La mudanza, el peor trámite

Siempre hay una caja que se queda perenne en el living.

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(cc) Flickr.com/leo.prie.to

Realmente es un trámite de esos que no quieres cumplir o que alargas lo máximo posible. Es una lata cambiarse de casa: embalar todo (¡todo!), botar lo que más se pueda para no llevar cachureos al nuevo hogar, limpiar la nueva casa, desembalar las múltiples cajas… Terrible y yo lo estuve haciendo durante las tres últimas semanas.

Pasé de una casa antigua a un departamento dentro de la media, es decir, de techos altísimos y espacios más que amplios a un baño en que a penas caben dos personas y una pieza donde solo cupo la cama, ni siquiera el velador. En todo caso no me quejo, porque quería mi independencia y el lugar está bastante bien, lo que sí reclamé fue la mudanza: me dejó con los nervios de punta y la espalda destrozada.

Mi nuevo hogar está a la vuelta del antiguo, así que no tuvimos que contratar ninguna mudanza para cambiarnos, lo hicimos todo a pulso y en varias (muchísimas) tandas. Como estaba tan cerca, llevábamos las cosas de a poco y fue lo peor porque en lugar de demorarnos dos días como nos habíamos prometido, lo hicimos en tres semanas agotadoras. Recién el domingo llevamos lo último, el futón. Lo hicimos entre tres porque es el aparato más pesado del lugar, incluso más que el refrigerador y armarlo fue tan terrible que da para un artículo solo.

Al menos yo ya estoy cambiada completamente, después de tres semanas, pero ya sin cajas en el living. Pero ¿se han fijado que la mayoría de las mudanzas tardan semanas, meses y años en finalizar? La primera vez que me cambié de ciudad pasó eso: llegó el camión de la mudanza y abrimos solo lo esencial, el resto era absolutamente prescindible, casi que era mejor dejarlo en la antigua casa. Estuvimos durante meses con cajas en la sala de estar, fue tanto el tiempo que mi mamá decidió cubrirlas con un cobertor y dejarlas como sillones, así de terrible. Y no las abrimos hasta nueve meses después cuando nos cambiamos otra vez de casa.

Otros dejan las cajas en el living en forma perenne y algunos, todavía más extremos, ni siquiera las van a buscar cuando llegan a destino. Unos primos llegaron a vivir a Chile este año después de estar 17años en Barcelona, las cosas las enviaron por barco y llegaron en octubre a San Antonio y recién el fin de semana pasado (cuatro meses después) las fueron a buscar.

Hay quienes dejan algunas cosas, “por un tiempo”, en la casa de algún parientes mientras se cambian porque no tienen el espacio suficiente en la nueva el casa. Después de un rato tienen su propia “bodega familiar” porque nunca más vuelven a buscar sus pertenencias y si es que lo hacen, muy a lo lejos, con suerte se llevan un tenedor de todo el bulto. Eso pasa cuando te vas a vivir de a dos cuando ya tenías el cuento armado en tu casa. Los dos tienen de todo entonces tienen que empezar a elegir con las cosas de quién se quedan y como no eligen las mías entonces las dejo en la “bodega de la familia” y así se van acumulando y llenándose de polvo por años.

Lo mejor es cambiarse de una sola tirada y con todo, nunca más de a poquitos, y abrir todas las cajas el mismo día aunque suene terrible, así no se quedarán por siempre en el comedor.