La tentación

Ante semejante deseo de caer, no hay voluntad que se resista.

Resulto bastante vulnerable ante lo inesperado, lo impredecible y lo diferente. Curioso es que toda mi vida he creído que lo raro es de tal manera que no puedo permitírmelo, pero la realidad es que me es más atractivo de lo que me imagino.

Las primeras veces siempre empiezan con las ganas de descubrir, con la tentadora propuesta de dejarse llevar; por el momento y la adrenalina. Es una sensación espantosa y excitante a la vez, que no solo me invita a probar algo nuevo, sino que se sale de todos los códigos posibles, me hace temblar, me cuestiona la moral y me corrompe.

En ese momento sé lo que significa ser débil, conozco mi lado más impulsivo e irreverente. Es mi yo descarado el que está al mando, desde la parte más instintivamente humana que despierta en mí.

Y así, con todos los sentidos encendidos y la conciencia apagada, me dejo ir.

La tentación. Una chispa, fugaz y cínica. Nadie se salva de ella. No tiene límites ni distingue sexo, edad o circunstancia. Se posa frente a ti con una elegancia tan seductora que es difícil creer que pueda hacer daño.

Afortunados todos los que la han vencido, yo me declaro incompetente a veces, y cedo ante ella, desde lo más inocente hasta el placer más culposo.

Dichosa me siento de ser su amiga y dejarla entrar a mi casa abriendo las ventanas y subiendo las cortinas de la incertidumbre, de permitir que la luz me dé en la cara hasta que me lastime los ojos. De levantar muros en las fronteras de lo que ya no permito porque probé y no me gustó.

Me pregunto cómo sería la vida sin ella; insípida y sobria sin el esfuerzo de ocultar las culpas.

Tal vez si no existiera la tentación, no habría que tener valor de hacer ciertas cosas, no tendríamos que inventar límites para los excesos, o muchas historias de amor jamás hubieran sucedido.

Ante semejante deseo de caer, no hay voluntad que se resista.

Gracias por ser, estar y compartir.