Bullying en Chile: Cifras que alarman

La violencia no es el camino.

Hace unos días apareció un estudio que decía que un 86% de los encuestados (alumnos de segundo medio) percibían un ambiente de violencia en sus colegios y liceos. El Ministro de Educación, Joaquín Lavín,  salió a dar la cara frente a estas cifras y anunció que cada institución deberá tener un encargado de convivencia escolar.

Está muy bien que el Ministerio tome cartas en el asunto, que la comunidad escolar se una y se ponga las pilas, que alumnos, profesores, apoderados y autoridades escolares se unan y combatan el Bullying tanto desde la contención y apoyo a las víctimas como en la prevención y fomento a una vida escolar pacífica.

¿Pero qué pasa en el hogar?


Si bien están una gran parte del día en el colegio, y son altamente permeables a los conocimientos y valores que en éste se transmiten, cierto es que una parte del tiempo los niños no están en el colegio. Están en sus casas, con sus padres, y observan- mucho más de lo que creemos- actitudes violentas en quienes debieran constituir un ejemplo de vida. ¿Cuántas veces no hemos visto cómo un padre, conduciendo su auto, toca la bocina innecesariamente, le quita el estacionamiento a otro vehículo, pasa luces rojas “porque puede” todo ello con sus hijos a bordo? Linda se ve la calcomanía “Niños en el auto”.

¿Cuántas veces no hemos visto a mujeres gritando en la cola del supermercado?

¿Cuántos comentarios discriminatorios hemos dejado oír a nuestros hijos?

Un niño que hace bullying, tiene una clara necesidad de prevalecer sobre el resto, de llamar la atención; y probablemente ha visto alguna conducta similar en su hogar y en su entorno; o quizá en la televisión o en Internet.  Los ídolos de los niños, super héroes y héroes de acción se las van a combos, patadas y maldiciones. ¿Cómo les vamos a hacer entender que no es lo mismo?

Ejemplos como estos hay varios. Si no tenemos una verdadera cultura civilizada, donde los conflictos se pueden resolver en paz, donde quien grita más fuerte no es el más choro; donde la discriminación y la segregación no son una constante, difícilmente podremos terminar con el maltrato en el colegio.

Es complicado, por cierto, especialmente en la medida que estas conductas en otros ocurren en momentos de alta “absorción”, o sea, en la etapa más temprana.

Por otro lado, es importante saber qué ocurre con las víctimas. ¿Qué niños son más vulnerables?

Fortalecer su autoestima, explicarles la riqueza de las diferencias, instarlos siempre a que no se queden callados. Escucharlos, contenerlos; preguntarles qué sienten; si son muy chicos, habrá que ayudarlos a verbalizar las emociones; explicarles con ejemplos lo que es la rabia, la pena, la frustración y la angustia. Tampoco se saca demasiado interrogándolos sobre quiénes son los que los molestan; a veces son algunos, a veces es todo el curso. Detectar cambios en el comportamiento; en la salud; ¿qué pasa si a mi hijo siempre le duele la guata? ¿Si nunca quiere ir al colegio? ¿Si nunca tiene grupo para los trabajos? Habrá  en estos casos señales de que algo pasa; quizá el niño no es víctima de bullying propiamente tal, pero sí puede estar siendo rechazado por sus compañeros; quizá nuestro hijo no es ningún príncipe o princesa y habrá que ayudarlo a mejorar; nadie es monedita de oro para gustarle a todo el mundo, pero ciertamente hay un trabajo que podemos hacer para no caerle mal a todos.

Cuando yo era chica, no existía la palabra Bullying, pero vaya que sí había maltrato. En mi colegio nunca vi armas de fuego o blancas, ni vi que a nadie quedara fracturado o con alguna lesión grave; pero sí vi como –sin que los obligaran-  mis compañeros hombres hacían juegos que involucraban golpes y humillaciones. También vi cómo había una creatividad inmensa para inventar canciones que tenían como objeto único molestar a alguien. Había algunos que nunca se metían en nada y que tampoco eran molestados, y otros como yo, que de tanto ser molestados, consideraban que estaba permitido hacerlo.

Reuniéndonos con compañeras y conversando del tema, nos hemos dado cuenta que fuimos muy pelotudos con varios de los compañeros, incluyéndome. Algunos incluso me pidieron disculpas por años de hacerme la vida imposible: nunca me pegaron ni nada parecido, pero a veces que te dejen sola siempre puede doler mucho más. Yo también me disculpé mentalmente con quienes molesté llevada por la corriente o por seguir a la masa.  Nos preguntamos cómo es que nunca nadie se dio cuenta, como nunca nadie dijo nada, nadie acusó, a todos les daba mucha vergüenza decirle a sus padres porque siempre se sabía quién había ido a conversar con la profesora. Una costumbre arraigadísima; esa que los trapos sucios se lavan en casa; hace que uno pueda seguir años con las cicatrices de haber sido material de hueveo por tanto tiempo.

A pesar de que la violencia está creciendo, me alegro de que al menos los adultos que son responsables de los niños –quienes no son responsables de sí mismos-  estén dándose cuenta de lo mal que estamos como sociedad; donde nos reímos de los otros, muchas veces amparados en el anonimato o lejanía de las redes sociales, foros y blogs; donde las tallas y el sentido del  humor traspasan los límites de la dignidad y del respeto hacia los demás; donde persistimos en un clima violento, poco respetuoso y completamente viciado por la violencia.