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Escapándose del compromiso

Todas las minas quieren casarse. Siempre es lo mismo. Quieren amarrarte de por vida para poder atormentarte después. La amarra te la tiran de a poco. Todo comienza cuando uno se las tira por primera vez. Ese es el inicio de todo. Las invitas a tu cama, te las tiras y después te piden, que por favor a la mañana siguiente, les “sirvas desayunito”. Y luego esa misma noche, que por favor “les cuides el sueñito porque pueden tener pesadillitas”. ¡Qué huevada es esa de las pesadillitas! Habrase visto semejante estupidez…Te exigen que seas un semental, y después más encima, te obligan a ser sonámbulo, que te quedes allí por horas- con los ojos bien abiertos- para que a las perlas no les vengan “pesadillitas”. No nada qué ver. ¡Ni cagando! Y por si eso fuera poco, además no se te despegan -ni por un segundo- de la piel. Haga frío o calor siempre permanecerán allí. Como una estufa. Como una lapa. No existe cosa peor que una mina que no se quiera despegar de ti. Y luego a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, te “rayan la cancha” y te asustan aún más. Te ponen cara de perro degollado, y te ruegan -con esa vocecita seudo dulce que no se las cree nadie- que por favor “no te acuestes con nadie más”. Con nadie excepto, claro, ellas.

Esta minita tiraba tan re bien, que me provocaba eso. Me provocaba ser una persona que yo no era. Hablar como hubiese hablado uno de esos cantautores románticos de pacotilla.

Como si uno de verdad pudiese o quisiese hacerlo. Porque seamos honestos. El mundo es grande. Es aburrido andar con una. Con una mina que habitualmente se vista igual, que habitualmente hable igual, y que habitualmente tenga los mismos gestos. Así es el compromiso. Aburrimiento puro. Acostumbrarse a la monogamia. Hay demasiados peces como para quedarse con el mismo siempre. Más encima cuando a uno le prohíben algo, con más ganas lo hace luego. Si por ejemplo a uno le prohíben tocar a una, luego con más ansias se come a todas. Así opera conmigo. De hecho la otra noche viví justamente eso. La otra noche me encontré con una minita brígida en el cumple del Jaiba. Era de estás típicas minitas que le das la mano, y se toman el hombro. Quería casarse la perla. Se le cachaba al vuelo. Andaba de punta en blanco. Nos acostamos y ya al segundo quería cambiarme. Quería que yo fuera más “tierno”. Más como un “osito” -me dijo- y me dejó pillo. Le pregunté qué huevada significaba eso, y me respondió algo fuerte que se me quedó grabado. Aún no he podido olvidarme de lo que me dijo. Me dijo que ser un “osito” significaba que “ella tenía que estar siempre en mis pensamientos”. En mis “plegarias”. Dijo la palabra “plegaria”. La repitió tres veces. Y ahí recién entendí porque tiraba como tiraba. Tiraba bien. Las canutas cuando se creen ese cuento de agradar a Dios tiran bien. Quizás hasta se imaginan que uno es Dios. Ésta tiraba como los dioses. O al menos la vez que tiró conmigo, lo hizo como los dioses. Con ese olor a niña reprimida que se desata. Amo ese olor. Amo sacar a esa puta que tienen dentro.

Siguió un ritual. Comenzó mirándome fijo como una gata. Después me preguntó qué quería. Siempre he pensado que lo mejor que le puede pasar a un hombre, es cuando una mujer le pregunta lo que “quiere”. Es tan increíble, que uno automáticamente se pone a decir huevadas. Cosas que no se piensan. Huevadas tan irracionales como que por ejemplo, a “uno le llegó el amor”, o como que por ejemplo, “uno por fin encontró a la mujer deseada”. ¡Qué huevada es esa de encontrar a la mujer deseada! Me la pueden explicar por favor. Uno -diciendo tanta cursilería- llega a desconocerse. Sólo llama al compromiso. Pero esta minita tiraba tan re bien, que me provocaba eso. Me provocaba ser una persona que yo no era. Hablar como hubiese hablado uno de esos cantautores románticos de pacotilla. Y como me puse a hablar así, ella de inmediato aprovechó el momento, y me rayó la cancha. Me dijo que si “quería seguir acostándome con ella, no podía seguir acostándome con nadie más”.

Así de simple. Y además me puso tal cara de amenaza, que en vez de discutirle, preferí mentirle. Accedí a todas sus peticiones. No le podía decir que no. Como antes dije, tiraba como los dioses. Pero luego hice de las mías. La mina se fue tranquila. Se fue, sin sospechar ni por un segundo, que yo, inclusive antes de que se fuera, ya tenía preparado un plan en mi cabeza. Quería llamar a Josefino. Tenía que rebelarme frente al “compromiso”.

Y justamente Josefino era mi forma más perfecta de revelación. Siempre será agradable llamar a alguien como Josefino. A una mina tan rica como ella. A Josefina le dicen Josefino, sólo porque pese a que tiene cara de ángel, se viste como hombre, usa el pelo corto, es brusca para tirar, y además dice palabras rudas. Pega. Rasguña. Y tira cualquier garabato cuando lo hace. Así es ella, lo opuesto al compromiso. O mejor dicho, el mejor salvavidas cuando uno quiere escapar del compromiso.

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