Una historia de cuñadas

Cuando las tentación esta muy cerca.

1.1257064869.beautifulwomeninzurichstreetparade20081.jpg

A propósito de una columna que leí aquí mismo hace un par de días y que dejaba bastante mal paradas a algunas cuñadas, recordé una historia en la que me ví involucrado hace unos quince años. Yo llevaba poco tiempo trabajando tras salir de la universidad y aún me juntaba con muchos amigos que todavía no terminaban sus estudios. Justamente, en una fiesta en casa de uno de estos amigos me topé con Marcela, una niña que era del mismo pueblo del sur donde yo vivía cuando niño y con quien fui amigo (nada más) durante buena parte de mi educación media. Claro, ahora ella estaba bien crecida y guapa. Pasamos toda la noche conversando y me contó que estaba a punto de convertirse en médico.

Tan entretenida fue la jornada con Marcela que en los días sucesivos nos seguimos viendo. Recuerdo que un día fuimos a ver una película a un cine del centro y en otro encuentro fuimos a tomar algo a un bar de Providencia. Y nada. Una cosa llevó a la otra y comenzamos a salir. Las primeras noches que pasamos juntos dormimos en el departamento que por esos años yo compartía con un amigo. Sin embargo, la cosa se puso complicada cuando fui por primera vez a su departamento.

Resulta que Marcela vivía con su hermana Javiera, a quién yo recordaba como “Javierita” y que ahora era una más que atractiva estudiante de periodismo. Más encima, la niña esta era simpatiquísima, así que al poco tiempo de estar saliendo con su hermana mayor, la incluimos también a ella en varios de nuestros panoramas. Sin embargo debo reconocer –y e ahí el problema- que rápidamente comencé a tenerle ganas a mi atractiva cuñada. Nunca pasó nada, pero ganas le tenía. Pasaron un par de meses y mi relación con Marcela se acabó porque simplemente nos aburrimos. De hecho, yo lamenté más el hecho de no ver más a mi cuñada que terminar con Marcela. Pero bueno, así se dieron las cosas.

Ahora bien. Pasaron más meses aún y justo en una calurosa noche de enero me topé a Javiera en Plaza Ñuñoa. Yo venía saliendo solo de una obra de teatro que había ido a ver y ella estaba en una terraza tomándose unos schops con unas amigas. Me instalé con ellas y conversamos un buen rato. A eso de la medianoche las amigas se fueron y nos quedamos solos. Ahí me contó que su hermana no estaba en el departamento, pues había viajado al sur a ver a sus padres. A buen entendedor, pocas palabras. Si Javiera me daba esa información era por algo. Pagué la cuenta y nos fuimos. Al final, me quedé todo ese fin de semana con ella.

Para hacer corta la historia, puedo contarles que seguí viendo a Javiera de cuando en cuando. Sobre todo cuando Marcela viajaba fuera de Santiago y teníamos el departamento para los dos solos. Incluso después se fue a vivir sola y nos juntábamos, qué se yo, unos dos o tres fines de semanas al año. Sin embargo, jamás le comentamos a su hermana en qué andábamos. Nunca lo hablamos ni planificamos, pero nuestro pacto de silencio se mantuvo intacto por años. Hasta ahora.