Síndrome de la satisfacción inmediata

La capacidad de experimentar placer y plenitud en tiempos no muy prolongados.

Cada vez que leo un texto sobre la antítesis tecnológica, me pregunto hasta dónde tenemos que llegar para sentir que estamos abusando de las herramientas. Cuándo es que revisar el móvil se convierte en una adicción y un separador de familias.

El otro día, mientras compraba algunas cosas en la tienda, escuché cómo una señora regañaba a su hijo adolescente por no despegar la vista de su teléfono inteligente mientras ella le hablaba. Hasta el tópico de los sermones familiares ha cambiado en las nuevas generaciones. Los padres ya se sientan con sus hijos a hablar sobre la importancia de la convivencia familiar, cuando antes todo era alcohol, drogas y malas calificaciones.

Las redes sociales nos mantienen casi permanentemente conectados a toda clase de información, y con un acceso extremadamente fácil a cualquier tipo de entretenimiento y comunicación fuera de nuestra realidad.

Un acto tan simple como el de actualizar un estado en Facebook o subir una foto en Instagram, trae consigo la aceptación o el rechazo de la sociedad medidos a través de likes o comentarios en nuestras publicaciones. Vivimos en la era en donde nuestro valor se mide en las interacciones en las redes y nuestro estilo de vida lo define el tipo de fotos o contenidos que subimos a nuestros perfiles.

Lo manual ha sido desplazado por lo digital, apagando nuestro lado más artístico y encendiendo el modo automatizado en el que estamos viviendo. Dejamos de ir a las bibliotecas a oler los libros, incluso ya ni siquiera visitamos las tiendas departamentales, ni paseamos por los pasillos del súper (confieso que sigue siendo de mis terapias favoritas) porque todo lo adquirimos online.

Recuerdo que todavía en los 90’s escuchar la radio era algo emocionante, y rogabas al locutor que pusiera la canción del momento para que pudieras grabarla en un cassette. Ahora basta una aplicación de menos de cien pesos al mes para poder tener en tu dispositivo cualquier álbum.

Y ni qué decir de la eterna búsqueda de la relación perfecta que todos sabíamos que no existía tal cosa, que era una moneda al aire toparte con el amor de tu vida, pero el simple hecho de pensarlo nos daba una esperanza, nos mantenía despiertos y vivos. Ahora sólo tenemos que enlistar las características en una página de internet para que nos aparezca la lista de posibles candidatos. ¡Ah! Y si te arrepientes, hasta hay quien termine tu relación por ti digitalmente.

Ya no hay que buscar nada, y ese es el problema. La palabra paciencia ha desaparecido porque sea cual sea tu deseo, lo puedes cumplir a través de la pantalla de tu móvil, súper rápido.

La inmediatez viene de la ansiedad. En efecto, somos una comunidad llena de ansias porque todo suceda lo más rápido posible. Los niños ya no tienen que esperar a que llegue su hora de juego porque el papá o la mamá automáticamente le prestan su iPad última generación para que se entretengan con ella mientras resuelven sus asuntos.

Necesitamos sentirnos recompensados y satisfechos lo más rápido posible y sin esfuerzo, quien lo logra primero es el ganador. Tenemos lo que queremos cuando lo queremos. De eso se trata todo en esta nueva era.

Es difícil reconocerlo, porque a veces hasta yo me sorprendo de lo fácil que se me hacen ciertas cosas, de lo fugaz que se hace un momento feliz cuando te saltas el proceso. Nadie tiene la culpa de lo que no es consciente, y quizá el grave problema es la falta de consciencia del valor que han perdido las cosas.

La pregunta ya no es cómo controlar el impulso de renunciar a lo que cuesta trabajo, sino cómo recuperar el proceso, el paso a pasito para disfrutar mucho más todo lo que hacemos y sucede a nuestro alrededor.