Lo bueno de haber vivido la infancia en los 90

Los niños de los 90 no usábamos tablets o smartphones, pero teníamos la imaginación para inventar los juegos más alucinantes.

Todavía me acuerdo de la primera vez que vi un computador. Aunque sabía un poco de qué se trataba, me era difícil entender que a través de esta máquina, podría aprender cosas o hablar con personas que estaban al otro extremo del mundo.

Lo que definitivamente me maravilló, fue cuando mi papá me dijo que a través del teléfono, uno se podía conectar a Internet y estar online. ¿Cómo? ¿Estar en línea?

Aunque se demoraba unos minutos y muchas veces la conexión no funcionaba, ya existía la posibilidad de entrar a una especie de mundo paralelo en que podías crear una personalidad cibernética.

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© El comercio

Yo nací en 1988 y la mayoría de mi infancia la viví entre los 90 y los 2000. Tengo muy buenos recuerdos y en ninguno de ellos habían selfieslikes o videos de YouTube.

Lo más cercano a un video de YouTube eran las grabaciones que hacíamos con la cámara de mano; registros amateur, sin resolución HD, pero con una mística especial.

Para qué hablar de la música. Hacer un playlist era toda una osadía; necesitabas una radio, un cassete virgen y muchísima paciencia. Me acuerdo de haber estado seis horas seguidas grabando canciones de la radio, tratando de que no se registraran las voces de los locutores.

Los niños lo pasábamos bien en los 90. Inventábamos juegos, poníamos unas sábanas y construíamos un club, nos disfrazábamos y salíamos a patinar a la esquina con los vecinos.

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© imgarcade.com

La imaginación era la clave, sobre todo si tenías papás que se negaban a comprarte el juguete de moda con la excusa de que “no lo necesitabas”. Éramos más solidarios, nos prestábamos las cosas, pero también peleábamos como lo hacen todos los niños.

Nos poníamos extremadamente felices cuando lográbamos juntar todas las láminas que nos faltaban para completar el álbum o cuando nos salía “vale otro” en el palito de helado.

Los niños de los 90 ya somos adultos. La mayoría trabajamos, tenemos responsabilidades y vivimos sumergidos en la tecnología. Es bueno recordar cómo eran las cosas cuando uno era niño, te abre la perspectiva hacia una vida más real y tangible.