Fines de semana con hija

Conoce a nuestro nuevo columnista Javier Ramos el padre soltero de Belelú.

(cc) Spirit-Fire

¡Hola! Mi nombre es Javier Ramos, y aunque estoy seguro que mi vida no debe interesarle a nadie, mis amigas de Belelú me han pedido que cuente en este espacio algunas de las cosas que me suceden día a día. Por lo mismo, es probable que me sigan viendo por estos lados.

El viernes pasado, bien entrada la tarde, me encontraba cerrando unos temas pendientes en mi trabajo cuando algunos compañeros de oficina comenzaron a hacer planes para esa noche. Acababan de pagar, por lo que el panorama partía con unos tragos en un bar cercano para luego cenar en un nuevo boliche de carnes que dicen está muy bien. A tanto llegaba el entusiasmo de mis colegas que incluso se barajaban opciones para una tercera estación esa noche. La pelea estaba entre un bar medio ondero de Bellavista y un night club que hace precios por grupo numerosos.

La verdad es que me entusiasmé un poco mientras escuchaba a estos tipos haciendo planes. Sin embargo, pronto volví a la realidad y recordé que ese fin de semana que recién comenzaba era uno de esos que no paso solo en mi departamento, sino con Sofía, mi hija de ocho años. Es que cada quince días, salvo que pase algo muy, pero muy fuera de lo común, ella pasa el sábado conmigo e incluso aloja en mi casa. En algunas ocasiones la paso a buscar la noche del viernes, lo que inmediatamente reorienta mi panorama nocturno a ver algún DVD con ella o cocinarle algo que le guste. Si opto por recogerla la mañana del sábado, mi noche de viernes tampoco se proyecta de manera muy interesante. Es que claro, levantarse y pasar todo el día con la Sofía tras una noche de farra es algo realmente insufrible. Y ya he pasado por eso.


¿Cómo siguió entonces ese fin de semana? La noche del viernes me fui a mi casa caminando (no es más de media hora de paseo) y aproveché de pasar por el supermercado para comprar algunas cosas que nunca tengo pero que son indispensables estando con mi hija. Es decir, artículos como leche, cereales, yogures y bebidas. Ya en casa, comí algo de comida china que me quedaba de la noche anterior y tomé cerveza mientras comenzaba un zapping que –como tantas otras jornadas- terminó en Primer Plano, con gente que cada vez conozco menos, discutiendo sobre cosas que no entiendo ni me interesan. Por lo mismo, me fui a la cama casi justo a la medianoche.

El sábado por la mañana recogí a Sofía en casa de su madre, Victoria, y luego nos fuimos al cine. Más tarde almorzamos en una pizzería de Providencia y luego –tras equiparnos con unas protecciones que solo uso estando con ella- fuimos a un parque cercano a mi edificio a andar en bicicleta. En eso estábamos cuando noté que Sofía estaba algo acalorada y tosía. Nos volvimos a casa y le tomé la temperatura. Y claro, tenía fiebre. Le dije que se metiera a mi cama y que aprovechara de mirar algún título de mi colección de películas. Gracias a lo que le fascina el Mago de Oz, logré convencerla de tomar mucho líquido (bebida, obviamente) y de tragarse sin reclamar mucho el paracetamol infantil. Al poco rato le bajó le fiebre y hasta me pidió algo de comer, lo cual siempre es un buen síntoma. Mientras Sofía comía restos de la pizza del almuerzo en mi cama, decidí llamar a su madre. Me pareció justo informarle que su hija había estado con fiebre. Y claro, pasó lo de siempre. Dijo que la Sofía se había enfermado por culpa mía y que cómo se nos ocurría salir a andar en bicicleta con este frío.

Una vez más, la discusión pasó a mayores y la Victoria terminó yendo a buscar a la Sofía a mi casa, quien ni se dio cuenta de todo esto, porque ya dormía cuando su madre se la llevó en brazos. Debo reconocer que en un primer momento sentí algo de alivio tras quedarme solo esa noche de sábado. De hecho, me dieron ganas de llamar a una colega con la que hace días quedamos de tomar una copa. Pero antes ordené mi departamento, porque las huellas del paso de mi hija por este eran evidentes. Trozos de pizza en la cama, la bicicleta tirada en el pasillo y las cajas de los DVD desordenadas. Terminado el aseo llamé a mi colega. Mala cosa, estaba pasando el fin de semana en la playa.

Por un momento pensé en dejarme caer en la casa de un matrimonio amigo, donde siempre soy bienvenido y la parrilla nunca para. Pensé también en arrancarme al cine –ahora- a ver una película de mi agrado. Pensé en hacer varias cosas, pero al final la hora fue pasando y yo seguía en mi cama viendo El Mago de Oz, que había quedado puesta. Y así se fue haciendo tarde y me fue dando sueño. Y así terminó otra de mis noches de sábado, esas que son distintas porque estoy con mi hija, o porque –como tantas otras veces- me la quitan antes de tiempo.