La necesidad de dañar al otro

¿Qué lleva a que después de un tiempo juntos en una relación, existan personas que sea vean invadidas por una necesidad casi imperiosa de “destruir” al compañero/a?

Hoy quisiera mencionarles algo bastante particular que me ha tocado. Se trata de una serie de historias y eventos que tienen un eje en común y cuyas características pueden parecernos bastante confusas, por lo que me pareció una buena idea compartirlas con ustedes.

El escenario es más menos el siguiente: Personas que al encontrarse frente a un punto crítico en sus relaciones de pareja entran en especie de crisis de características muy peculiares. Más allá de considerar cuáles son los posibles motivos que llevan a una pareja a tener problemas, me interesa que exploremos cuáles son los efectos que esto puede conllevar. Así, lo anterior puede producir el surgimiento de toda una serie de acciones y gestos que no habían sido parte de la relación previamente, y que parecieran verse conectados por un rasgo que los agrupa y que muchas veces nos parece desconcertante: un aparente deseo de “dañar” al otro.

¿Qué lleva a que después de un tiempo juntos en una relación, existan personas que sea vean  invadidas por una necesidad casi imperiosa de “destruir” al compañero/a, a aquella persona que supuestamente aman y con quien muchas veces sintieron que podían ser más auténticas, mostrarse tal cual son?

Es aquí donde quisiera hacer una diferenciación. Por un lado, existen sujetos para los cuales producir daño a la pareja no pareciera importarles demasiado, incluso siendo esto habitual durante la relación. En estos casos, dañar al otro pareciera ser una elección racional y premeditada.  No me interesa hablar de eso ahora. Por el contrario, el caso que les menciono tiene que ver con ese momento en que aparece una destructividad insospechada, pero en alguien que aparentemente no funcionaba de ese modo, alguien a quien le importábamos. Más claro aún, en personas que cuando después uno les pregunta por qué hicieron lo que hicieron, no lo saben, no pueden explicarlo o no tienen como hacerlo

Cuando hablo de destructividad no quiero que imaginen a un sujeto enojado, colérico o enfurecido. A lo que me refiero es a esa inclinación que surge, y que tiene como meta borrar al otro, tanto a nivel real como a nivel simbólico y subjetivo. Esto hace que el acto destructivo no tengo por que ser realizado desde una rabia consciente. No tiene tampoco que ser racional. Es un acto que muchas veces puede incluso llegar a ser inexplicable para el que lo ejecuta, pero que nos muestra algo de un funcionamiento psíquico fragilizado por las circunstancias.

Les voy a relatar brevemente un caso para ilustrar lo anterior, caso que me toco oír hace unos días:

Un tipo se encuentra en una relación con una chica desde hace un tiempo. Si bien ambos se quieren mucho, la chica le dice que por motivos laborales o de la vida en general ya no pueden estar juntos, y que espera que la entienda. Se arma toda una conversación bastante civilizada sobre si es posible revertir esto, y llegan a la conclusión de que lamentablemente eso no es posible. Por lo mismo se desean la mejor de las suerte para el futuro, se mencionan cuanto se quieren y que esperan poder volver a verse.

Día siguiente de la ruptura me encuentro con el tipo de la historia, le digo que supe por medio de la chica que habían terminado y le pregunto cómo está. Así, me entero que desde la noche anterior el tipo había ido y se había juntado con otra chica, que le había mandado mensajes mediante las redes sociales, entre otras cosas. Lo particular del asunto es que se había encargado de que lo anterior tuviese dos elementos que condimentan el acto: Primero, que lo había realizado precisamente con una chica que sabía que era aquella que más podía llegar a dolerle a su ex – pareja; y segundo, que se había encargado de que ella lo supiera.

Son estos dos elementos los que permiten hablar de cierta destructividad dirigida al otro alguna vez amado. Es como si no fuese suficiente el rehacer su vida, o al menos intentarlo. Lo que se aprecia es un intento de despedazar aquello que se amó.

Si bien resulta simple juzgar esto como pura “maldad”, resulta importante saber que muchas veces este tipo de actos se fundamenta en dinámicas psicológicas más complejas. En este caso particular, lo que ocurre es que frente a la incapacidad de poder realizar una reacomodación de aquel objeto que se amaba, y frente a la dificultad de aceptar su pérdida, el sujeto presa del sentimiento de indefensión, de vulnerabilidad, actúa de una manera mucho más arcaica, más primitiva si queremos decirlo.  Destruir al objeto amado pareciera ser la única vía que esa fragilizada subjetividad tiene para lidiar con la pérdida. Es una especie de “si no es mío, que desaparezca. Si lo voy a perder y ya no me va pertenecer, mejor es que no exista, que se destruya”.

Lo anterior no es difícil de encontrar en la vida diaria. Mucha gente intenta terminar sus relaciones buscando algo malo en el otro, una queja, algún reclamo que justifique el surgimiento de la agresividad. Es como si al poder odiarlo, fuese más simple hacer el corte, en tanto que no perdemos un objeto que amamos, destruimos uno que odiamos y por lo mismo no hubiese dolor en tal acto.

En incontables ocasiones resulta más difícil, y requiere mayor fortaleza el poder cerrar las cosas de manera amistosa, intentando preservar el amor y el cariño que se tuvo, que actuar de la forma opuesta. Ahora bien, también es cierto que muchas veces esto no es una elección, es una forma de actuar casi automática que tenemos de defendernos del sentimiento de fragilidad, del dolor ante la inminencia de tener que realizar un duelo