La verdadera historia de Madonna en sus propias palabras

La artista revela historias inéditas de su vida como cuando la violaron en una azotea en Nueva York y los desafíos a los que ha sobrevivido.

En sus propias palabras, Madonna escribió un artículo para la revista Harper’s Bazaar dando a conocer su historia. No siempre lo que uno ve es lo que es. Qué mejor que conocer su historia desde su voz y no la nuestra.

¿Verdad o penitencia?

Esa es una frase que a menudo está asociado a mí. Hice un documental con ese nombre y ha estado impregnado en mi piel desde esa vez. Es un juego divertido, siempre y cuando estés de ánimo de correr riesgos y, generalmente, lo estoy. Sin embargo, debes jugar con gente ingeniosa o sino terminarás besándote a alguien o teniendo sexo oral con una botella.

Las personas suelen escoger la ‘verdad’ porque así si mientes, nadie jamás lo sabrá, mientras que si escogues ‘penitencia’, tendrás que hacerlo sea lo que sea. Por lo que, para algunos puede ser temeroso. En cambio, por alguna extraña razón para mí se ha convertido en mi raison d’être (razón de existencia).

Si no me atrevo en mi trabajo o en mi vida, entonces no veo cuál es el punto de estar en este planeta.

Puede sonar extremista, pero habiendo crecido en un suburbio al medio oeste, fue todo lo que necesitaba para entender que este mundo está dividido en dos: personas que sigue el status quo sin correr muchos riesgos o gente que tiró lo convencional por la ventana y bailan a otro ritmo. Corrí hacia la segunda categoría y pronto descubrí que ser rebelde y no conformarse no te hace muy popular. De hecho, lo contrario. Te ven como un personaje sospechoso, creador de problemas. Alguien peligroso.

Cuando tienes 15 puede ser un poco incómodo. Los adolescentes quieren encajar, pero a la vez ser rebeldes. Tomar cerveza y fumar marihuana en el estacionamiento de mi colegio, no era rebeldía, era lo que todos hacían. Y yo no quería hacer lo que el resto hiciera. Pensé que era mejor dejar de depilarme las piernas y las axilas. O sea, ¿para qué Dios nos dio esos vellos entonces? ¿Por qué los hombres no tenían que depilarse también? ¿Por qué era aceptado en Europa, pero no en Estados Unidos? Nadie pudo darme una respuesta satisfactoria, así que empujé aún más mi causa. Me rehusé a usar maquillaje y a atar mi pañuelo en mi cabeza como un campesino ruso. Hice justo el contrario del resto de chicas y me transformé en un repelente de hombres. Los desafié a gustarles, yo y mi desconformidad.

No me fue muy bien. A todos les parecía extraño. No tenía muchos amigos; incluso quizás ninguno. Pero resultó para mejor, porque cuando no eres popular y no tienes amigos, tienes más tiempo para enfocarte en tu futuro. Y para mí, eso era irme a Nueva York y convertirme en una artista de verdad. Ser capaz de expresarme en la ciudad de los inconformistas. Deleitarme y menearme en el mundo rodeada de gente atrevida.

Nueva York no fue lo que yo esperaba. No me recibió con los brazos abiertos. En el primer año, colgaba de un hilo. Me violaron en el techo de un edificio al que me llevaron con un cuchillo en mi espalda. Entraron a robar a mi departamento tres veces; no sé por qué, no tenía nada de valor después de que me robaron la radio la primera vez.

Los edificios altos me dejaban sin aliento en Nueva York. El calor, el ruido del tráfico y la electricidad de la gente que corría por mi lado en las calles fue un shock para mis neurotransmisores. Sentí como si estuviese en otro universo. Me sentía como un guerrero tratando de sobrevivir entre la masa. Corriendo sangre por mis venas, estaba preparada para sobrevivir. Me sentía viva.

Pero también moría de miedo por el olor a pipí y vómito que había en todos lados, especialmente en la entrada de mi edificio de tres pisos.

Y todos los vagabundos que habían en las calles. Jamás me había preparado para eso en Rochester, Michigan. Tratando de ser una bailarina profesional, pagaba mis cuentas posando desnuda en clases de arte, observando a personas que me observaban desnuda. Atreviéndolos a pensar en mí como cualquiera  cosa excepto una forma que ellos querían captar con sus lápices y carboncillos. Era desafiante. Estaba decidida a sobrevivir. Pero no era fácil y era muy solitario, tuve que autodesafiarme a seguir. A veces me hacía la víctima y lloraba en mi dormitorio del porte de una caja de zapatos al frente de la ventana con vista a la pared del vecino y palomas cagando en la repisa de mi ventana. Me preguntaba si valía la pena, al ver una postal pegada en mi pared en la que salía Frida Kahlo y su bigote me consolaba. Ella era una artista a la que no le importaba lo que el resto pensara. Yo la admiraba. Era desafiante y la gente era dura con ella. La vida fue dura con ella. Si ella pudo, yo también.

Cuando tienes 25 es más fácil ser atrevida, especialmente si eres una estrella del pop, porque tienen la expectativa de que tengas un comportamiento excéntrico. Para ese entonces, sí me depilaba, pero llevaba todos los crucifijos que pudieran en mi cuello y le diría a la gente que lo hacía porque creía que Jesús era sexy. Y era sexy para mí, pero lo hice para ser provocativa. Tengo una relación chistosa con la religión. Creo en los rituales mientras no hieran a nadie. Pero no soy fanática de las reglas, sin embargo, no podemos vivir en un mundo sin orden. Aunque para mí hay una diferencia entre reglas y orden. Las reglas son seguidas sin cuestionarlas. Mientras que el orden sucede cuando las palabras y acciones unen a las personas. Sí, me gusta provocar. Está en mi ADN. Pero nueve de cada diez veces hay una razón detrás.

A los 35 estaba divorciada y buscaba el amor en todos los lugares equivocados. Decidí que tenía que necesitaba ser más que una chica con novios con dientes dorados y gánsters. Más que una provocadora que le rogaba a las chicas que no se conformaran con la segunda mejor opción, empecé a buscar el significado y el propósito real que tenía la vida. Quería ser madre, pero me di cuenta que no porque fuera una guerrera de la libertad significaba que estaba capacitada para criar un niño. Decidí que necesitaba tener una vida espiritual. Ahí fue cuando descubrí la cábala.

Dicen que cuando el estudiante está listo es cuando surge el profesor y temo que ese cliché se aplicó a mí también. Ese fue mi siguiente desafío. Al principio me sentaba al final de la clase. Era la única mujer. Todos se veían muy serios. La mayoría de los hombres usaban trajes y kipás. Nadie me miraba ni parecía importarles, perfecto para mí.  Lo que el profesor decía me hipnotizó. Resonaba en mí. Me inspiraba. Hablábamos de Dios, el cielo y el infierno, pero jamás sentí que el dogma religioso era embutido por mi garganta. Estaba aprendiendo sobre ciencia y física cuántica. Estaba leyendo en amareo. Estudiaba la historia. Me había introducido a una sabiduría antigua que podía aplicar en mi vida. Y, por primera vez, el debate y las dudas eran apreciadas. Ese era mi lugar.

Cuando el mundo supo que estaba estudiando la cábala, fui acusada de haberme unido a un culto. Dijeron que me habían lavado el cerebro. Que estaba regalando mi dinero. Fui acusada de muchas tonteras. Si me hubiese convertido en budista y construyera un altár en mi casa a nadie le habría importado. Sin despreciar el budismo, la cábala asustaba a la gente y aún lo hace. Uno creería que estudiar la interpretación mística del antiguo testamento y los secretos del universo sería inofensivo. No le hacía daño a nadie. Sólo iba a clases y escribía en mi cuaderno contemplando mi futuro. Estaba tratando de ser una mejor persona.

Por algún motivo, le dio miedo a la gente. ¿Estaba haciendo algo peligroso? Incluso me cuestioné si era desafiante tratar de tener una relación con Dios. Quizás sí.

A los 45 años, figuraba casada con dos hijos viviendo en Inglaterra. Creía que irme a vivir al extranjero era un desafío. No fue fácil para mí. Si bien hablamos el mismo idioma, no es el mismo lenguaje en sí. No entendía que todavía existiera un sistema de clases ahí. Ni la cultura de bares. No sabía que ser abiertamente ambiciosa era mal visto. Nuevamente me sentí sola. Aún así me las arreglé y aprendí a amar el ingenio inglés, la arquitectura georgiana, pudines de toffee pegajosos y su lado campestre. No hay nada más lindo que las provincias inglesas.

Ahí fue cuando me di cuenta que me avergonzaba la riqueza y que habían demasiados niños sin familias o sin padres que los amaran. Decidí postular a una agencia de adopción internacional y me tocó pasar por todas las etapas igual que el resto, la burocracia, el testeo y la espera. Fue cosa del destino que en medio del proceso, una señora del país africano Malaui se me acercara y me contara sobre todos estos orfanatos con huérfanos porque sus padres habían muerto con sida. Enseguida estaba en el aeropuerto yendo a un orfanato en Mchinji donde conocí a mi hijo David. Otro capítulo desafiante en mi vida. No sabía que sería acusada de secuestrar niños, de tráfico infantil, que usaba mi status de celebridad para saltarme la línea de espera, que había sobornado a las autoridades de Malaui, brujerías, etc. Claramente había hecho algo ilegal.

Fue una experiencia esclarecedora. Entendía que hablaran mal de mí por simular que me masturbaba en el escenario, por mi libro sobre sexo o por besarme con Britney Spears en las premiaciones de los VMA’s, pero jamás creí que sería repudiable intentar salvarle la vida a un niño. Mis amigos trataban de animarme diciendo que eran como los dolores de parto. No fue muy reconfortante, pero sobreviví.

Cuando adopté a Mercy James, me puse un escudo. Intenté estar más preparada. Esta vez una jueza de Malaui me acusó de ser inepta ya que estaba divorciada. Apelé en la corte suprema y gané. Fue casi un año de peleas y abogados, pero valió la pena. Recordando cada paso, no me arrepiento.

Una de las cosas que aprendí es que si no estás dispuesta a pelear por las cosas que crees, entonces ni te metas en el cuadrilátero.

Diez años después, aquí estoy: divorciada y viviendo en Nueva York. He sido bendecida con cuatro hijos maravillosos. Trato de enseñarlas a pensar fuera de la caja. A que se atrevan. Que elijan hacer cosas porque es lo correcto, no porque el resto lo hace.  Empecé a hacer películas y probablemente es el desafío más grande y gratificante que he tomado. Estoy construyendo colegios para niñas en países islámicos y estudio el corán. Creo que es importante estudiar todos los libros sagrados. Como mi amigo Yaman dice un buen islámico es un buen judío, un buen judío es un buen católico y así el resto. No podría estar más de acuerdo. Aunque quizás para algunos sea un pensamiento atrevido.

Mientras la vida continúa (y gracias a Dios que continúa), la idea de ser desafiante se ha transformado en una norma para mí. Por supuesto que está en la percepción, porque hacer preguntas, desafiar las ideas del resto y los sistemas de creencias y defender a aquellos que no tienen voz se ha convertido en parte de mi diario vivir. En mi libro, eso es normal.

En mi libro, todos son desafiantes. Por favor, abre este libro. ¿Te atreves?