El test de embarazo negativo y la historia del galán

Sigo escribiendo este diario con un alivio casi infinito. Recibí al fin una buena noticia. Recién ahora puedo mirar el mundo con los ojos de siempre…

Sigo escribiendo este diario con un alivio casi infinito. Recibí al fin una buena noticia. Recién ahora puedo mirar el mundo con los ojos de siempre. Con los únicos ojos que puedo tener al ser una pokemona que se llama Cassandra y que ya ha cumplido los veintidós. Mi test de embarazo salió negativo. El signo de resta se veía clarito. Una guagua en mi vida habría sido un desastre. Creo que nunca estaré preparada para ese tipo de cosas. Creo que las guaguas son definitivamente para otro tipo de gente. Para la gente que toma jugo de naranja al desayuno, que tiene perros y casas más grandes.

Yo en cambio sólo tengo una pieza. Una pieza diminuta y una muñeca. Una pelona vestida de celeste que me mira con cara de odio. Todo el resto de la casa pertenece a mi madre. Creo que así será hasta que mi madre se convierta en fiambre. Pero lo bueno es que mi test de embarazo salió negativo. Una buena noticia que tiñe de rosado mi mundo. Al nivel, que hasta Doña Iris, mi jefa de la tienda de maquillajes, hoy me parece menos desagradable que siempre. La vieja quizás -al igual que las ranas- sí tenga su lado bueno recóndito. Hoy ni me interesa sacarle sus infinitos defectos al sol. Hoy sólo quiero que se seque tranquila y no me moleste.

Hoy, la verdad es que sólo me interesa recalcarle a este diario que ando feliz. Feliz porque el Pirigüin desaliñado finalmente no me embarazó. No me hizo un hijo -como dice mi mamá- con su performance terrible. Porque si lo hubiese hecho, podría jurarle a este diario, que hubiese sido un maldito desastre. Se hubiese convertido en uno de esos padres disfuncionales de las películas. De seguro, que con su torpeza, le hubiese roto la cabeza a la guagua. O aún peor, hubiese intentado hacerle un piercing en la lengua, con el único propósito de ponerla a tono con él. Lo sé porque el Pirigüin desaliñado hace ese tipo de cosas. Esas son las ideas que rondan su mente. Al Pirigüin desaliñado lo conozco de siempre, desde hace más de quince años en el colegio. Con él siempre ha sido lo mismo.

Lo quiero como a un amigo, aunque sé que siempre ha estado pitiado. Todo el mundo lo sabe. Pero él siempre ha vivido con eso. Hasta Doña Iris logró darse cuenta de todo. Hasta ella, que sólo lo vio la tarde fatídica, en que casi me embarazó y se dio comienzo a esta historia, logró darse cuenta de todo. Esa tarde-noche que vino a buscarme a la tienda de maquillajes. Esa tarde en que quería llevarme a esa fiesta, a la que finalmente nunca llegamos. Esa tarde en que casi terminé embarazada. Esa misma tarde Doña Iris lo miró – como a un insecto inclasificable- y luego dictaminó que estaba pitiado. Que caminaba extraño, (con los tendones demasiado cortos como canguro y los pies en puntillas como pisando huevos), que se le iba un ojo, y que pertenecía, absolutamente, al bando opuesto, de los vencedores.

Y en eso Doña Iris tenía razón. Aunque me duela admitirlo -porque siempre me dolerá admitir cualquier hecho en donde ella tenga razón- esta vez sí estaba en lo correcto. Lo sé porque al Pirigüin desaliñado lo he conocido de toda la vida. Lo suficientemente bien como para verlo por rayos X. Su fragilidad. Su consistencia blanda y acuosa de pirigüin. Su número telefónico. Y el número de su casa en el pasaje. Todo. Porque lo conozco desde hace más de mil años. Desde los dieciséis, en que ambos estábamos confundidos, y sólo dábamos vueltas a la redonda. Desde ese tiempo. Desde los tiempos del colegio en que ambos estábamos tan confundidos que decidimos perder nuestra virginidad juntos, incluso, al margen de que no nos gustáramos, simplemente, porque en nuestra manzana no existía nada mejor. Nada mejor en nuestro mundo. Sólo porque era tanto el ocio y la falta de algo, que más valía acostarse rápido antes de perder la cordura. Porque la verdad sea dicha, por esos años, definitivamente, ninguno de los dos, contaba con algo mejor.

Ninguno. Nuestro mundo sólo se circunscribía a la pequeña pieza del Pirigüin. Allí hacíamos todo. Siempre escondidos bajo sus sábanas del Hombre Araña, siguiendo el mismo ritual de todos los días. El mismo orden para que su madre no nos descubriera nunca. Para que su madre no nos escuchara nuestros gemidos de gato. Para lograrlo, primero poníamos la radio a todo volumen, y después nos desvestíamos al mismo tiempo sin mirarnos, (no nos mirábamos porque nos daba mucha vergüenza mirarnos) continuando con el mismo ritual del absoluto mutismo. Y luego sólo cuando la ropa interior de algodón de ambos figuraba finalmente en el suelo, sólo allí, lo hacíamos. Lo hacíamos y nunca durábamos más allá de los noventa segundos. Lo sé porque nunca deje de mirar el reloj. Nunca dejé de estar al tanto de él. Nunca logré desviar la vista de aquel aparato extraño con forma de ratón, que colgaba de la repisa de en frente de su camarote.

Ese reloj lo estuve mirando por años. Solía fijar mis ojos en él como la cábala más evidente de nuestro fracaso. Hasta que con el Pirigüin desaliñado finalmente decidimos dejar de juntarnos. Salimos de Cuarto Medio y misteriosamente nos cansamos de cumplir con nuestro ritual. Lo dejamos -porque en el fondo de lo único que sí estábamos convencidos- era de la fatalidad de nuestros encuentros. De que nada agradable saldría de allí. De eso estábamos completamente seguros, como también estábamos completamente seguros, de que debíamos seguir sí o sí con nuestra amistad.

Eso hasta hace dos semanas atrás. Hasta hace dos semanas atrás, en que casi terminé embarazada del Pirigüin. Y todo por culpa del ron. Todo, porque finalmente, la noche en que casi me embaracé del Pirigüin desaliñado, no fue por culpa de él, sino que fue casi exclusivamente, por culpa del ron. Porque lo único cierto es, que si esa noche no hubiésemos tomado tanto como tomamos, jamás hubiésemos terminado en la cornisa. Haciéndolo sin condón y sin ninguna posibilidad de acertar. En su misma pieza de todos los días y sin ningún atisbo de amor. Aún puedo recordar con precisión cada detalle de dichos momentos. Primero su llamada para invitarme a salir, después yo y él en una micro perdida de la ciudad, con una botella de ron en la mano, tratando de llegar a una fiesta casi imaginaria, prácticamente inalcanzable. Y por último la decisión de “matar el ron” en su casa.

¿Y todo para qué? Para nada, solo para caer nuevamente en la cuneta de los perdidos: nuevamente en su pieza, reviviendo los mismos tiempos pasados, bajo las mismas sábanas del Hombre Araña de siempre, y bajo los mismos noventa segundos macabros, que invariablemente, fueron y serán imposibles de remontar.