Heroínas: Por la pasión o la fuerza

Las mujeres latinoamericanas que lucharon por la independencia.

No son abogadas ni médicos, pero rompieron con todas las leyes y estatutos, y en sus venas corrió algo más que sangre y progesterona.

Líderes, agudas, bellas y provocadoras. Mujeres de selección, que tuvieron a lo largo de estos 200 años mucho más que un género y una historia en común: la lucha por sus ideales. A continuación, te presentamos a cinco mujeres revolucionarias, cuyas batallas, en principio personales, lograron traspasar las fronteras de Latinoamérica, convirtiéndolas en heroínas y en un referente indiscutido de amor a la independencia.

1-. Manuelita Sáenz: “La libertadora del libertador”

Activista, provocadora, bella. Manuelita (nació en Ecuador el 27 de diciembre de 1797), fue una de las más importantes revolucionarias en la lucha por la independencia sudamericana, y hoy, varios años después, sigue siendo un potente ícono de los derechos de la mujer.

Se casó por orden de su padre con un ilustre médico inglés, al que dejó luego de conocer a Simón Bolivar, con quién comenzó una verdadera historia de amor, sangre y libertad, que no terminará con la muerte del venezolano en 1830. “Vivo, adoré a Bolivar; muerto, lo venero”, fueron sus palabras para expresar su inmortal amor.

Caballeresa del sol, Teniente de Húsares del Ejército Libertador del Perú, Coronela y Generala, son algunos de los títulos que recibió en honor a su labor independista en Perú, Ecuador,Venezuela y Colombia. Títulos, a estas alturas, insuficientes para esta musa de la libertad, que ha inspirado no sólo a grandes artistas de la literatura o del cine, sino a Bolivar, su más ferviente admirador.

2-. Javiera Carrera: “Hermosa, fina, valiente…”

Dominante, orgullosa y apasionada. Francisca Xaviera Eudocia Rudecinda de los Dolores Carrera y Verdugo, alcanzó algo más grande que su propio nombre: Ser la autora intelectual de la Independencia de Chile.

Nació en Santiago el 10 de marzo de 1781, convirtiéndose en la primera hija de una de las familias chilenas aristocráticas más influyentes de ese entonces: los Carrera.

Desde joven luchó por la libertad de su país, escondió a soldados independistas en su casa, despistó a realistas con estrategias dignas de una partida de ajedrez y como cumbre de un anhelado triunfo, bordó la primera bandera de su patria, símbolo de la liberación frente a los españoles, y que fue izada por primera vez en julio de 1812.

Casada, madre, viuda y nuevamente casada, esta mujer renunció a todo para conducir los pasos independistas de sus hermanos José Miguel, Juan José y Luís Carrera. A los que también vio caer, en esa desigual contienda llamada guerra. Amada y aborrecida, doña Javiera Carrera, la misma de la refalosa, es hoy para los chilenos la verdadera Madre de la patria.

3-. Paula Jaraquemada: “La más brava de las damas”

No se trataba precisamente, de una mujer reconocida por su ternura a flor de piel, al contrario, de sus poros emanaba una audacia terrible, capaz de intimidar a todo aquel que entorpeciera sus objetivos. Brillante, impetuosa, fría y extrovertida. Así era Paula Jaraquemada, una de las mujeres más comprometidas con la Independencia de Chile.

Nació en Santiago en 1768 y desde muy joven comenzó a engendrar desde sus entrañas la idea de Independencia. Tomó parte en la batalla de Cancha Rayada (1818), organizando a sus peones a quienes envió, nada menos que al mando de su hijo, para ponerse al servicio del General José de San Martín. Proporcionó caballos y alimentos Transformó su hacienda en hospital para los heridos y ahí mismo, instaló un cuartel para los patriotas.

Desafió a realistas que amenazaron con asesinarla, con quemar su casa y en respuesta de ello, arrojó un brasero a los pies de los soldados diciendo: “¡Allí tenéis fuego!”. Un hecho notable, incluso a ojos de los propios españoles que prefirieron abandonar el lugar. Paula, después de haber respirado su anhelado sueño de patria, se dedicó a realizar obras de caridad, fundó asilos y orfanatos, contrastando, la insensible idea que se tenía de ella, una mujer que entendió que el único modo para alcanzar sus metas, era haciéndose parte de estas.

4-. Sargento Candelaria: “Pasión y fusil”

Hace exactamente 200 años, nació la santiaguina Candelaria Pérez, una de las primeras mujeres en pertenecer al Ejército de Chile.

En plena juventud se trasladó a Perú para servir como criada. Y ahí, envuelta en un país del que se sentía completamente ajena, aprovechó la agitada coyuntura del momento (conflicto chileno contra la Confederación Perú-Boliviana) para enrolarse en el ejército restaurador del General Manuel Bulnes.

Aguantó las risas de los soldados y la discriminación por ser mujer. Pero tal fue su insistencia, que logró enlistarse en las tropas, en principio, bajo el grado de enfermera; y luego, gracias a su espontáneo talento teatral, transformarse en la espía favorita de Bulnes. Razón por la que más tarde sería sorprendida y arrestada.

Con el tiempo volvió a las tropas en su grado primero, participando en la Batalla de Yungay (1839), en donde si bien debía limitarse a cuidar a los soldados heridos, no soportó ver cómo sus compañeros caían. Y sacudida desde la pasión, se armó de coraje, fusil y un cargamento casi ilimitado de balas, y combatió de igual a igual, hasta llegar a la cumbre que daría por terminado aquel combate. Hecho que le concedió el grado de Sargento, convirtiéndose en la refutación misma de aquellas cosas que a ojos de una sociedad machista, parecen imposibles.

5-. La Difunta Correa: “Una flor del desierto”

Hablar de ella sin contar su historia es casi imposible. Era a mediados de 1840 y Argentina estaba en plena guerra civil. En la aldea de Tama, Dalinda Correa y su esposo Clemente Bustos vivían tranquilamente junto a su hijo recién nacido. Sin embargo, el peso de la guerra los alcanzó y Clemente, en contra de su voluntad, fue llamado a luchar por las tropas federalistas.

Dalinda, presa de un sentimiento de injusticia, juntó agua, un poco de pan y tomó a su hijo para seguir las huellas de su amado, emprendiendo una cruda travesía por el desierto argentino. Necesitaba reunirse con él, recuperarlo. Pero las provisiones no fueron suficientes y así, sedienta y agotada, se recostó en la arena, abrazó a su pequeño hijo, y murió.

Días después, arrieros encontraron el cuerpo de la mujer muerto y a su bebé despierto, aferrado a los pechos de su madre, de los que increíblemente, aún emanaban vida.

Hoy, a 160 años de este hecho, poco se sabe del paradero del niño o del soldado que se resistió de ir a la guerra, lo que sí se sabe es que Dalinda, más conocida como “La Difunta Correa“, dio vida, sin su vida, convirtiéndose en leyenda y en una de las figuras más representativas de lucha frente a un ideal que escapa de toda guerra: el amor.

P.S: Si pasas por el desierto argentino, no te olvides de dejar una botella con agua. Ella te lo agradecerá.