuando no estaba, se ha reído y llorado conmigo con la historia detallada.

Porque ha aguantado casi sin poner caras todas las malas decisiones que he tomado, y dice “te lo dije” pero también “no te preocupes, lo vamos a solucionar”. 

Porque también en los mejores momentos ha sido mi cómplice, o más bien, porque ha sido mi cómplice y eso ha convertido los momentos cotidianos en mejores.

Y porque todo eso que hace por mí, yo lo haría por él. Es decir, la amistad que nació el día que yo me iba a morir me ha hecho una mejor persona.

Me ha vuelto tolerante, mucho más paciente. Me ha hecho aprender a poner la felicidad de otra persona a la par que la mía en mi lista de prioridades.

Hizo que se me olvidara cómo odiar, cómo enojarme. Me ha hecho más valiente. Me ha hecho sentir más fuerte. Me enseñó que hay muchas cosas mucho más importantes que ser orgullosa.

Y cuando la depresión acecha, que nunca quita el dedo del renglón la desgraciada, me hace reír, me obliga a hacer planes, se come los postres con chocolate que ni le gustan tanto.

Creo que todo amigo de verdad es así, no necesitas estar en peligro de muerte, te salva la vida. Y no hay sobredosis de eso.